¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? y ¿a dónde vamos?

En un primer nivel, elegimos lo que deseamos, porque nos gusta, en un segundo nivel, elegimos en función de lo que deseamos ser. Este es el nivel de la vida ética.

Daniel Ramírez, Doctor en filosofía, Université Paris-Sorbonne

Las tres preguntas que figuran en el título no son habituales de la filosofía. Nunca las he encontrado en un tratado ni en un programa universitario; la filosofía se ocupa más bien de ser, del lenguaje, de la libertad política o de la verdad científica. Sin embargo, vaya a saber por qué, según una versión popular muy difundida, esas serían las preguntas de la filosofía. Un malentendido que se puede dejar de lado inmediatamente para dedicarse a las preguntas serias, como las de la segunda lista. Sin embargo un malentendido es interesante, pues siempre es una manera en que algo es entendido. Ocupémonos de la primera pregunta. ¿Quiénes somos? O a la primera persona: ¿Quién soy yo?

En tiempos pasados (en la edad media, por ej.) la respuesta era evidente: soy el hijo de tal, que es hijo de tal otro… Somos de tal lugar (un señor, un castillo, un condado). Fácilmente, esas informaciones conducían a la casta, clase social o actividad: nobleza, artesanos, soldados, etc. Muchos apellidos se originan en esa manera. La pregunta ¿quiénes somos? se contestaba en realidad desplazándose a la pregunta ¿de dónde venimos?  El origen determinaba nuestra identidad.

Hoy en día ¿quién se ocupa de estas cosas? Claro, el origen de clase o “de buena familia” de algunos los destina a ser parte de los poderosos. Ellos –que son pocos– responderían con el apellido. Pero el asunto no va más lejos; vivimos en sociedades que se basan en el principio de igualdad[1] y nos reconocemos principalmente como individuos y no a partir de un linaje, de un clan, o de un lugar.

Cada cual debe forjar su propia identidad.

En nuestra época, generalmente contestamos a la primera pregunta con el oficio: soy médico, ingeniero, profesor, empresario; trabajo en tal compañía o tal universidad. Lo cual es bastante extraño: la pregunta ¿quiénes somos? se desplaza esta vez hacia ¿qué hacemos?, ¿en qué trabajamos? Y bastante injusto: ¿qué pueden decir los que no tienen un oficio valorado, los que no pudieron hacer estudios o los que están cesantes? Queda claro: ¡no son nadie!

Pero ello no habla en todo caso de lo que somos. Ocurre que eso que somos, no está lejos finalmente de una de las preguntas más serias de la segunda lista –tal vez la más seria de todas –, la pregunta por el ser: ¿Qué somos?[2]. Lo que tiene que ver con el ser en filosofía se llama “ontológico”. Y como parece algo difícil, no contestamos a esa pregunta sino que la derivamos a otras. Entre paréntesis, quienes “no son nadie”, en esta manera de considerar las cosas, son víctimas de algo que merecería el nombre “ningunéo ontológico”.

Hay otra manera de contestar a la primera pregunta. El conocido proverbio “dime con quién andas y te diré quién eres” –no el contenido sino su forma– nos puede dar una pista. Cambiándolo un poco: “Dime cuáles son tus valores y me dirás quién eres”.

Pero ¿qué son los valores? Otra pregunta difícil.

Ni tanto: valorar es evaluar; los valores son los criterios de nuestras evaluaciones. Consideramos valioso esto o lo otro, o sea lo evaluamos positivamente,  y por ello lo deseamos, lo preferimos. En el fondo se trata del porqué deseamos algo, acciones, experiencias, situaciones; las encontramos mejores, buenas dignas o útiles. Y evitamos otras.

En mi columna anterior hablé de otros tres objetos de interrogación: Lo que queremos, lo que debemos, lo que podemos (leer aquí). El asunto de los valores tiene que ver esencialmente con el primero.

