Año 2 Número 33, Lunes 31 de marzo 2003

Evaluación a la gestión de Ricardo Lagos

Tres años

Mal le ha ido al Gobierno. ¿Se trata de mala gestión? ¿O será una concepción política equivocada que conduce a tantos errores? Los escándalos de los últimos seis meses impidieron celebrar los tres años de Gobierno. Además, con una guerra ad-portas, que obligaba a definiciones, todos se complicó.

El conflicto de Estados Unidos con Irak colocó a Chile en posición muy difícil. Mala suerte, dicen algunos; otros, que fue un craso error incorporarse al Consejo de Seguridad cuando se sabía lo que venía. Rechazar la guerra era ponerse en la mala con el "socio estratégico" y generar incertidumbres con el anhelado TLC; apoyarla, en cambio, significaba para el Gobierno una mayor desafección de la ciudadanía, que en un 90 por ciento se opone a la guerra. La opción gubernamental por la legalidad internacional le dio un respiro a La Moneda y cierta tranquilidad a los chilenos.

Después de varios meses de vacilaciones, en medio de sucesivos escándalos de corrupción y con una guerra anunciada se produjo el esperado cambio de gabinete, que ha dejado insatisfecho al país. ¿Por qué, si se acumulan las dificultades no existe capacidad para conformar un gabinete que le dé al país la imagen de algo nuevo, con caras distintas y jóvenes, para enfrentar los próximos tres años? La explicación de un gabinete insatisfactorio, los hechos de corrupción, la comedia de equivocaciones del ministerio de Salud, no pueden encontrarse sólo en incapacidad de gestión o en la mala suerte. Tampoco se trata de que Insulza sea bueno y Artaza un desastre o que el Presidente Lagos sea un gran estadista y se complique en la articulación de los partidos de la Concertación. No es sólo la coyuntura la que coloca al Gobierno en dificultades. Lo que hay que revisar más bien es la concepción política que ha caracterizado estos tres años.

1. Corrupción

La corrupción es lo más doloroso. Dejó en el olvido los negociados de las privatizaciones que enriquecieron a gran parte de los políticos y economistas del pinochetismo. Esto es lo que más afecta, deprime e inmoviliza a la Concertación. Los sucesivos escándalos avergüenzan a los chilenos y dan al traste con la probidad que caracterizó a nuestra historia republicana. Una distinta ética era la línea divisoria entre los que apoyaron a Pinochet y sus opositores. La diferencia ya no existe, cuando connotados políticos y altos directivos de los gobiernos de la Concertación transitan sin vergüenza desde el sector público al privado y aparecen comprometidos en los casos Gate, Coimas y en el escándalo Inverlink-Corfo-Banco Central.

Pero los actos de corrupción no aparecen por acto de magia. Cuando ex ministros recorren los pasillos del sector público promoviendo negocios de empresas privadas y al mismo tiempo asesoran altas autoridades gubernamentales, hay algo que no está funcionando en la política pública. Cuando un miembro del directorio de la Telefónica que es al mismo tiempo presidente de el Metro y director del BancoEstado vota favorablemente una querella por 270 millones de dólares contra el Estado resulta inexplicable para la opinión pública.

Cuando el BancoEstado le otorga al Grupo Luksic un préstamo que favorece la concentración de la banca privada hay algo confuso; y, cuando el Gobierno y la clase política defienden esta decisión a brazo partido la oscuridad es total. Cuando se produce la polémica Avila-Andrés Zaldívar por la votación de la ley de pesca en el Senado, la solidaridad de La Moneda con el presidente de la Cámara Alta lo que hace es legitimar la existencia de vasos comunicantes entre los grupos económicos y el mundo político. Cuando Alvaro García, siendo ministro de la Presidencia, forma una sociedad de inversiones con su padre, quien recién había decidido no devolverle al Estado el dinero de las indemnizaciones de Enap, hay un problema ético que hace inaceptable el silencio gubernamental. Podríamos extendernos largamente sobre autoridades que han dejado el sector público para dedicarse a los negocios privados, aprovechando contactos e influencias ganadas en la actividad pública. La conclusión es que no existe ni un diseño político ni voluntad real para romper con esos vasos comunicantes entre lo público y lo privado, como tampoco se ha tenido verdadera decisión para arrinconar a la derecha en la concreción de una ley de financiamiento público de las campañas electorales. Consecuentemente, más allá de errores e ineptitudes, los escándalos que hoy conmueven a la ciudadanía se encontraban anunciados con esa actitud contemplativa que ha adoptado el Gobierno y los partidos de la Concertación frente a los vínculos entre política y negocios.

2. Crecimiento con igualdad

Estos tres años no sólo le dejan al país el sabor amargo de la corrupción. Ha estado presente también la insatisfacción por los compromisos incumplidos de "crecimiento con igualdad". La economía ha crecido lentamente y el automatismo del mercado no ha permitido el derrame. No ha sido posible reducir los niveles de desempleo. El Gobierno no se ha atrevido a reformular una estrategia que a todas luces se muestra agotada y, en cambio, pretende recuperar el crecimiento sobre la base de recomendaciones de la derecha y de los grandes empresarios, especialmente con la "flexibilidad laboral" y con leyes impositivas regresivas. Se comete el error de creer que la misma ideología y política económica de la derecha permitirá que el país vuelva a crecer y a aumentar el empleo. No es así. Las condiciones nacionales e internacionales han cambiado y un nuevo período expansivo ya no podrá fundarse sobre las mismas bases del ciclo 1984-1997. Seguiremos con crecimiento lento y alto desempleo a menos que se realice un decidido esfuerzo del sector público, con políticas activas en favor de la pequeña empresa y privilegiando ramas de actividad que generen mayor valor agregado. El descontento popular se acrecentará si se persiste en privilegiar a los grandes empresarios por sobre los trabajadores y la gente modesta. Pero, la responsabilidad no es sólo del Gobierno. Es también de los partidos de la Concertación que han asumido la estrategia y política económica de la derecha y que han sido incapaces de ofrecerle una alternativa convincente al Presidente Lagos.

