Año 2 Número 33, Lunes 31 de marzo 2003

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Lo que el censo no mide

Finalmente nos contamos, sabemos cuántos somos y hasta qué porcentaje de Chile tiene una lavadora, está conectado a Internet o utiliza un celular. El Censo nos reafirmó de que los que dicen ser Católicos son casi el 70 por ciento de la población y que uno y medio de cada tres encuestados aseguró que era evangélico.

Finalmente nos contamos, sabemos cuántos somos y hasta qué porcentaje de Chile tiene una lavadora, está conectado a Internet o utiliza un celular. El Censo nos reafirmó de que los que dicen ser Católicos son casi el 70 por ciento de la población y que uno y medio de cada tres encuestados aseguró que era evangélico.

Chile tiene más mujeres que hombres, los mismos viudos que en 1992 y los casados bajaron en una década. Tenemos una tasa de crecimiento lenta pero casi dos millones de personas se sumaron a los 13 millones que había arrojado el anterior Censo. Hay más viviendas por habitantes, autos y televisores.

Finalmente, tanto los avances como los retrocesos tienen cifras reales y ellas son elocuentes. El país ahora, que tanto gusta de las matemáticas y las estadísticas, debe ponerle nombre y apellidos, es decir una cara, a los problemas que reflejan los números.

Si los alfabetos llegan al 95,8 por ciento, ello quiere decir que hay un 4,2 que no sabe leer ni escribir: ¿dónde están?

La fotografía aérea que el Censo le tomó a la población, debe ahora bajar a las caras de aquellos que, en estos diez años, sólo han visto el desarrollo pasar por la vereda contraria.

"Los 15 millones 116 mil 465 habitantes que tiene Chile se cuentan de a uno"

Saber cuánto no necesariamente ayuda. Lo que verdaderamente contribuye es que Chile, desde el Estado, aplique políticas que lleven esos números a hechos concretos y ello sólo es posible si antes de firmar los decretos se realiza un trabajo de campo que busque en sus casas y barrios a la gente que las cifras no muestran.

Es la hora, entonces, de la asistencia social y de los trabajadores del alma, aquellos que desde las municipalidades, los servicios o los ministerios tomen los porcentajes y le pongan el rostro al problema. Luego el Estado, quien más si no, tomará a esa persona de la mano y la reinsertará en la sociedad.

Crecer, a veces, es fácil. Basta una buena coyuntura y políticas adecuadas. Muchos países lo han logrado, generando incluso profundas diferencias sociales que, a la postre, se convierten en insalvables. Mochilas que no generan tranquilidad y mucho menos seguridad para aquellos que se benefician con la mayor cantidad del ingreso.

La autocomplacencia, la utilización política de las cifras o el no hacer nada, no tienen espacio. Para lo que sí hay espacio y además urgencia, es para la solidaridad.

El Censo, desgraciadamente, no mide ni cuantifica los valores de una sociedad. Ellos son fruto de otra mirada y en Chile, transcurridos trece años de gobiernos elegidos, no se ha podido reconstruir un tejido social solidario. Al contrario, el individualismo y el pragmatismo que son la gasolina del modelo neoliberal se han impuesto. También cierto abuso y explotación de la mano de obra. El Censo, además, no midió depresiones o frustraciones. Tampoco los sueños.

Cuesta encontrar, dentro de este sistema, que se entienda que una sociedad es la suma de las personas que en ella habitan y que todos deben tener los mismo derechos y oportunidades. Más allá de buenas intenciones o decisiones asistencialistas, el Estado tiene la posibilidad real de enfrentar los problemas, basar su accionar en los jóvenes y proyectarse con soluciones concretas hacia aquellos que necesitan con urgencia sentirse parte de la sociedad.

No sólo se trata de los desempleados o los analfabetos, sino que de otros, como los jubilados, los allegados o los que padecen enfermedades. También de los que sueñan.

Hace unos meses el alcalde de Santiago, Joaquín Lavín, importó de Cuba el sistema del médico de barrio, cuyo sentido es fomentar la prevención con un profesional que centre su actividad en un núcleo habitacional reducido. El método, en la isla caribeña, ha dado excelentes resultados. Pero, conscientes que los problemas no sólo pasan por la salud, el segundo elemento del sistema, que ya se ha puesto en marcha en Cuba, son los trabajadores sociales de barrio que salen a la calle a orientar a los que no saben cómo enfrentar sus problemas. Ellos buscan el rostro.

Con este método más de 120 mil jóvenes, entre 16 y 30 años, que habían dejado de estudiar han vuelto a hacerlo. Y el Estado cubano, que no puede mostrar las cifras macro que tiene nuestra economía, les da un sueldo por aprender.

¿Seríamos los chilenos que trabajamos capaces de entender que a otros se les paga por estudiar y que pueden hacerlo el tiempo que sea necesario? La respuesta sólo se puede dar si es que nos enfrentamos al hecho.

Lo concreto, más allá de la interrogante, es que tras el Censo empezamos a transitar otro camino y que este no tiene vuelta atrás. Chile, en el 2002, sólo creció a un 2,1 por ciento. Estamos muy lejos, entonces, de volver a guarismos superiores que, sin grandes esfuerzos y poca solidaridad, permitieron disminuir los pobres, aumentar las viviendas, bajar el analfabetismo y mejorar la salud de la población.

Esto, ahora, nos obliga a ser extraordinariamente creativos para avanzar y nos impone un reto de solidaridad que ayer no tuvimos o que tuvimos pero creímos que no era necesario ni urgente.

Los 15 millones 116 mil 465 se cuentan de a uno.


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