Pero hay que hacer una distinción muy importante (una buena parte de la filosofía es hacer distinciones). Hay deseos de primer nivel y deseos de segundo nivel. Los deseos de primer nivel, son, por decirlo así, nuestros gustos o preferencias inmediatas, debido al placer que obtenemos, los beneficios y la utilidad de las acciones: preferimos ir al cine en vez de a la ópera, nos gusta más el helado de chocolate que el de fresa, elegimos nadar al alba en el mar en vez de pasar horas en un juego video.

El segundo nivel de deseos, que es más profundo, tiene que ver con lo que deseamos ser. Este es el nivel de la vida ética. Si yo prefiero terminar un texto que he comenzado en vez de ir a una comida, no es porque escribir “me guste” más que comer bien, sino porque la imagen que yo me he forjado de lo que quiero ser incluye la responsabilidad de terminar lo que he comenzado y cumplir mis compromisos. Si prefiero la montaña a un parque de atracciones, es porque me considero amante de la naturaleza y le doy valor a ello; si elijo mil veces conversar con mis amigos en vez de ver una teleserie es porque la amistad para mí es uno de los valores esenciales de la vida.

Este segundo nivel implica elegir no solo ciertas acciones o experiencias de vida sino el tipo de persona que queremos ser. Y es ello lo que funda las preferencias de primer nivel[3]. Los deseos de segundo nivel se basan en valores de existencia, es decir criterios con los cuales elegimos lo que deseamos ser. Considerarse solidario o sensible, querer ser generoso, abierto de espíritu, querer ser creativo, audaz, acogedor, justo o espiritual, son opciones vitales, se basan en valores de existencia. Se trata de un nivel ontológico. Ellos son aquello con lo cual nos identificamos, es decir aquello que da sentido y calidad a nuestra identidad.

Claro que los valores son muy diferentes y podemos estar en desacuerdo profundo[4]. Pero es la manera en que podemos responder en nuestra época a la pregunta “quienes somos”. Si se piensa bien, ello implica también un desplazamiento de la pregunta, no hacia el origen ni la familia (respuesta medieval), no hacia el ¿qué hacemos? o la situación social (respuesta típica), sino hacia la pregunta “¿A dónde vamos?”. Pues lo que queremos ser muestra un camino de vida, el sentido de nuestra marcha. Nos elegimos a nosotros mismos. La libertad primera es la de elegir nuestra identidad.

El problema es: ¿Actuamos frecuentemente en función de valores de existencia o de simples deseos de primer nivel? El exceso de estímulos, la abundancia de objetos, distracciones y placeres que la sociedad produce sin límites, así como la obsesión por la imagen y la posición social ¿contribuyen realmente a que nos elijamos a nosotros mismos?

¿O pasamos nuestra vida en el primer nivel, a elegir cosas, sensaciones, actividades? Si es así, se trata de un trágico empobrecimiento de la vida ética. La libertad pierde todo sentido, elegimos todo lo que no es importante.

Recuperar la profundidad de la libertad es un trabajo filosófico consigo mismo. Elegirnos, en función de valores de existencia, es resistir y luchar por nuestra humanidad, que es lo más digno pero también lo más vulnerable.


[1] La declaración universal de los derechos humanos de 1948, lo recuerda en su primera frase: “Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”.

[2] O bien “¿Cuál es nuestra esencia?” Essentia es una forma del verbo ser, esse en latín.

[3] La distinción se la debemos a Harry Frankfurt, “Necessity, Volition, and Love, Cambridge, 1999, quin habla de deseos de primer y de segundo orden. La distinción ha sido ampliamente utilizada por Charles Taylor, de quien he aprendido mucho, que utiliza la expresión “evaluaciones débiles” y “evaluaciones fuertes”, en What is Human Agency, Philosophycal Papers 1, Cambridge, 1988 y en The Sources of the Self (1989), traducción española “Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna”. Ediciones Paidós Ibérica, 1996.

[4] Dedicaré una próxima columna a este problema.

