30 años de Malvinas o cómo no tropezar con la misma piedra

El periodista argentino Carlos Suárez, a través de estas líneas, repasa los antecedentes políticos, económicos y militares que permiten entender en su contexto el intento de recuperación por parte de la dictadura de Galtieri del archipiélago del Atlántico Sur y la consiguiente guerra hace ya 30 años que padeció su país con la Gran Bretaña de Margareth Thatchert

Escribe Carlos Abel Suárez

El 30 de marzo de 1982 participamos de la  primera protesta obrera y popular masiva contra la dictadura militar. La entonces llamada CGT de la calle Brasil o CGT Brasil, para diferenciarse de los colabores de los militares (la CGT Azopardo), había convocado a un paro nacional con movilización. Unos 50 mil manifestantes intentaban llegar a Plaza de Mayo aunados en  la consigna “Paz, pan y trabajo”.

La policía y las bandas armadas de la dictadura reprimían brutalmente a las columnas que por Diagonal Norte, Rivadavia, avenida de Mayo y otras calles intentaban llegar a la plaza de Mayo. Una nueva generación de dirigentes y activistas tenía su bautismo de fuego en las calles, saliendo de las sombras del silencioso y riesgoso trabajo clandestino.

La dictadura había culminado la operación exterminio, que comenzó con la Triple A, de las organizaciones populares, de la militancia social, política y cultural. No obstante, sobrellevando las dificultades que supone  la clandestinidad, la resistencia a la dictadura se iba articulando, lo que se pudo comprobar en la movilización del 30 de marzo. Estaban todavía en las cárceles miles de presos políticos o sociales sin juicio ni condena y en esa noche se sumaron cientos o miles de nuevos presos en todo el país.

Pese a que en ese día las principales ciudades argentinas fueron realmente ocupadas por las fuerzas represivas, el paro tuvo alcance nacional y se realizaron manifestaciones en varias provincias, entre ellas en Mendoza, donde fue asesinado José Benedicto Ortiz, un obrero cementista.

La dictadura que había devastado el país y aparentemente abatido el movimiento social con la práctica sistemática del terrorismo de Estado, comenzaba  a mostrar signos de resquebrajamiento.

Las luchas intestinas entre los jefes militares, que existieron desde el primer día del golpe,  expresaban tendencias alimentadas por la ambición personal y el juego de los múltiples intereses de los tecnócratas y empresarios locales y transnacionales que ellos encarnaban.

El reemplazo del dictador Jorge Rafael Videla por Roberto Viola desató una pelea abierta y desde allí las fisuras se acentuaron. Especialmente cuando fueron evidentes los resultados catastróficos de la política económica implementada por José Alfredo Martínez de Hoz, incluso para sectores de la gran burguesía. Pero además porque ocurrió un cambio en el escenario internacional que los “chicago boys” no habían previsto. En ese momento asume como un nuevo restaurador del “Proceso” el general Leopoldo Fortunato Galtieri, entonces comandante en jefe del Ejército y niño mimado del establishment militar de Washington, que había sido derrotado en Vietnam y ahora quería reivindicarse en la nueva guerra sucia de América Central.

Los dirigentes políticos peronistas, radicales y otros menores –los que se habían preservado de las migajas en intendencias y gobernaciones que tiraron los militares– estaban al tanto de las peleas internas de los militares y jugaban sus fichas, aunque pocos habían advertido la profundidad de la crisis internacional y el juego perverso que planeaban los mandos de la dictadura. Incomprensible por cierto, porque meses atrás ya los columnistas que tenían información relevante del poder militar y su corte escribían sobre la posibilidad de una escalada en el conflicto con Gran Bretaña por las Malvinas y hasta revelaban detalles del mismo. Las cartas estaban marcadas. Las secuelas brutales del terrorismo de Estado que ellos habían aplicado y que figurarán en las páginas de horror de la humanidad, podían ser acrecentadas aún más.

