Reflexiones tras el homicidio de Daniel Zamudio

Se discrimina abiertamente en Chile por raza, nacionalidad, condición social o sexo, por su figura física y por sus ideas, o por su discapacidad, lo cual tiene que ver con la tolerancia como principio y con lo valórico, algo que no se aprende por decreto o por una decisión movida por el impacto de un crimen atroz, como el que cometieron en contra del joven Zamudio, sino que a través de un proceso de educación constante en el tiempo.

Escribe Enrique Villanueva M., académico y ex dirigente rodriguista

Es completamente cierto que la democracia es un sistema que nos permite votar de manera transparente por nuestros representantes al gobierno y al poder legislativo, pero también lo es, que vivimos en un país donde las instituciones se han subordinado al poder de la economía entregando todo lo que nos rodea y de lo cual vivimos a las fuerzas del mercado.

Hace rato que la educación valórica se perdió de vista, con ello la solidaridad y el respeto hacia el otro, con lo cual el individualismo exacerbado da lugar al bulling y a la violencia la que esta presente y es cada vez mas frecuente en las relaciones entre los niños y jóvenes.

Por estas razones hechos como el que vivimos recientemente, me refiero al asesinato de un joven chileno por su orientación sexual a manos de neonazis, no es un hecho aislado y no se resuelve a nivel de las formalidades o con mas o menos medidas represivas.

En nuestro país se discrimina abiertamente a la gente por su raza, nacionalidad, por su condición social, o sexo, por su figura física y por sus ideas, o por su discapacidad, lo cual tiene que ver con la tolerancia como principio y con lo valórico, algo que no se aprende por un decreto político o por una decisión movida por el impacto de un crimen atroz, como el que cometieron en contra del joven Daniel Zamudio, sino que a través de un proceso  de educación constante en el tiempo.

El respeto a las personas se inculca y tiene que ver con una educación tolerante, no clasista y discriminadora como la actual, con lo valórico, con las relaciones entre las personas, con el respeto a los derechos humanos, con la convivencia social, allí es donde la democracia demuestra que es real o se desdibuja.

Cuando en 1990 se inicio el primer gobierno postdictadura, una exigencia principal fue educar para que el respeto a los derechos humanos se inculcara desde niño y en todo el sistema educativo, contribuyendo de esta manera como sociedad a un “nunca mas” por lo sucedido en chile durante la dictadura de Pinochet. Sin embargo eso no sucedió así, por el contrario, el tema de los derechos humanos se saco de la agenda de prioridades porque se entendió que entorpecía las negociaciones con los actores y principales impulsores de la dictadura, quienes exigían (a pesar de haber sido derrotados en el plebiscito  de 1989) un lugar pactado en la reconstrucción del país, manteniendo su ideología y dispuestos a encubrir las tropelías cometidas.

Es cierto que en todas las sociedades el  recuerdo de lo vivido y el olvido están presentes y son ineludibles para el desarrollo de las personas y de los colectivos sociales, sin embargo lo que no es posible es que el olvido supere a la memoria. Este ultimo parece querer imponerse, no hace mucho que sectores de la derecha cómplice de Pinochet que luchan por imponer el olvido y una reconciliación mal entendida, homenajearon a un Coronel de ejercito involucrado en asesinatos de personas por sus ideas políticas, otros estuvieron muy cerca de cambiar en los textos escolares el nombre de dictadura por el de régimen militar, no lo lograron por ahora pero seguirán insistiendo para influir en este y otros ámbitos de la  política y la sociedad.

Sigue pendiente una visión integradora que sume memorias y construya la paz social con solidez, que asegure la democracia como sistema sustentado en valores, tales como la tolerancia, el respeto de opiniones y derechos, a las ideologías y culturas, a las minorías, a las razas que existen al interior de una comunidad. Mientras esto no suceda, seguiremos viviendo en una democracia eficiente en cuanto a la libertad de mercado, que se vende al exterior como tal pero que no dispone de los mecanismos políticos, legales ni culturales para su realización en nuestro país.

