Muere Adolfo Suárez: un buen franquista y un buen demócrata

Adolfo SúarezSin duda, la desaparición de Adolfo Suárez no dejará un vacío político, no solo porque ya hacía tiempo que había abandonado la vida pública en medio de la incomprensión y la crítica inmisericorde de amigos y enemigos, sino también, porque el proceso de transición que le correspondió dirigir, debido más al azar que por capacidad o competencia, se derrumba gradualmente al tiempo que aumentan sus detractores.

Por Francisco Michel

El fundador de la Unión de Centro Democrático (UCD) debió abandonar prematuramente la actividad política ante la hostilidad declarada de quienes lo encumbraron, con frío cálculo, a las más altas esferas del poder, para que encabezase el proceso de transición del franquismo a un gobierno parlamentario y monárquico e hiciese el difícil tránsito a la democracia desde la dictadura que había durado 40 años.

Un proceso de transición que corresponde, según muchos, más a un mito que a la realidad, como bien señala el profesor Juan Carlos Monedero (“La Transición contada por nuestros padres”, editorial “Catarata”, 2012): El “mito fundacional” de la transición fue construido en los pasillos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, donde profesores como Ramón Cotarelo o José Álvarez Junco forjaron la leyenda de la “Inmaculada Transición” (expresión tomada del politólogo valenciano José Vidal-Beneyto). Sin embargo, tanto para Monedero como para muchos españoles hay una gran diferencia entre “la Transición, escrita con letra capital, que pone de manifiesto la grandilocuencia del mito; y la transición, con minúscula, que pone en el suelo el proceso político que, a su parecer, realmente fue: “una mentira de familia que ocultaba un pasado poco heroico y ayudaba al país a sentirse mejor de lo que era”.

Pero sea verdad o mito, la “modélica transición” tiene muchos defensores que están agradecidos con Suárez, porque como afirma Gregorio Morán, uno de sus biógrafos, (“Historia de una ambición”, Planeta, 1979), “la Transición fue un negocio fabuloso. Lo que pasa ahora es que la empresa ha quebrado, pero entonces fue un gran negocio. La Transición es una operación que se realiza entre muy pocas personas. Y todos ganan. Unos ganan más que otros, pero todos ganan. Ganan todos los que participaron, no me refiero a la población. Y ganan mucho. Por ejemplo Carrillo. En sus últimos años Carrillo parece un senador romano…”.

Sin embargo, es muy probable que con el tiempo Suárez tampoco sea recordado por su obra, ya que la “transición modélica” en la que participó y jugó un papel destacado, para muchos, muchísimos españoles ha dejado de ser un ejemplo a seguir y se desmorona a pedazos. Sería injusto, de todas formas, cargar las tintas en contra de Suárez, pues el fundador de la Unión de Centro Democrática no fue el gran artífice de la transición, ni su principal o más relevante gestor si bien la figura más identificable con ésta. Sin embargo, la gran mayoría está de acuerdo en que Adolfo Suárez, el primer presidente de gobierno español elegido democráticamente después de la era de Franco, tenía una gran capacidad para generar empatía y acuerdos. Gregorio Morán lo define como “un hombre fascinante” y destaca su capacidad para cultivar relaciones personales. “Tenía mucho talento” –asegura y agrega: “Era un gran político en lo referente al regate en corto. En aquellos años se corrió la voz de que era un gran hombre. Cuando me entrevisté con él, me dijo que no había leído un libro completo en su vida y que, por ejemplo, sobre literatura no podía discutir con nadie porque no sabía. Era un hombre demasiado normal…”.

Tan normal era Suárez, que poco antes de dejar su cargo de Presidente de Gobierno, en 1980, lo que sería luego su alejamiento definitivo de la política, expresó sin rubor a la periodista del diario madrileño “ABC”, Josefina Martínez del Álamo: “Soy un hombre completamente desprestigiado”, entrevista que fue vetada por el equipo del mismo entonces Presidente del Gobierno por considerar que un jefe del Ejecutivo “no puede ser tan sincero”. Estas reflexiones de Suárez se conocieron en su 75 cumpleaños, en 2007, y confirmaron con toda la crudeza lo que los detractores de entonces del expresidente se han esforzado por ocultar: el calvario de un político que se vio traicionado por los suyos con particular ensañamiento, que se retiró completamente desencantado con la clase política que le rodeaba y que fue, también, abandonado por el rey que lo había nombrado presidente.

Adolfo Suárez es, sin duda, uno de los personajes más discutidos y controvertidos de la reciente historia de España y merece una biografía, si bien no ha tenido suerte con sus exégetas, ya sean hostiles, como Gregorio Morán, o con los apologetas como José Ramón Saiz. No obstante, parece existir consenso que Suárez se caracterizó por su pragmatismo, perteneció a esa clase de políticos que encarnan la síntesis de la personalidad moderna: representan una percepción tosca, empírica y elemental de las cosas. Suárez sustituyó el pensamiento sistemático por un conjunto de equívocos y de mistificaciones generalizadas y redujo todo a la esfera de lo útil y del efecto inmediato. Fue esclavo del tiempo presente, al extremo que políticamente vivió al día. Su formación intelectual –por otra parte- fue muy somera, como él mismo reconoció y nunca hubiera podido ser un intelectual. Fue asombrosamente miope ante los problemas suscitados por la cuestión cultural así como por la hegemonía ideológica, que intentó en vano disputar a la izquierda con un populismo ingenuo.

