La Haya: otro fracaso de la política de los acuerdos

Confiados en la premisa transicional que señala que todos los acuerdos le hacen bien a Chile, se asumió un trabajo acrítico en medio de evidentes carencias en la visión política del caso. Si el problema era jurídico, lo veían abogados (pensaron). Si el asunto era limítrofe, lo importante era tener mapas (razonaron). Todo ello era obvio y natural, redundante incluso, pero nunca entendieron la complejidad en juego.

Escribe Alberto Mayol, académico de la Universidad de Santiago

El significado superficial del Fallo en La Haya puede implicar cuentas tristes para Piñera e incluso alguna herida menor puede recibir Bachelet en el camino. Ciertos políticos habrán hecho su negocio y se posicionarán como los duros nacionalistas que tanto gustan a los pueblos mustios. Incluso alguna sorpresa nos puede deparar el Presidente, considerando que siempre compra acciones luego de hacerlas bajar y señalando que efectivamente ha sido uno de los promotores de la reducción de expectativas de Chile por este juicio. Todo ello puede y será interesante, todo ello puede revelarse sorprendente con la voz temblorosa de Andrés Chadwick al hablar luego del Consejo de Seguridad Nacional (y es que nunca se enteraron que estar en desacuerdo con los militares podía ser tan desagradable). Pero lo que está claro es que, impactante o no, esta dimensión del fallo de La Haya es solamente la primera capa de un conjunto de exámenes que es perentorio realizar y no son estas heridas las que son más importantes para el proceso político y social que vive hoy Chile.

La existencia del fallo en La Haya, ni siquiera el fallo mismo, es lo más importante que se debe considerar. El hecho de que Chile tenga problemas no resueltos, por falta de integración política con sus vecinos, es algo que debe llamar la atención en medio de una política de puertas abiertas y tratados de comercio urbi et orbi. En Chile no hemos sido capaces de comprender la irrelevancia fundamental de nuestra condición si estamos alejados de nuestro territorio continental, no hemos tenido claro que la única defensa política frente a los flujos migratorios de capital internacional es la fortaleza de una institucionalidad política regional, no hemos vislumbrado el desértico territorio que acompaña a los países pequeños y monoproductivos cuando su principal producto se vuelve irrelevante. Es cierto que hemos cultivado muchos amigos en el mundo, pero ha sido a costa de prestar siempre la pelota para la siguiente pichanga y nunca reclamar cuando la de vuelven rota. Los daños medioambientales, las injusticias salariales, las políticas antisindicales, la exigencia de resolver temas de energía para ellos; son algunas de las señales que hemos dado al mundo, que sabe bien que en Chile se puede encontrar rentabilidad sin tener que hacerse cargo de los costos sociales, que los absorbe simplemente la ciudadanía o el Estado, que protege al capital de sus propias tendencias a la crisis. Durante años de bonanza, Chile no ha sido capaz de articular un esfuerzo subcontinental. Y eso está marcando un costo en este escenario, donde hoy es Perú y mañana será Bolivia.

La política de relaciones exteriores de Chile ha estado basada en la idea de una política de Estado. Eso ha significado ausencia de críticas internas, falta de exigencias y una visión basada en los acuerdos entre los dos bloques.

Confiados en la premisa transicional que señala que todos los acuerdos le hacen bien a Chile, se asumió un trabajo acrítico en medio de evidentes carencias en la visión política del caso. Si el problema era jurídico, lo veían abogados (pensaron). Si el asunto era limítrofe, lo importante era tener mapas (razonaron). Todo ello era obvio y natural, redundante incluso, pero nunca entendieron la complejidad en juego. Todo actor político tiene recursos a favor y falencias que le significarán inconvenientes. Pero cuando no se presiona a definir una estrategia, finalmente no ocupa sus recursos y no protege sus falencias. Es lo que ha ocurrido con Chile, que en medio de la democracia de los acuerdos definió que la mejor estrategia era comprar armas sin saber para qué (y entonces Perú instala la idea de una carrera armamentista que sólo tiene sentido si Chile tiene conciencia de sus problemas jurídicos fronterizos) y que nunca nadie debía salirse del libreto. Todo sistema político madura en el conflicto. Y como es natural, si nuestras relaciones exteriores nunca fueron sometidas al conflicto más mínimo, nunca maduraron.

