Daniel Ramírez: Los 3 qué de Chile

¿Qué debiera pensarse en un país? ¿Qué debe decirse? ¿Y qué se debe hacer? Los desafíos permanecen o se renuevan, pero si no hemos asumido ninguno, luego no habrá razones para lamentarse.

Por Daniel Ramírez, doctor en Filosofía (La Sorbonne)

Los tiempos cambian y a la vez no cambian; esperanzas se frustran y otras nacen. Es posible que los ciclos de la historia sean imprevisibles, pero lo que siempre nos corresponde pensar es hacia dónde queremos dirigirnos; que luego ello no se cumpla, si hemos hecho lo que creíamos justo, no es un drama. Los desafíos permanecen o se renuevan, pero si no hemos asumido ninguno, luego no habrá razones para lamentarse.

El mundo continúa su marcha hacia una tecnocracia neoliberal globalizada, las nuevas tecnologías comienzan ya a cambiar la faz del ser humano; tenemos gobernantes cínicos, mediocres y algunos abiertamente orates. En el mundo 65 millones de personas son refugiados que han perdido todo. Otros se han enriquecido más allá de lo imaginable. Guerras se desatan, se preparan, se calculan. Y el planeta se calienta, desertificando inmensas regiones, especies vivientes desaparecen cada día.
Pero en nuestro país ciertos deportes nacionales continúan practicándose: la detestación parece que es el número uno. Criticar, ridiculizar, acusar, degradar, injuriar, sentirse superior. Criticar a la iglesia, defraudarse con la visita del Papa porque no dijo lo que queríamos… después comienza a verse que todo va a cambiar y que la visita y sus secuelas han sido decisiva; pero lo dicho, dicho está. Criticar al presidente antes que haya hecho gran cosa, criticar a la ex-presidenta  aunque haya hecho muchas cosas, no evitó algunos vicios ni alcanzó a más… criticar a la policía porque maltrata a la gente más de lo que reprime a los delincuentes, criticar a inmigrantes a los cuales ni se conoce, permitirse reflexiones racistas como que no quiere la cosa, criticar a las autoridades que no les impiden entrar, criticar a los ricos porque son ricos, a los pobres porque son pobres (seguramente es porque no trabajan), criticar a un presidente vecino porque se conduce hábilmente en La Haya, maldecir a quienes piensan que hay que encontrar una solución justa a ese problema.

Un diputado insulta abyectamente a las víctimas de la dictadura, una diputada lo increpa y se le va encima. Escándalos cotidianos de la pequeña política, aquella que se hace en torno a símbolos ideológicos, a banderas, a roles, a posturas y emociones. Criticar a otro diputado porque se viste de manera estrafalaria, aunque sabemos que el hábito ni hace al monje ni deshace al músico; criticar a una actriz porque fue actor, aunque con fineza e inteligencia participe en creaciones mundialmente premiadas. Horrorizarse de esto o lo otro, rasgar vestiduras. Y sin embargo aceptar como normal que el 70% del tiempo de comentarios radiales y a veces el 80% del tiempo de antena en los noticieros de la TV se hable de futbol. Pan y circo, decían los romanos, para mantener al pueblo tranquilo. Hoy en día, el circo prima.

Y se mantiene la pobreza, la marginalización, las jubilaciones miserables, la estafa de las AFP, la apropiación del agua por multinacionales; la humillación y la injusticia de siglos contra el pueblo mapuche; la terca obsesión de mantener el botín de una guerra decimonónica por intereses extranjeros en el norte del país; el lucro con lo que debiera ser sagrado: la educación; discusiones bloqueadas y radicalización de las posiciones en aquello que debiera reclamar un máximo de humanidad, compasión, atención al otro, respeto de las convicciones y protección de las personas: el aborto; y el patriarcado que se aferra al retrovisor de la historia, con su reguero de violencia y vulgaridad.

Cosas tan fuertes merecen serenidad. Como aquellas que involucran la memoria dolorosa y el trato justo a quienes ha sufrido, el destino de los pueblos, la autonomía de las culturas, la propiedad común de los bienes nacionales, el futuro de nuestros hijos. Pero son tratadas a la rápida, como si cada cual conociera la verdad y poseyera la totalidad de las razones. El adversario no solo está equivocado, sino que es un imbécil, un traidor o un ignorante. Cualquiera que sea el problema, la verdad, el bien, lo recto y lo justo están clarísimos; la ignominia, la incuria y la abyección del adversario son evidentes… Detestación. Estamos consolidando una ya muy afianzada cultura del odio.

Hay que volver la espalda a estas costumbres. Será difícil, pero es capital.

