Año 2 Número 33, Lunes 31 de marzo 2003

Virginia Woolf y la multitud

Ese lobo feroz

Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf desde su matrimonio con Leonard Woolf, fue una mujer y una escritora solitaria. Murió en 1941, hace ya 62 años. Marcada por este extraño efecto que llamamos la muerte a falta de un término de exactitud casi pornográfica por sus alcances (la infinidad es eterna y no la comprendemos), Virginia Woolf ronda nuestras vidas más real en su fantasma desgastado por la imaginación de los demás que en su verdadera dimensión humana.

La retrospección cinematográfica la incorporó de pronto a la hacinada categoría de personaje a la moda. Quienes jamás leyeron -y acaso nunca leerán- sus libros, la han incorporado al vademecum de la cultura de conversación, cuya analogía más próxima es la diferencia entre comerse un sandwich al paso y almorzar un boeuf bourguignone con la calma que entrega la tradición gastronómica del placer.

Muchos la darán por conocida a través de dos películas interesantes y frustrantes a la vez, dirigidas por eminentes directores y con actrices tan destacadas como Vanessa Redgrave y Nicole Kidman. Pero la verán menos lúcida e inteligente de lo que fue en vida porque en películas como éstas no incursiona en lo que ella fue sino en la mitología del escándalo, que deja gruesas sumas traicionando a sus supuestos héroes.


Ojalá no seamos tan blandos de seso como para caer en la reducción que el cine de De Mille provocó entre los héroes de la Antigüedad. Ya nos regalaron un Moisés y un Espartaco, un Ben Hur y a José con sus hermanos y hasta el padre, Cleopatra, Julio César, Antonio, Cristo, que en Superstar parece Christos, Barrabás, Pilatos, Salomé y mejor no sigo.

Esto es divertimento y no está mal. Pero la literatura es más exigente con sus mitos y sus escritores, que no deberían ser mitos, por lo demás. El problema de incorporar la literatura a los medios masivos de difusión, no a través de la escritura sino por medio de los escritores, es que éstos no hacen causa común con la multitud. Representan más bien la huida de la colmena de muchas abejas en enjambre. Esto lo dice muy bien Ortega y Gassett: enjambre: muchas abejas y un solo vuelo. Son muchos los que escriben pero cada uno es una totalidad en sí mismo. "Cuenta tu aldea y describirás el mundo", recomendaba Chéjov.

Nicole Kidman acaba de recibir un Oscar merecido. Lo malo es que se lo dieron por la razón equivocada. En la película "Las Horas" no está Virginia Woolf. Se la traga la imagen de una mujer inglesa de los años posteriores a la primera Guerra Mundial completamente sometida a un mal que en el film no se precisa. Una conmovedora escena de suicidio al inicio me dio la esperanza de que entraran con seriedad por esa gran herida de su psiquis. Pero no era la intención del director. Por cierto, Virginia Woolf fue más que una nariz aguileña. Más que su locura. Y su escritura fue mucho más que su vida.

Esta película borró de su naturaleza el núcleo fundador de su narrativa, que no fue otro que la fuerza extrema que usó sin descanso contra la muerte, hasta que un día de 1941, sin perder un gramo de su albedrío intelectual y moral, tomó la última de sus decisiones y se ahogó en el río Ouse, después de cargar los bolsillos de su chaqueta con dos pesadas piedras.

Luchó contra el enemigo interno de una personalidad llamada melancólica en el siglo XIX, que ha sido definida posteriormente, pero la médula de su talento fue la escritura, no la locura. Encerrada en sí misma y tratando de escaparse de las voces internas que le cantaban su canto como las sirenas a Ulises, no se tapó los oídos con cera de abejas (no sé por qué me salen a cada rato las abejas, andan conmigo hoy día), ni esquivó el fardo de pertenecer a una familia bastante peculiar, por no decir medio loca, y a un medio burgués altamente formal y erudito, resabio de todo lo decimonónico que iba muriendo, pero sobremanera no intentó echar su cabeza en remojo, una cabeza donde el mínimo espacio lo llenaba la locura, a falta de otro sustantivo más sustancial.

Una película la trae hoy día a Chile, "Las Horas". Basada en una novela de Michel Cunningham elaborada con la técnica del collage, de la relativa introspección y el racconto, del impresionismo más radical, el golpe de colores instantáneos que vuelca sobre el personaje una intensidad sin pasado ni presente la instala entre los espectadores como un rayo violento y oscuro, una presencia estática y doliente que arrastra, se nos dice, una fatalidad cargada al máximo extremo hacia el lesbianismo.

Como los pequeños espacios de la diferencia se han convertido en el cosmos de la "verdadera humanidad" (lo cual es reivindicador y cumple con los excluidos sin por ello ser equitativa la manera de mostrar la condición humana), era tiro certero cargarle el adjetivo sin contar la pesadumbre de una vida cuya médula no fue su tendencia sexual.