Comentarios (6)
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  • Davide

    Interesante Daniel tu planteamiento, me recuerda las fuentes éticas de la filosofía europea que tienen la impronta socrática del imperativo délfico. Conócete a ti mismo, era la vocación interpelante del dios que habitó en Delfos. Ya que para recorrer el sendero de la pregunta por el sentido (y ontológica en sentido de Heidegger), obliga a pasar por la reflexión sobre la identidad histórica, social y genética del ciudadano-ahí, donde la comunidad moral contemporánea es el horizonte de las evaluaciones. A fin de cuentas el valor que se otorga a los objetos de conocimiento es lo que les imprime realidad; y por eso la libertad es también la fuente de la verdad, pues los límites epistemológicos de una comunidad moral, son también los límites de su mundo conocido o posible. Entonces la discusión sobre el poder, es sobre la producción de discursos verdaderos, que redunda entonces en un campo de tensiones sobre el criterio de verdad imperante. Es un comentario de lectura. Saludos

  • Verónica Ruiz Ortiz

    Muy interesante, Daniel!
    Me lleva rápido a la experiencia tediosa ya, en Chile, de abordar a las personas haciendo estas clásicas preguntas….que llevan a la confirmación de pertenencia a una u otra clase social…con insistentes y bobas preguntas.
    Pero eso está cambiando porque necesitamos de la libertad de poder crearnos y comprometernos con nosotros mismos, más allá de los emblemas medievales.
    Me encanta que insufles aires nuevos en estos espacios de las posibilidades de construcción y que alientes a hacerlo con un compromiso fuerte!
    Muchas gracias!

  • Daniel Ramírez

    Gracias, Davide, por tu denso comentario. Intento evitar expresiones como “la reflexión sobre la identidad histórica, social y genética del ciudadano-ahí, donde la comunidad moral contemporánea es el horizonte de las evaluaciones”, simplemente porque no todo el mundo podrá entrar facilmente, pero es muy exacta como formulación. Así como también, decir que “los límites epistemológicos de una comunidad moral, son también los límites de su mundo conocido o posible”, es una de las tésis fuertes de Charles Taylor. Yo agragaría, sin embargo que la posibilidad del diálogo interpretativo con posiciones diferentes, de comunidades diversas permite una ampliación del horizonte intelectual y cognitivo; es decir que el mundo no conocido puede llegar a serlo, el mundo de la vida (Lebenswelt) puede ampliarse de manera que la identidad no sea una limitación sino una fuerza.

  • Mariela Gonzàlez

    Querido Daniel, te leo con mucho interés y me toca profundamente tû artîculo, lo agradezco puesto que me ayuda a ponerle nombre a infinitas actitudes que no me ha sido fàcil descifrar en nuestro género humano. Casi me emociona recorrer sus lîneas y detenerme en varias, hacerse responsables de lo que escojemos,de lo que a veces dejamos para ir a buscar mas allà pese a todo,una verdad que ha sido esquiva, abrigar le esperanza de acercarse poco a poco al verdadero ser….identificarse y alegrarse ante el hallazgo…un duro trayecto para algunos entre los cuales me incluyo…muchas gracias por este gran aporte a la reflexiôn y al diàlogo, tan importantes a la hora de desear recorrer el trayecto lo mas cercano a lo escencial…muchas gracias !

  • Patricio Rojas

    El conocimiento y la reflexión, instrumentos para forjar nuestra libertad, que es al mismo tiempo nuestra responsabilidad … Gracias por decirlo de forma tan clara.

  • Lola de la Luz.

    Daniel, lo que me gusta de estos comentarios que estás tejiendo es que cualquiera los puede leer y seguirlos con comprensión (y en ello me incluyo, por faltarme siempre conceptos básicos de filosofía), son accesibles para todos y clarificadores de lo que muchos consideramos valores de ética humana importantes. No solo individuales sino cuya comprensión podría efectivamente llevarnos a la práctica de una sociedad mejor, más humana, más solidaria, menos cruel. Sin duda el aspecto de tu vida que dice respecto a tu gran amor por la raza humana se despliega lindamente en esta iniciativa.Ya entré aquí buscando esta lectura no bien llegué de 10 días en las montañas de Parati, en donde estaba por trabajo y no había internet. Creaste una necesidad.