Desde el inicio la estrategia –si se pueden llamar estrategia a esos planes– contemplaba una carnicería mayor. Estuvieron a punto de lograrlo en una guerra con Chile, cuando el sanguinario jefe del III Cuerpo de Ejército, Benjamín Menéndez, proclamaba que estaba ansioso “por mojarse las patas en el Pacífico”. El objetivo fue alcanzado en Malvinas.

Como fue dicho en el interesante libro “Malvinas, de la guerra ‘sucia’ a la guerra ‘limpia’” del recordado  intelectual León Rozitchner, la confusión embargó  a ideólogos de izquierda  para los que “el parloteo revolucionario y las citas de Gramsci encubrían la falta de principios y de deslinde ideológico contra sus supuestos enemigos, lo que pudo hacerles creer que la guerra de las Malvinas no era la continuación de la política del genocidio”.

El desembarco en Malvinas y las Georgias se consumó en 2 de abril, han pasado 30 años.  La “causa” de Malvinas cayó como anillo al dedo para encontrar una salida a una crisis política, económica y social. La miopía de la clase dominante en su conjunto, acompañada por un coro multitudinario, no advirtió que el mundo era más complejo.  Esa movida en el tablero también le servía a la Inglaterra de Margaret Thatcher, a Ronald Reagan y a la OTAN. Hemos caracterizado en estas mismas páginas la guerra de Malvinas al cumplirse 25 años (ver nota de 2007);  podríamos cambiar la fecha y decir ahora, cinco años después, lo mismo. Esperemos que en el 50 aniversario el debate político sea superior, que Malvinas y sus habitantes estén integrados en la América del Sur sin nuevas guerras ni dictaduras.

Inmediatamente después del desembarco, las primeras encuestas mostraron un bajo apoyo en la población a la aventura militar. Los miles que se manifestaron en plaza de Mayo y en algunas capitales de provincias no representaban una voluntad mayoritaria. El realismo de que asistíamos a un salto al vació era percibido en los hogares más humildes, con una sensación de que la fiesta y la vocinglería guerrera, como si fuese un mundial de fútbol, la pagaríamos con creces, pero ocurre en el contexto de una dictadura feroz, esos sentimientos se expresan por canales no visibles. Varios pensadores, movimientos de derechos humanos, grupos de intelectuales coincidieron en una postura pacifista. No obstante la propaganda oficial, especialmente la Televisión, se encargó de exaltar el chovinismo a un nivel tragicómico. Las celebridades recolectaban joyas para un fondo patriótico, que nunca se supo a dónde fueron a parar esas donaciones, en las escuela se pedían aportes de chocolates para los soldados, que nunca llegaron a destino, escritores de cierto renombre pedían suprimir la enseñanza del inglés en las escuelas, los del casi centenario Bar Británico le cambiaban presurosos el nombre, las señoras de barrio Norte, que nunca tejieron una bufanda a un nieto, porque la compraban en Londres, tejían alrededor del Obelisco los días soleados. Ese era el aporte patriótico de las clases altas y medias de Buenos Aires, mientras los más pobres, desde los rincones más humildes del país, ponían sus hijos como soldados, sin preparación ni equipo adecuado, que pasaban  hambre y frío, sufriendo crueles castigo de sus jefes, salvo muy pocas excepciones ineptos, solo entrenados para la represión interior y los grupos de tareas de la dictadura. 

Un aporte no menor al triunfo de los ingleses fue el de los propios militares y funcionarios, que por ingenuidad o lucro siguieron pasando durante el conflicto información a las dependencias de la CIA y el Departamento de Estado, en la lógica absurda de que ese gesto de buena voluntad  hacia Washington –como  exportar torturadores y grupos de tareas a Honduras, El Salvador o a la contra nicaragüense–  torcería los compromisos históricos, estratégicos y geopolíticos de la principal potencia mundial. Estos hechos fueron denunciados, con la documentación correspondiente, ante la Fiscalía de Investigaciones Administrativas, por el abogado socialista Ángel Di Paola, tras la publicación de un artículo del periodista Oscar Raúl Cardoso, coautor de del primer y célebre libro sobre Malvinas (1). El hecho fue revelado por Bob Woodward, columnista del Washington Post y famoso por su investigación que llevó a la destitución de Richard Nixon. Es decir, que no fueron los satélites de la NATO quienes informaban a la flota británica, sino los “patriotas” agentes locales. La presidenta Cristina Fernández, días pasados, levantó el velo que ocultaba el informe Rattenbach, que en sus lineamientos generales ya se conocía desde 1983. Pero los soldados no fueron llamados a contar esa parte de la historia.

