Lenguaje inclusive: reflexión tardía de lo que nos quedó de la polémica lingüística

Toda revolución contiene un aspecto estético relevante y no es algo trivial, es una expresión de independencia formal del statu quo en una continua revisión y desafío. Entre estos elementos a considerar el más significativo es lejos el lenguaje.

Por Miguel Reyes Almarza*

Pasado ya mucho tiempo de que el feminismo se apropió de la agenda pública, siguen existiendo luchas periféricas, pero no por eso menos importantes, respecto a la condición del lenguaje que ha de soportar este nuevo paradigma. Y claro, si todo cambio hegemónico tiende a debilitar las bases de aquello que desplaza ¿Cómo es posible que el lenguaje se mantenga inamovible?

Y no es una cuestión privativa del feminismo, es una cuestión social. El lenguaje como arma de guerra para ocultar y desplazar ya fue usado indiscriminadamente por el terrorismo de Estado y los Medios asociados: guerrillero por adversario político, delincuencia por pobreza, situación de calle por marginalidad. Desde las perversas sinécdoques editoriales hasta los eufemismos cándidos que amparan la ceguera del ciudadano. Pero la discusión de hoy es más específica y por ende más incendiaria, no es solo delimitar el sentido sino también la forma visual de cómo este se expresa. Estamos de acuerdo que la lengua se mueve –en el amplio sentido– el asunto es a qué velocidad y respondiendo a qué parámetros. Erradicar el lenguaje androcéntrico es una obligación si creemos que el lenguaje crea realidad, no obstante modificar la grafía de estos nuevos desplazamientos tiene a todos muy confundidos.

Desde el sociolecto que hace que un grupo deportivo se separe de su archirrival y delimite su importancia invirtiendo su inicial: “más qne nna cindad es todo nn país”; el uso de la ‘x’ para no terminar reduciendo la discusión a un tema binario –ya que hay otras identidades fuera de lo femenino y lo masculino- : “La revolución es un problema de todxs”; o la utilización de la arroba para poder, dentro de la estética del espacio de flujos, invalidar un género específico: “Bienvenid@s ciudadan@s de la web”, los esfuerzos han sido variados y de efecto particular, no obstante el que mayor polémica ha desatado es el uso de la letra ‘e’.

No existen parámetros analíticos, hasta ahora, que soporten el uso de la ‘e’ como neutral para desfigurar el sexismo en el lenguaje ya que podría bien ser la ‘i’ o la ‘u’, más aún cuando su problema radica en la inteligibilidad ya que la capacidad comunicativa de un texto donde se reemplazan las ‘o’ por ‘e’ suele hoy ser baja y aunque quizás es una cuestión de tiempo, ese vector pesa a la hora de consolidar el gesto anti-hegemónico. Aunque muy convencido no estoy me atrevo a amparar la quinta letra del alfabeto español como sigue. La ‘e’ como parte de las lenguas semíticas deriva de un ideograma que representaba el ‘festejo’, una persona con los brazos abiertos de gozo, si a eso le sumamos el hecho, hermoso por lo demás, de que es una conjunción copulativa –con todo lo que esto significa-  podemos inferir que es una letra más que inclusiva, que celebra la unión. Desde cualquier punto de vista revolucionario esta singularidad es maravillosa y es muy temprano para simplemente dejarla pasar por su complejidad fonética. El lenguaje está vivo por lo tanto intervenirlo antes de que su propia dimensión ‘hable’ es un total despropósito, menos cuando invita a unirnos con ese nivel de pasión.

*Periodista, Investigador en pensamiento crítico.

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