Nada se dice de su capacidad de estudio, de su voz crítica, de sus experimentos narrativos, del esfuerzo por reflejar la vida a pesar del escarnio de una cabeza feble. Es ahí donde está Virginia. Su diario recién se está conociendo. El marido que eligió guardó los cuadernos bajo siete llaves, y hace pocos años que sobrinos y parientes la revelan a la luz de su anecdotario, cuando ya Leonard Woolf murió y se cumplieron los 50 años que permiten publicar sin tanto impedimento legal que sume a los escritores en la pobreza viva y la riqueza post mortem.

Pero ella se contó antes. Quien quiera conocer su totalidad humana deberá leer las críticas literarias que escribió en el Common Reader, sus ensayos de libertad (no liberacionismo), sus comentarios y sus espléndidas humoradas.

Hoy estaría en los diarios de su isla con esta sola jugarreta que cometieron contra el ministerio de Relaciones Exteriores inglés: El grupo intelectual Bloomsbury, por allá por los años 20, llamó al Ministerio en nombre del Sheikh de algún inventado emirato árabe y pidió que los recibieran a bordo de un destroyer con honores de diplomáticos. El Ministerio cayó redondo. Llegaron el día acordado vestidos todos en sus albas túnicas, con kefihyes y rosarios y babuchas. Virginia iba de sheikh, y hasta se adhirió monumentales bigotes. Lytton Strachey formaba parte del grupo. El Ministerio descubrió el engaño. Pero días después. Los recibieron con pitos y almuerzo en grande, la fotografía los muestra sentados en cubierta, no los excuso pero los excuso (saben a lo que me refiero), representan a una juventud transgresora, a una juventud creativa y audaz, a unos locos sanos que necesitan matarse de la risa después de una guerra que los había desmoronado emocionalmente, en la cual se usó por primera vez el famoso gas mo staza que le achacan a Hussein.

Cierto que Virginia Woolf fue trasgresora. No tiene otra salida -aún- la literatura. Contar el dulce mito de los paraísos artificiales que nos han desmoronado uno tras otro los "órdenes mundiales" exige salirse del patrón de la buena conducta boba. No basta y nunca ha bastado con llevarle el amén a las costumbres. Las costumbres son materia muy corruptible. Pasan rápido. Son modas y modos temporales. Primero la inteligencia, la medida, la capacidad de tomar decisiones. Si creemos que debemos hacer "algo", no lo podremos evitar. Es decir, si queremos matar al esclavo que todos llevamos dentro, como recomendaba Goëthe. Ese esclavo es la costumbre amparada por el miedo.

"Es una pérdida sonora no leer a la Woolf. Pido en su nombre que no la confundan con un big Mac o un hot dog, que no se la traguen en la imagen tremebunda que este film ofrece, ni desdeñen lo que ella en realidad"

Pero así como la alquimia pasó a la historia, el huevo filosófico suena ridículo, la frenología es hoy un chiste malo, los clippers nunca más navegaron y hasta esa maravilla que parecía ser el Hindenburg se incendió en Nueva Jersey y sería todo para los vuelos transatlánticos en zeppelín, las costumbres también mueren. Especialmente cuando no si rven a la vida.

Busquen a Virginia Woolf en sus diarios sin expurgar. En Orlando, novela extrema sobre el tiempo el amor y la muerte. En sus ácidos, dulces, dolientes, inteligentes observaciones en los cuadernos de su diario manuscrito.

Pero si quieren en verdad saber por qué escritores grandes del siglo XX como García Márquez y Faulkner descubrieron otra manera de escribir y decir en sus textos, lean Las Olas y Al Faro, Mrs. Dalloway y una novela casi secreta llamada Flush.

Ahí están las sorpresas. Las innovaciones. El lenguaje. La poesía. El ritmo y el engarce, cómo maneja las situaciones y como sale de ellas.

Es cierto que murió como la muestran. No es cierto que vivió como la cuentan. Y quien no vive no puede morir, ¿verdad?

Es una pérdida sonora no leer a la Woolf. Pido en su nombre que no la confundan con un Big Mac o un hot dog, que no se la traguen en la imagen tremebunda que este film ofrece, ni desdeñen lo que ella en realidad fue: una escritora cuyo talento escapó a esa locura que es lo único que parece despertar curiosidad hoy día.

La Woolf es un manual de escritura trágica y festiva. De amor y desamor. De confusiones y de lenguaje absoluto. Ese que no tiene nada que ver con el grado cero de la escritura y que no por ello dejó de sembrar un vasto campo de experimentos y soluciones literarias. Lo que siempre quiere decir que encontró la manera de escribir sobre la existencia desde sí misma, sin copiar moldes ni dejarse llevar por las ganancias pecuniarias. Escribió porque tenía que escribir. Era su don y lo donó. No la miremos en menos, no la reduzcamos a imagen, no hagamos de nuestra cultura -asunto que no se improvisa y no es un champiñón crecido después de la lluvia-, una mota de polvo en medio de una tecnología abrumadora. Manuscrita y pensante, creativa y doliente, es mucho más que esa señora de nariz falsa que se pasea con un delantal floreado y tira papeles al suelo y mira con esa mirada de halcón encarcelado de la Kidman. Vivió encarcelada en una enfermedad trágica. No olvidemos que salió de ella -al puro estilo Sthephen Hawkins- para regalarnos su genio.


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