Por todo esto el asesinato de un joven de 24 años (Daniel Zamudio) no es un hecho policial mas, es un crimen que ha puesto en entredicho la debilidad de la democracia, del sistema social y educativo que hemos construido desde 1990. Un asesinato que nos hizo recordar la crueldad con la que los aparatos de seguridad de la dictadura torturaban, asesinaban a quienes señalaban como enemigos, discriminando políticamente a ciudadanos chilenos.

Una coincidencia además de este crimen con la fecha del asesinato de tres profesionales comunistas, quienes fueron degollados en Marzo de 1985 por agentes de la Dicomcar de Carabineros de Chile.

Así entonces son varios los obstáculos por derribar para avanzar en la construcción de una democracia que se preocupe de los problemas del país y no solo actúe como sustento de la economía y el primero de ellos es la Constitución. La actual fue diseñada por la dictadura y aunque se le han hecho modificaciones, su esencia sigue siendo la misma, es discriminadora y excluyente, en ella predominan aún las bases de la refundación del estado chileno bajo la dictadura de Augusto Pinochet.

En esa época la preocupación principal del dictador y de sus ideólogos fue legitimar mecanismos de control que impidan, como ocurrió históricamente en Chile, que el Pueblo abra y conquiste espacios de poder, o adquiera representaciones en la institucionalidad política estratégica del Estado: el gobierno y el parlamento. De aquí el sistema binominal, mecanismo a través del cual es imposible que sea elegido en el parlamento un candidato independiente o representativo de alguna fuerza política excluida del sistema por estimarse contrario a los intereses del país.

Un sistema binominal que potencia y juega a favor de los dos bloques políticos hegemónicos en Chile, cuyo objetivo que les une ha sido mantener la “política de los consensos”, la “democracia de los acuerdos”, como bases de gobernabilidad y estabilidad para el modelo económico neoliberal. Un sistema que permite la acumulación del capital especulativo-financiero, en medio de profundas desigualdades sociales.

Con Piñera el espíritu de la dictadura esta presente y sus guardianes han retomado con fuerza el papel de proteger aquellos pilares que según ellos hacen de chile un país libre y democrático. A raíz de la discusión sobre el aborto o sobre la integración e igualdad de derechos de las minorías, del caso de la Jueza Atala o debido al asesinato de Daniel Zamudio, quedó en claro que  los partidarios de la iglesia mas extrema y de su brazo armado político la UDI no están dispuestos a ceder en sus posiciones fundamentalistas.

Mirado ahora desde el ángulo de la economía la discriminación es extrema, en nuestro país este flagelo está profundamente relacionado con la equidad, quienes tienen menos recursos económicos y culturales son los más discriminados, alimentando un circulo vicioso  y perverso de desigualdad. Chile tiene una de las peores distribuciones del ingreso a nivel mundial producto de un modelo que fue impuesto por la fuerza y que ha sido perfeccionado en los últimos veinte años.

En acuerdo a lo anterior se nos han impuesto pautas de vida y de consumo identificados con el mercado y el individuo como única categoría de análisis, dejando de lado el espacio público y lo colectivo como posibilidad de transformación social. En este sentido, se produce una discriminación por la falta de incorporación a los procesos sociales y económicos, y a su vez por una integración segmentada que se realiza a través del consumo (para saciar los apetitos de individualidad).

Se agrega a este entramado perverso un Estado-nación que ya no es un referente soberano y autónomo, con poder para determinar sus políticas integrativas, sino uno que debe someterse a patrones políticos y económicos que socavan la solidaridad, la organización social y que cambia la concepción de ciudadano. Somos orientados a consumir más que a vivir o hacer valer nuestros derechos, ya no somos ciudadanos con capacidad de intervenir en el campo socio-económico, además que nos han inmovilizado desde las estructuras del poder.

