Cómprate una idea, Perico!

Por Joel Muñoz

La sociedad de mercado nos puso a todos a probar nuevas marcas, nuevos detergentes, nuevas margarinas, nuevos celulares, nuevas estaciones de servicio, nuevos autos, nuevas ampolletas, nuevos diseños, en fin, todo nuevo.

A pocos se les hubiera ocurrido –hace 20 años– comerse un hotdog en una bomba de bencina. Nadie hubiera pensado que los teléfonos fijos casi pasarían a la historia con la telefonía móvil, menos que desde un aparatito se pudieran mandar mensajes de texto o filmar una escena en la calle o entrar a un sitio web. Así, tantos cambios. Que las casas comerciales de siempre se transformaran en bancos. Que pudieran pagarse las cuentas sin movernos de la casa. Que pudiésemos elegir entre un sushi japonés hasta un seco de gallina peruano. Que tuviéramos carreteras como las que tenemos y que pagáramos por usarlas y mantenerlas. Sólo unos pocos locos pudieron imaginar que el desierto podía sembrarse.

Nosotros, los publicistas, conocemos de cerca todos estos cambios. Nos tocó ser los promotores de la curiosidad y de la prueba de nuevas marcas, productos y servicios en este explosivo fenómeno de las últimas décadas. Nuevas necesidades, nuevos satisfactores, nuevos hábitos, otra vida. Por cierto, no necesariamente los cambios han sido para bien. La sociedad de mercado también nos llenó de perversiones económicas, sociales y éticas.

Pero no todo ha sido consumo. Se puede sostener que la democracia –imperfecta y excluyente que hemos vivido– junto con estar consumiendo todo lo que se nos presenta a la vista, trajo consigo ideas y comportamientos que representan un avance progresista que muy difícilmente pueda revertirse. La conciencia de los derechos de la mujer, la aceptación de nuevos conceptos de familia, la aceptación de la sexualidad como parte natural de lo humano, la creciente conciencia de la desigualdad, la emergencia de opciones religiosas legítimas y válidas, la conciencia del medio ambiente, la unanimidad acerca de la necesidad de mejorar la calidad de la educación, la actitud innovadora y emprendedora, la clara necesidad de convivir en un mundo globalizado, el fin de la actitud derrotista y perdedora en muchos campos, la emergencia de la responsabilidad social empresarial; la proliferación de la diversidad a través de miles de comunidades reales y virtuales que buscan expresarse, por nombrar algunas cosas que comienzan a germinar y que marcan la clara diferencia con el Chile de hace 20, 30 ó 40 años.

Sin embargo, hay algo que sigue igual: la política. No se renueva. Tiene aún el traje de una sociedad pasada. Son pocas las innovaciones que se pueden identificar con claridad en materia de praxis política. De allí que una sociedad que aprendió a estar en la punta con innovaciones, nuevos productos, nuevas necesidades, nuevas conductas y nuevos conceptos, desprecie la vieja política y a los partidos que la representan.

Hace falta una reingeniería que nada tiene que ver con los discursos y con la emergencia de candidatos nuevos o viejos. Tiene que ver con la esencia de lo político, con los sueños y aspiraciones que los ciudadanos tienen hoy, aquí y ahora. Una nueva política tendría que marcar el camino del futuro en lugar de estar rezagada como ahora, tratando de subirse de manera oportunista a los avances de la gente. La política es un intangible imposible de reinventar si no se pone a la altura de una sociedad que aprendió a cambiar y que quiere hacerlo aún más.

La política no es un producto. Es el mundo de las ideas para el bien común que deberían ser el fruto del diálogo y la participación de todos. Esto podría permitir su “relanzamiento” como actividad noble, destinada a satisfacer las nuevas necesidades de una sociedad que aprendió a tener cosas y que incorporó algunos valores democráticos, pero que no tiene lo principal: visión de futuro, liderazgo y sentido.

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