Yo no tengo la clave tampoco. La filosofía nunca pretende poseer la verdad. Pero sí hay algo que me parece evidente: el camino no lo podremos encontrar si pretendemos siempre tener la razón. Menos aún si no nos informamos, si no aumentamos nuestros conocimientos, si no leemos y escuchamos, si no discutimos, participamos, debatimos; en resumen, si no nos empoderamos, conscientemente, voluntariamente, pacientemente. Y luego, si no exponemos serenamente nuestras ideas, si no escuchamos con tolerancia y respeto los argumentos del otro, si no estamos dispuestos a transar en nada, si no experimentamos y buscamos, con benevolencia y entusiasmo, si no participamos, si no nos pronunciamos, si no nos arriesgamos al error y si no estamos dispuestos a aceptar que nos hemos equivocado…
El ciudadano –lo pensó Platón en algún momento luminoso– debe volverse filósofo. Interrogarse, dialogar, abrir caminos, criticar con dignidad, inventar con audacia, evaluar con calma. Hay que buscar la sabiduría en todo lo que esté a nuestro alcance y hacerse de las mejores cartas y con ellas tomar consciencia de que hay muchas razones para no detestarse: la ciencia y su paciente rigor, el arte y su dolorosa belleza, la justicia que repara, los lenguajes populares y su alegría, los mundos de la imagen, los laberintos de la tecnología, el conocimiento de nosotros mismos, las emociones, el inconsciente, la liviana brisa del humor, la delicia de los sentidos, los astros y sus mensajes silenciosos, la vibrante naturaleza, la amistad que reconstruye, el amor que quema y siembra, la contemplación que cura, el perdón que salva.
Porque lo que está juego no es un episodio más de la serie, no un set suplementario del match. Lo que se juega es la civilización, lo que se arriesga es nuestra humanidad. Ya no se trata ni siquiera del país. Lo mismo ocurre en otras partes. Ni la cordillera ni el océano nos protegerán de los poderosos vientos, las intemperies son planetarias. Y las soluciones… “Pensar globalmente, actuar localmente”, se decía. Pero también actuar globalmente e incluso pensar localmente. Pensar, en suma. Nuestra mirada debe convertirse a la vez en microscopio y en telescopio, nuestra inteligencia en periscopio y en rayos X, nuestra sensibilidad en estetoscopio y en caricia. Porque entre la caleidoscópica realidad del mundo y nuestras manipuladas consciencias y nuestras maltratadas voluntades, demasiados obstáculos se yerguen. Y es más fácil detestarse.

Hay que respirar profundamente, permanecer despiertos, apoyarse, atreverse, quererse, comprenderse y dar lo mejor de nosotros. Aún tenemos futuro, amigos, pero no sé por cuánto tiempo.

Comentarios (3)
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  • Juan Vicuña

    En una sociedad coexisten ideas antagonicas, permanecer abiertos al debate, sin apabullar a quien piensa u opina diferente puede permitir ir avanzando en conjunto, muchas veces la ignorancia se esconde detras de ataques poco racionales a las ideas o actitudes de otros e impide llegar a soluciones compartidas para los problemas que aquejan al pais. No creo que los empresarios estén de acuerdo en poner el salario minimo a 400 mil pesos, en cambio los asalariados si lo ven posible y necesario, ?como resolver este punto si en vez de estudiar las condiciones economicas nos tratamos de “chalado” ?
    Seguir creando espacios de conversacion abiertos quizas nos permita ir aunando criterios frente a diversos desafios urgentes como la desertificacion que requieren soluciones que conglomeren en vez de distanciar a las personas. Hay mucho por hacer .

  • Carmen Ibarra Toro

    Daniel, que buen diagnóstico creo que esa rabia acumulada es producto de tantos abusos cometidos hacia todos nosotros de parte de las empresas coludidas, los negocios de la farmacia, la desilusión de nuestros políticos a quienes creímos, admiramos y acompañamos con nuestros votos por tantos años, la falta de justicia, la justicia de clases, la violencia hacia la mujer, en fin son muchos los tópicos que sustentan este odio. En términos de las emociones y de la expresión pasamos de no decir nada o quedarnos callados con la cabeza abajo a vomitarlo todo. En mi localidad estamos trabajando para la serenidad, desde esa ventana acudir a la comprensión. Gracias por tu reflexión.

  • Magdalena

    Querido Daniel, gracias por la mirada, quizás debemos hacernos mas preguntas a nosotros mismos y a nuestro entorno, darnos mas a los demás pensando en los nietos de nuestros nietos, abrir puertas en vez de cerrarlas, inhalar y exhalar agradecimiento y especialmente disfrutar.
    No hay recetas, este pensamiento no pretende serlo, me agobia el mundo y muchas veces las redes sociales me impresionan por los niveles de violencia que veo en nuestro entorno. A veces siento que como especie debemos desaparecer, desapareceremos todos como individuos, quizás debiéramos tomar mas conciencia de eso para dejar amor antes de irnos.
    Un fuerte abrazo desde Patagonia, Gracias por mantener esa energía , la reflexión , la fe.