Durante estos tres años lo único destacable en favor de los trabajadores ha sido el seguro de desempleo, cuyos efectos se verán a mediano plazo. Porque la verdad es que la reforma laboral dejó de lado el fortalecimiento de la negociación colectiva, que tanto se defendió en la campaña electoral de la Concertación contra las posturas de Lavín. Además, la misma reforma ha desprotegido a los trabajadores en huelga, permitiendo que los empresarios recontraten trabajadores cuando existen conflictos reivindicativos. Los sindicatos están sumidos en la desesperanza con una legislación que no los favorece y también con el recrudecimiento de las arbitrariedades patronales.

Además, la política social se ha oscurecido. El Plan Auge se ha convertido en una batalla permanente entre la autoridad política y los gremios, que no entiende la ciudadanía. Mientras tanto, una política fiscal restrictiva no es capaz de garantizar la existencia de un financiamiento efectivo para el mejoramiento de la salud. Lo mismo sucede con el Chile Solidario, que en la práctica sigue convertido en un proyecto piloto que no cuenta con los recursos suficientes para dar respuesta a ese 6 por ciento de familias indigentes. En el caso de los exonerados, la insuficiencia de las pensiones y la arbitrariedad en los cálculos de las mismas han hecho crecer la desilusión y la desconfianza. Lo mismo con compromiso incumplido de otorgar a las esposas de los jubilados que fallecen el cien por ciento de la pensión por viudez. Al final de cuentas lo que predomina por sobre consideraciones sociales y políticas es una concepción fiscal restrictiva y la ideología del superávit estructural, las que han tenido gran responsabilidad en la desafección de la gente modesta del gobierno de la Concertación. No es casual que cuando la derecha se refiere a los aspectos positivos del Gobierno respalda, como si fuera suya, la acción macroeconómica de éste.

En el plano de las relaciones internacionales, el Gobierno de Chile ha optado por una "asociación estratégica" con los Estados Unidos. Esta se ha expresado en la decisión de compra de los aviones de combate F16, la suscripción del TLC y una entusiasta defensa de empresas como Mac Donald´s, General Motors y Chrysler. Todo esto resulta inexplicable cuando los EEUU no han moderado sus ansias imperiales sino más bien las han acrecentado. Por suerte, gracias a la fuerza de la tradición chilena, todos los partidos políticos y una abrumadora mayoría ciudadana han repudiado la guerra en contra de Irak, lo que permitió una postura digna del Gobierno en el seno de Naciones Unidas. Persistir en este propósito requiere no sólo vigor y dignidad sino también un replanteamiento que apunte a privilegiar las relaciones económicas, políticas y culturales con América Latina y Europa.

3. Libertades públicas

Se puede criticar a estos tres años en los aspectos económicos, sociales e internacionales. Sin embargo, hay que reconocer el esfuerzo decidido que ha realizado el Presidente Lagos en favor de las libertades públicas y en apoyo a la cultura. Aquí es donde se separan las políticas de Gobierno con las de la derecha. La perseverancia del ministerio de Justicia culminó con el término de la pena de muerte y con avances sustantivos para materializar una ley de divorcio. Ambas iniciativas diferencian al Gobierno de una derecha conservadora, con manifiestos compromisos con el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. ¡Dios salve a los chilenos de aquellos que quieren gobernarnos y que se inspiran en Escrivá de Balaguer y en el cura Medina! Tampoco se puede olvidar que al fin, gracias a la nueva ley de prensa y al término de la censura cinematográfica, el Gobierno del Presidente Lagos nos ha permitido ser mayores de edad. Ningún censor nos impide ver ahora "La última tentación de Cristo", película prohibida por la censura cinematográfica heredada de la dictadura, mientras que los periodistas no tienen que optar por el exilio para eludir la persecución de quienes quieren imponer su moral al resto de los chilenos.

Enfrentar la corrupción, superar el estancamiento interno en lo económico-social, profundizar los avances culturales y mantener una posición digna frente a los EEUU requiere que los próximos tres años sean distintos, sean verdaderamente transformadores. Se trata sólo de cumplir los compromisos programáticos contraídos con los electores, lo que significaría llevar a cabo una política distinta en los años que restan. Para ello habría que dejar de mirar hacia los grandes empresarios y, en cambio, acercarse a los trabajadores y a los pequeños empresarios, entregándoles respuestas efectivas a sus demandas. También habría que rechazar la tesis de que EEUU es un "socio estratégico", manteniendo con la gran potencia relaciones normales y de respeto mutuo; pero, al mismo tiempo, y más allá de toda retórica, habría que recuperar vínculos con América Latina y estrechar relaciones económico-políticas con Europa. Por otra parte, un cambio real para los próximos tres años exigiría levantar una alternativa a la actual estrategia de crecimiento la que se ha revelado incapaz de dinamizar la economía y aumentar el empleo. Finalmente, no se puede impedir la discusión en favor de una política económica pragmática, que mire menos a las empresas evaluadoras de riesgo y que, de verdad, privilegie el empleo, el desarrollo tecnológico y las actividades generadoras de valor agregado nacional. Nada de lo señalado cuestiona el modelo de desarrollo existente ni coloca a Chile al margen de la modernidad.

* Di Giovanni es Economista


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