La menstruación de un hada

Arresten al santiaguino! constituye un contundente trabajo de joyería, ya no tanto por la exactitud de su artesanía, sino por la rareza y fulgor del producto final.

Por José Ignacio Silva A.

Muchas preguntas son las que genera Arresten al santiaguino!, obra del poeta Mario Verdugo. Eso es siempre bueno, porque la pregunta es demostración del deseo de profundizar en una propuesta. Algunos interrogantes son sencillos y deben tener, de seguro, fácil réplica. Por ejemplo, ¿por qué se prescinde del signo de exclamación de apertura en el título del libro? el epílogo (¿podría haber sido prólogo?) del volumen ilumina. Ahí Verdugo desentraña a qué alude el título, subraya la importancia axial del espacio, y detalla los orígenes de esta biblioteca, publicada por entregas en The Clinic –tal vez a esto se deba su tono humorístico, cercano al de Alejandro Zambra y su columna “Escribieron en Chile un día”–, y que también se forjó en una investigación universitaria harto más árida que el libro resultante.

Esta biblioteca (que recuerda esfuerzos similares como el del argentino César Aira) está compuesta de 45 autores, algunos muertos, otros vivos, todos reales. Con todo, ingresar en estas reseñas biográficas no ayuda a validar su carácter verídico. Más bien, el recuento de extravagancias, hechos ocultos o graciosas anécdotas lleva a pensar que todos estos nombres componen un bestiario hecho a la medida de un autor que planea un libro que se sirva de la literatura regional para figurar chistoso. Pero chispazos de memoria de quien lea llevarán, por ejemplo, a identificar a Jenaro Gajardo Vera, abogado y poeta de Traiguén que perdurará en el anecdotario local como el dueño legal de la luna. Así las cosas, todos los demás integrantes de este compendio resisten la prueba del fact checking, develando los portentosos alcances del trabajo recopilatorio y reseñístico de Mario Verdugo, donde amén de la caterva de autores repasados, figuran improbables actores de reparto como Enrique Maluenda, Don Francisco y Pablo Longueira. Este cruce entre supuesta fantasía (acá pensamos en Schwob y Bolaño) y, finalmente, comprobable realidad, espeluzna en Arresten al santiaguino!

La figurada irrealidad de un producto tan detallado y tan bien ejecutado espeluzna, y, por descontado, admira, puesto que Verdugo presenta a estos autores con una prosa logradísima, en forma y pletórica de recursos, que se perfecciona con un rigor casi heroico. Esto porque perfectamente podría haber quedado entrampado en las tentadoras redes del chabacano chiste fácil, del escarnio a boca de jarro con los autores aficionados de regiones. Muy por el contario, Verdugo pone esfuerzo en narrar con inexorables pormenores y dar fresca vigencia a vidas que no rebasaban la clasificación bibliotecológica. Con trabajada pluma, el autor se permite arranques –adhiriendo al “estilo Clinic”- de soltura, como cuando habla de la escritora Teresa Hamel: “a ningún zoquete de nuestra burguesía audiovisual se le ocurriría hacerla representar (como a otras colegas escritoras) por una actriz santiaguina de apellido Lewin”.

Arresten al santiaguino! Constituye un contundente trabajo de joyería, ya no tanto por la exactitud de su artesanía, sino por la rareza y fulgor del producto final. La entrega que ha realizado Mario Verdugo supera con creces los letárgicos libros de su género, pero también se inscribe sin empacho ninguno como uno de los hitos editoriales más trascendentales de Chile en los últimos años.

Mario Verdugo

Arresten al santiaguino! Biblioteca de autores regionales

Overol, Santiago, 2018, 170 págs.

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