Todo esto ha conformado un país discriminador en donde las actitudes, prácticas y conductas que dan un trato de inferioridad o menoscaban la dignidad de las personas o grupos por motivos de origen étnico, clase social, rasgos naturales, creencias religiosas, creencias políticas e ideológicas, orientación sexual, nacionalidad son cada vez mas frecuentes.

Nos corresponde a todos hacer algo para cambiar esta situación aberrante, no se puede continuar con que la valoración de las personas obedezca solo a condiciones y circunstancias que responden al modo o modos de producir, o al menor o mayor grado de desarrollo de las fuerzas productivas en una formación económico-social injusta y discriminadora. El principio de que la existencia social es la que determina las formas de la conciencia, es decir, las formas de pensar, de sentir, de percibir la vida y de actuar esta vigente y por tanto la posibilidad de cambiar las cosas.

No basta la intención de luchar en contra de la discriminación, la concepción humanista de la vida no puede ser abstracta sino que debe materializarse en una visión histórica y social, es decir una sociedad en donde el hombre es, a la vez que creador de riqueza el resultado de la sociedad en que vive.

La discriminación sea esta social, económica, política, homofóbica o racista, de genero, es el producto de la enajenación y la esquizofrenia de la sociedad en que vivimos. Sociedades capitalistas organizadas en economías neoliberales, con un estado al servicio de las clases dominantes y que han revivido con fuerza la lucha de clases entre explotadores y explotados.

Hoy en día y como lo fue en los siglos pasados, el que trabaja no solo es discriminado socialmente sino que se empobrece tanto más cuanto más riqueza produce, este se convierte en una mercancía tanto más barata cuanto más mercancías crea. Esta realidad concreta se adorna con el cuento  de la flexibilidad laboral y el temor de que aumentar sueldos míseros implica ahuyentar la inversión y hacer decaer el crecimiento económico.

En sus reflexiones filosóficas Marx decía una verdad que a pesar  de los años es vigente “Evidentemente, el trabajo produce maravillas para los ricos, pero produce privaciones y penuria para los obreros. Produce palacios, pero aloja a los obreros en tugurios. Produce belleza, pero tulle y deforma a los obreros. Sustituye el trabajo por máquinas, pero condena a una parte de los obreros a entregarse de nuevo a un trabajo propio de bárbaros y convierte en máquinas a la otra parte. Produce espíritu, pero produce estupidez y cretinismo para los obreros”.

Hace falta una democracia distinta a la actual, una que termine con las desigualdades en la distribución de las riquezas y que en el sistema educativo  introduzca el tema de los derechos humanos, porque sabemos que el desarrollo de la cultura tolerante de la diversidad no puede darse de la noche a la mañana; requiere tiempo, esfuerzos y mucho corazón que pueda generarse desde la escuela y la familia democráticas.

Finalmente insistir en que con hechos como el que lamentamos hoy esta implícito el problema de la democracia en que vivimos y en su mayor debilidad al sustentarse en una Constitución dictatorial, por tanto acuña la falsedad de querer presentarse como la abanderada de la igualdad, de los derechos de los ciudadanos y de la libertad. Mientras no se diseñe una constitución con la participación de los ciudadanos, esta democracia mantiene su naturaleza ideológica y es el apoyo principal de un sistema económico excluyente y discriminador.

Por tal razón la forma actual de estado no es democrático porque esta subordinado al poder económico y no es representativo de los intereses populares, es una enajenación de la justicia y de la verdadera libertad, como una negación sustancial de los intereses que debe representar y, por tanto, como una antítesis de la real y verdadera democracia.

Logrando cambiar lo anterior podremos crear una cultura por el respeto a los derechos de las personas, institucionalizándolos a través de políticas publicas a fin de que ninguna persona sea víctima de discriminación. Lo importante en este sentido es prevenir el problema a través de un compromiso institucional a nivel de la nación, de las regiones y de los municipios, y que en esa misma medida se garantice la defensa de los derechos humanos.

¡En nuestro país la democracia solo puede construirse erradicando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las áreas de la vida social! 

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