¿Terrorismo de Mercado?

Marta Blanco

Los chilenos somos malos para reflexionar sobre lo que nos está afectando. El mercado, hasta donde sabemos, no tiene alma, pneuma o voluntad. ¿Cómo nos puede poner condiciones, llevarnos en la montaña rusa del tener o no tener, producir o no producir y, lo que es peor, en medio de un enigma más complejo que las oscuridades de los viejos alquimistas, ponernos en manos de las colusiones farmacéuticas que engañan al consumidor enfermo, especialmente al crónico, aquel que no puede vivir sin remedios carísimos que debe consumir día a día para no morir?

Pienso en los diabéticos, los trasplantados, los hipertensos, los anginosos, los enfermos de cáncer. No tenemos defensa ni siquiera cuando se trata de la propia vida. Si no somos gente no de bien sino de bienes, kaput.

Simplemente somos esclavos pasivos del mercado. En medio de las tragedias cotidianas con que llenan los diarios y noticiarios, de las que se habla sin pudor y sin dolor en radios y espacios dedicados a explotar el sufrimiento, viven aquellos chilenos condenados a la muerte lenta de los encadenados no ya a una roca sino a un remedio que les cuesta un ojo de la cara, ojo que muchas veces no tienen. Ah!, pero este detalle no importa a los hombres de negocios, a los banqueros, a los eximios de la hipótesis o a los que no tienen el concepto de una sociedad más justa y más equitativa.

A veces, la equidad no puede ser equitativa.

En verdad, el mercado es como un antiguo alquimista. Trata de convertir en oro cualquier materia que le parezca posible amalgamar, moler, unir, desnaturalizar, recrear en otra forma y convertir en oro, aunque sea oro plástico, oro que brota como el agua de Lourdes desde las tarjetas de crédito, desde las deudas creadas con estímulos inconcebibles dentro de un sistema que empuja a la deuda, que corroe la austeridad familiar y desdeña toda falla humana, como la enfermedad y la ignorancia. Son parecidas. Nadie pide la enfermedad.

Pero le llega. Nadie pide la ignorancia, pero si nace en ella, cuando se ha nacido en una sociedad trisada y divisoria, ¿que puede hacer ese ser humano a la deriva? Ah!

Es muy claro, ser superhombre. Súper entrepreneur. Súper ciego, pero esto no lo dicen. Viejo dicho: el infierno está pavimentado de buenas intenciones. Para los que creen en el cielo y el infierno podría ser un buen detente. Pero no es así.

Para los no creen es aún más fácil: el ser humano no está en sus preocupaciones más allá de un simio, un paquidermo o un huemul. Aunque solemos preocuparnos más de los huemules. En Chile hay un valle escondido, secreto, donde se protege a los huemules porque estaban en peligro de extinción. No ocurre así con las personas. No hay valle escondido donde encuentren protección los necesitados de lo inalcanzable para la mayoría.

Si hay un peligro en la revolución tecnológica no es la guerra nuclear ni la globalización ni el aumento de la población. Nada de eso. El arma más letal de la tecnología es que no está al alcance de los que quedaron fuera del circuito de los afortunados.

No juguemos al gato y al ratón. Al menos, no con las ideas. Los hospitales hacen lo posible con los medios de los que disponen. Pero no es suficiente, porque la medicina conserva la vida, la salva, la mejora, solo que a un precio altísimo que la sociedad no está dispuesta a pagar por todos. Sucede algo parecido con la educación. Pero no estoy pensando en los colegios. No estoy pensando en las universidades.

Estoy pensando en la educación humanitaria, en utilizar la especie humana a la que pertenecemos no para producir más y lujosos bienes sino mejores seres humanos, menos egoístas, menos hedonistas, menos injustos. ¿No se inscribe la juventud para votar? No me parece tan raro. Yo tampoco me inscribiría. No creo en la democracia del voto por representantes que no nos representan. No creo no más. Hablan tan bien.

Hablan tanto, además. Si hasta se hacen los simpáticos. Qué cansadores son los políticos. No creo que la señora Presidente no se preocupe por los más necesitados. No creo que ignore los dilemas de un país como Chile. La creo honesta y trabajadora.

El 67% de aprobación es merecido. Pocas veces la gente –término que usamos erradamente para nombrar al pueblo anónimo, siendo que todos somos gente–, pocas veces, repito, se encuentra con una sonrisa, una palabra de aliento, un ser humano que les dice sin decirlo “yo estoy aquí para ayudarlos”. Que se hayan cometido errores en su gobierno no es raro. En todos se cometen y vaya maletita que le dejaron. Pero ha salido adelante y ha hecho lo posible. Su gobierno será corto.

Cuatro años es nada cuando hay que enfrentar desde terremotos a crisis económica a las quejas de un país que se ahoga en su propia necesidad y quiere mejorar la situación de los que no encuentran puerta de salida a sus problemas. Vivir en un país, en una sociedad, donde los límites de crecimiento personal son tan inmerecidos y, peor, heredados, es desgarrador. Un gobierno que quiera hacer cosas o es de cuatro años con reelección, o deberíamos volver a los seis de antaño.

Ahora, cuando ya no hay demasiado tiempo y viene el 21 de mayo y la señora presidente Michelle Bachelet leerá su último discurso sobre el estado de la nación es bueno recordar que el cargo no le borró la sonrisa ni la empatía con la gente, que no saldrá altiva ni engolada cuando deje la Presidencia de la República. Que seguirá, esperamos, largos años trabajando en hospitales, cuidando niños, mirando a todos con esos ojos que ven más allá del más acá, consolando, dando esperanza, llevando aliento a los desalentados.

No se trata de cuidar a los cuidados, de proteger a los protegidos. Se trata de pensar en los desposeídos de tantas y variadas maneras que dejan una huella de ceniza sobre la tierra y mueren y se van al olvido.

Se trata de trabajar para que no se abuse de los indefensos ni se olvide a los chilenos cargados de problemas de sobrevivencia porque durante cuarenta años se les ha dicho que para ser, hay que ser gerente o empresario.

No está mal, pero ¿no hay mil otras tareas posibles, necesarias y dignas? ¿Qué es esto de provocar a la riqueza como quién llama al Cielo?

Nadie serio puede creer que un ser humano es mejor porque es más rico. Como si por el hecho de serlo, no se fuera a enfermar, a morir, no fuera a dolerle la vida. Pero la dura verdad es que ser pobre sin apoyo social es una gran desgracia sin puerta de escape.

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