No olvidemos, por otro lado, que Suárez provenía de las filas del franquismo, había sido gobernador civil de Segovia, secretario general del “Movimiento”, director de Radiotelevisión Española en plena dictadura y, además, uno de los fundadores de la asociación política neofranquista Unión del Pueblo Español, donde militaban, numerosos “cristofascistas” incondicionales de Franco. Y es que la figura de Suárez resulta absolutamente inexplicable al margen del régimen de Franco.

Algunos críticos ven en Suárez el predominio de una idea que perseguirá casi obsesivamente: la superación dialéctica de la dicotomía entre derecha e izquierda, que lo llevó a fundar la UCD y a militar en una suerte de populismo, lo cual le valió las antipatías tanto de la derecha como de la izquierda. En el fondo, fue un mero oportunista de la acción y así lo interpretaron sus contemporáneos. Para Enrique Tierno Galván, era un político ideal para la democracia liberal, “flexible y maleable”, un “hombre bidimensional o, lo que es lo mismo, sin profundidad”.

El católico-conservador José María García Escudero vio en Suárez el hombre de las “artes menores”, siempre dispuesto al diálogo, la persuasión, el pacto y conservando, por sobre todo, los buenos modales. José Luis López Aranguren, lo describe como el típico político de la era de la imagen y Gonzalo Fernández de la Mora, uno de sus mentores políticos y luego un ácido detractor, destacaba su “mediocridad intelectual y su corta talla política”.

La derecha no le perdonó a Suárez el que haya desencadenado en su contra desde los medios de comunicación social una campaña descalificadora cuyos beneficiarios a la larga habrían sido los partidos de izquierda y los nacionalistas. Bajo su gobierno los términos “derechista” o “conservador” adquirieron en el lenguaje político e incluso cotidiano, un sentido no ya negativo, sino abiertamente peyorativo. Y todo ello a cambio de nada, porque la UCD, que fundó, careció de proyecto político claro y nunca fue un partido, sino una coalición asombrosamente plural donde estaban representados liberales, socialdemócratas, democristianos, antiguos falangistas, reformistas y regionalistas. La UCD asumió la tradición cristiana, defendida por los democristianos; la libertad y los valores del individuo, enfatizados por los liberales; y la economía mixta, auspiciada por los socialdemócratas. Su base de apoyo se reclutó, en cambio, en su mayoría entre los supervivientes del aparato político del Movimiento Nacional franquista que terminaría por volverle la espalda.

Se le atribuye a Suárez como legado político una transición que está muy lejos de ser “modélica”, como señala el catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad Pompeu Fabra, Vicenç Navarro, pues fue un proceso que se realizó bajo el predominio de la derecha franquista, que hegemonizó el período de cambios asegurándose su permanencia en el poder mediante un sistema bipartidista que favorece a los dos grande colectividades dominantes en desmedro de las fuerzas políticas emergentes, lo que ha derivado en una corrupción cada vez más extendida y en una democracia escasamente representativa, con altísimos índices de abstención. La iglesia católica, por su parte, ha conservado su posición dominante y ha continuado desempeñando un papel gravitante dentro de las instituciones del Estado español, si bien con realismo realizó algunas concesiones como la renuncia al privilegio de la presentación de obispos y se abrió a la revisión concordataria y a la legalización del Partido Comunista. Sin embargo, la amnistía auto concedida a los autores de los crímenes y violaciones a los Derechos Humanos ocurridos bajo la dictadura franquista y la total impunidad que han gozado sus autores, protegidos por las instituciones y en particular por un Poder Judicial conformado por altos magistrados que provienen en su inmensa mayoría de las filas del franquismo y que se ha negado sistemáticamente a investigar las denuncias, es –quizás- uno de los mayores déficit de la transición española. No deja de ser significativo y revelador que las víctimas sobrevivientes del franquismo se hayan visto obligadas a recurrir a los tribunales argentinos en su búsqueda de verdad y justicia, puesto que la alta magistratura española se ha opuesto en forma sistemática y tajante a investigar el paradero de los miles y miles de ejecutados. La pervivencia de valores propios de la dictadura franquista, demuestran que el proceso de transición liderado por Suárez, está muy lejos de ser un proceso modélico, digno de ser emulado. Baste mencionar que los tribunales españoles se han negado a revocar, como un gesto mínimo de reparación hacia los miles y miles de asesinados durante la dura represión que siguió a la guerra civil y se mantienen plenamente vigentes las sentencias sumarias, dictadas sin formalidades de juicio por jueces militares violando los más elementales principios del debido proceso.

Como señala el periodista y escritor español Antonio Avendaño, autor del libro “Régimen Abierto (Ed. Centro Andaluz del Libro, S.A., 2001) “…la democracia española es nieta de una dictadura. La democracia española mató al padre, pero no al abuelo. Se apresuró a matar a Suárez, pero nunca se atrevió a matar a Franco, que permanece enterrado con todos los honores en un sepulcro literalmente faraónico. En el Valle de los Caídos no yace solo Francisco Franco: yace también la España que no fue capaz de matarlo”.

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