El ex soldado de Malvinas, Edgardo Esteban, hoy periodista y escritor, cuenta así el final de esa aventura trágica:

“Cuando volvimos, los militares nos escondieron por varios días en los cuarteles, en donde recibí muchas cartas diciendo que cuando retornara de la guerra me iban a hacer un gran recibimiento, como a un héroe. Imaginaba que cuando pisara las calles de Haedo iban a estar todos mis amigos, familiares, vecinos, conocidos. Pensé que cortarían la calle y pondrían pasacalles. Pero fue muy distinto y seguramente similar al recibimiento que tuvieron la gran mayoría de los soldados. En la noche fría del 25 de junio de 1982 sólo me esperaba un perro ladrando, una luz blanca y mi mamá, nadie más. Pasó muy rápido la euforia triunfalista de guerra y todos quisieron olvidar la derrota, menos los chicos de la guerra”.

Sin lugar a dudas, hay fundadas razones que respaldan la posición argentina sobre las islas Malvinas; las resoluciones favorables en Naciones Unidas dan cuenta de ello. No es lugar aquí para reseñar la bibliografía y la documentación al respecto. La postura británica, por el contrario, se ha destacado por una gran ambigüedad.

La posibilidad de un acuerdo diplomático con Gran Bretaña sobre Malvinas nunca estuvo más cerca que durante el gobierno constitucional de Arturo Humberto Illia. En esos años, Gran Bretaña había abandonado a los residentes en el archipiélago a la buena de Dios. La integración comercial, cultural, logística y hasta de asistencia médica y sanitaria con Argentina fluía como un hecho natural. Con el derrocamiento de Illia por el mesiánico general Juan Carlos Onganía, que pretendía quedarse 20 años en el poder, las negociaciones quedaron congeladas. Tomaron algún impulso durante el breve interregno constitucional de Cámpora-Perón, en 1973-1974, para terminar en la catástrofe de 1982.

Ciertamente, estamos en una coyuntura internacional que no es la de 1966, ni la de 1982. Sin embargo, convendría entrar en el juego de las diferencias o similitudes.

La Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín. Algunos podrían conjeturar que la Alianza Atlántica, entre Estados Unidos y Gran Bretaña, no existe con la intensidad de Reagan-Thatcher. La primera década de este siglo mostró la fortaleza de esa unión en todas las guerras donde han intervenido Washington y Londres. Más aún, Bush arrastró al abismo de Afganistán e Irak a Tony Blair, lo que fue su tumba política. Pensar otra vez que la Casa Blanca puede mirar para otro lado es repetir la misma lógica de Galtieri y su canciller Nicanor Costa Méndez, un reaccionario abogado de las propiedades de los nazis y luego personero de las trasnacionales inglesas y norteamericanas, que se acostó una noche como cruzado de Occidente y se levantó al día siguiente como antiimperialista. Algo recurrente en estos personajes para quienes la soberanía es un título de propiedad sobre los territorios, olvidan a sabiendas que la soberanía es la república y el poder de los pueblos para decidir sobre su destino. Y por lo tanto un día privatizan y aplauden la venta de las joyas de la abuela, la abuela misma y hasta su propia madre y al otro se rasgan las vestiduras por Malvinas.

Hay otro eje para jugar con las analogías: la crisis económica mundial.