Se pensaba dentro de la elite gobernante que el equilibrio de poderes era un fenómeno físico, no se entendió de su profunda raíz simbólica y litúrgica. En definitiva, Chile pensó que teniendo cargos en la OEA, en la ONU, sería suficiente para incidir. Y allí se revela el carácter patético del evento: somos simplemente unos aspiracionales en el mundo. Imitamos la conducta, pero no entendemos la norma que esconde esa conducta. Creemos que estar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas nos da poder. Y claro, nos da la esperanza de imaginar razonablemente que hay algo de poder, pero no es más que eso. Chile no tiene una estrategia de relaciones exteriores y ello es porque llegamos al acuerdo de que amábamos Chile y que con eso bastaba. Nuestro pacto de relaciones exteriores fue la selección de fútbol, las eliminatorias y los asados añadidos, coronados exitosamente ahora con un mundial por jugar. No hay una conexión entre lo político, lo jurídico, los criterios disuasivos de los militares y los requerimientos económicos. Esa es la transición, esa es la democracia de los acuerdos.

Finalmente, la estrategia de las cuerdas separadas (¡la política por un lado y la economía por otro!) llevó este caso a la demencia. Imaginar siquiera por un momento que los recursos económicos no tienen relación con el poder involucra una ceguera trágica, una ceguera que es capaz de cambiar el destino de la historia. No se trata sólo del caso de Perú. Se trata de una dicotomía que se refleja en Chile siempre de distintas maneras. La economía se evalúa por un lado, la política por otro. Si crecemos, nuestra economía lo hace bien. Si las instituciones fracasan, entonces lo hacemos mal. No hay ninguna comprensión de las interacciones obvias, de las complejidades básicas. Vivimos en un paradigma completamente equivocado. La estrategia de las cuerdas separadas ha sido la guinda de esta torta, el punto más claro de la incomprensión sobre qué estamos hablando. Dijimos hace un par de meses que la derecha económica termina por destruir a la política, pues a la hora del balance, la tasa de ganancia es más importante que el aborto. Hoy vemos nuevamente el mismo fenómeno: Chile puede perder, pero la tasa de ganancia de los empresarios chilenos no.

Son estas algunas de las capas profundas de un fallo que comienza a mostrar las debilidades estructurales de un país donde la política se perdió en alguna ruta y no pudo hacer camino al andar. Por ahora nos quedamos mirando este momento histórico con la amarga claridad de haber visto otro fracaso de la principal obra transicional: la democracia de los acuerdos.

Comentarios (3)
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  • WASHINGTON HERRERA

    Porque tanta angustia por el resultado Dn. Alberto, eso se veía venir, el fallo fue lo esperado por los grandes empresarios, hoy vivimos por los dictámenes que indica como Ud. lo indica en su Art,estamos viviendo en pleno auge lo que es la economía globalizada y es el capital el que manda.
    Hace mucho tiempo que los conceptos de Patria,Nacion,soberanía están quedando obsoleto del vocabulario empresarial, están los conceptos de economía, libre mercado, oferta, demanda, buenos negocios, ósea globalización es por eso es este resultado a sido un fallo económico.
    Veremos en el tiempo en que afectara en el mundo político de nuestro país, este 28/01/14,en el cual nuestro país pierde parte de su territorio marítimo y quedara en la memoria colectiva al igual que Laguna del Desierto.
    Ojala las nuevas autoridades que vienen, tengan las capacidades para estructurar una cancillería, que interprete el pensamiento de todos los estamentos que componen nuestra nación y no sea solamente una política de estado.

  • VICTOR RODRIGUEZ O.

    CON LA CONCERTACIÓN Y HASTA HOY, LA POLÍTICA EXTERIOR CHILENA ha sido una política de mercachifles y almaceneros que salen a buscar mercados para sus uvas, manzanas y berries y bacinicas.

    La principal preocupación de la diplomacia chilena la constituye la búsqueda de acuerdos comerciales que abrieran los mercados, cuyos principales objetivos eran y son EEUU, la Unión Europea y los mercados asiáticos y muy baja prioridad diplomática para América Latina.

    Como contrapartida, Chile hacia América Latina ha sido su desorbitado gasto militar.
    A esta soberbia, desinterés hacia la región y una carrera armamentista, se agrega el desprecio hacia demandas políticas de los países fronterizos, ante las cuales las “autoridades diplomáticas” han eludido los debates de fondo.

    Carecemos de un servicio diplomático de nivel, ya que muchas de esas principales funciones las cumplen políticos designados por otros políticos, quienes a su vez resultan ser “serviles mayordomos” de megaempresarios y de grandes consorcios transnacionales cuya patria y ley SON SUS PROPIOS INTERESES ECONÓMICOS.

  • SANCTUS GERMANICUS

    HAY ANTECEDENTES QUE LOS PERUANOS NO RESPETAN EL ORDENAMIENTO JURIDICO INTERNACIONAL, POR EJEMPLO TRATADOS DEL 54 DEL 45, POR LO TANTO CHILE DEBE APELAR
    Y LA CORTE DECLARAR NULO EL FALLO ,