Es bien sabido que la trágica aventura de Malvinas, en lugar de una prórroga de los militares en el poder y restaurar la imagen de los dictadores, los llevó a la descomposición y al descrédito. Dejaron una deuda ilegítima e inmoral, en parte por los gastos militares y los sobreprecios y triangulaciones, que enriquecieron a unos pocos y llevaron la miseria por años a millones de argentinos. Deuda que todavía se está pagando. Como contrapartida, la guerra  forjó a la “dama de hierro”, encumbró a la Thatcher como uno de los monumentos vivientes del neoliberalismo. Los primeros derrotados fueron los mineros ingleses y tras ellos cayeron las conquistas de la clase obrera y de los sectores populares británicos en de la postguerra. Thatcher quedó siempre agradecida por la ayuda de los militares argentinos.

Hace unos cuantos días, escribía en Le Monde Pierre François Gouret, capitán de Corveta de la Escuela de Guerra francesa:

“La situación económica de Francia,  a fines de 2011 recuerda la del reino Unido en 1980. Sufriendo una grave recesión, el gobierno británico programaba una reducción drástica de sus gastos militares, para el verano de 1982, cuando las islas Malvinas fueron invadidas. Amenazadas por la supresión definitiva de su capacidad, las fuerzas armadas británicas ganaron total autonomía, con el imprevisto conflicto de las Malvinas. Esta victoria ha probado la necesidad de no disminuir exageradamente el arsenal de la defensa”.  (2)

Notas de este tenor son frecuentes cada vez que la crisis roza el tema tabú de los gastos militares. Asistimos una vez más al drama de que pueden ser recortados bárbaramente los gastos en salud y educación, como en el caso de Grecia, pero siguen incólumes –incluso aumentando– los presupuestos militares. Pueden admitir, como en España niveles astronómicos de desempleo, pero no bajan un céntimo sus compromisos con la guerra de Afganistán.

Por eso alarman algunas propuestas, a propósito de la “causa Malvinas”, de restaurar el arsenal de las Fuerzas Armadas, de nuevas naves y submarinos dotados de reactores nucleares, las hipótesis de conflicto, junto con leyes antiterroristas y “Proyectos X”, todo en un mismo paquete, en un país con altos niveles de pobreza e indigencia. Suena muy mal. Vale recordar un reclamo, casi un mandato, escrito cuando la sangre de los muertos en Malvinas estaba todavía caliente:

“Desde la experiencia que hemos vivido y que estamos viviendo, pido al gobierno y al pueblo argentino con el derecho que me asiste como ciudadano y como padre del soldado clase 62 Alejandro Pedro Vargas, muerto y enterrado en las islas Malvinas, lo siguiente: 1) Que nunca más un gobierno constitucional movilice tropas de reclutas, ya sea en casos como los ocurridos o para derrocar a un gobierno; 2) Que nunca más el periodismo de cualquier tipo azuce a nuestros hijos a guerras inspiradas en el oportunismo, la soberbia o la embriaguez. Ya no tengo más hijos para mi Patria Argentina, pero quedan millones de jóvenes argentinos sanos y valientes y no permitiré que los estafen con mentiras. Argentinos, no dejemos que esto vuelva a ocurrir. Salvador Antonio Vargas. Provincia de Buenos Aires”. (Carta de lectores de Clarín ,24-06-1982).

NOTAS: (1)  Cardoso, Kirschbaum, van der Kooy, 1983:  Malvinas. La trama Secreta, Buenos Aires, sudamericana-Planeta. (2) Le Monde 24-01-2012.

*Carlos Abel Suárez, colaborador de revista El Periodista, es miembro del Comité de Redacción de www.sinpermiso.info, portal donde fue publicado este trabajo.

Comentarios (1)
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  • MARIO

    Argentina y su pueblo no fueron derrotados en esa guerra fatal
    Fueron las fuerzas armadas las que la perdieron arrastradas por un alcohólico miserable y estúpido guiando a una tropa de oficiales brutalmente acondicionados por USA para masacrar a su pueblo y hacerlos olvidar de sus desmanes.
    Las Malvinas es territorio Argentino y deberá ser recuperado con la ayuda de toda latinoamerica.