Año 2 Número 33, Lunes 31 de marzo 2003

Instituto Nacional

El mito de los elegidos

En los últimos años las estadísticas han convertido al liceo A-0 en un símbolo de la educación pública en Chile. Tal condición se traduce en una cada vez más creciente demanda por ingresar en él. La sola mención de su nombre basta para sugerir en quien lo oye toda una suerte de expectativas de éxitos y ascensión social. La realidad del mito, sin embargo, dista bastante del mito de la realidad.

El mediodía del 13 de marzo último, el recién designado ministro de Educación, Sergio Bitar, visitó el Instituto Nacional sin reunirse con los cerca de dos mil estudiantes que conforman la jornada de la mañana.

Apenas entró en el establecimiento educacional, el secretario de Gobierno, acompañado por el senador Carlos Ominami, se encerró en los despachos de la rectoría para conversar privadamente con los miembros de la plana mayor del liceo.

Debido al carácter estrictamente reservado de la reunión, los alumnos y los profesores no pudieron sino especular acerca del motivo de ésta. Algunos supusieron que la visita era de simple protocolo, puesto que el Ministro y el senador son ex alumnos de la institución; otros prefirieron pensar que ambos concurrieron al Instituto como representantes del Estado, es decir, como quienes definen, diseñan y aplican las políticas de la educación pública en Chile. Ni los unos ni los otros tuvieron oportunidad de confirmar sus hipótesis. El día anterior, el vicerrector del liceo, Omar Letelier, declaró a este medio que se aguardaba al ex senador por Arica con la expresa intención de "pedirle una mano" para realizar el 3º Congreso de Educación Pública.


Tal vez el Ministro y el senador hayan comprometido esa "mano". Nadie lo sabe a ciencia cierta, salvo los asistentes a esa reunión privada; autoridades que tampoco desconocen cuán importante es, para la imagen pública de las políticas educacionales, el famoso Instituto Nacional.

Las auspiciosas cifras y estadísticas del liceo, expuestas en los informes oficiales, quizá basten para considerarlo en la estimación de quienes son los encargados de velar por el éxito de la instrucción en Chile. De otro modo, no se explica el que en las agendas de las autoridades no estuviera contemplado el reunirse con los profesores y los alumnos.

1. Sumandos y educandos

Cerca de cuatro mil alumnos postularán el este año a los 16 cursos de 7º año básico que ofrece anualmente el liceo A-0. Cerca, porque la progresión en la tendencia no permite deducir otra posibilidad: en el 2000, 2001 y 2002, respectivamente, fueron dos mil 800, tres mil 200 y tres mil 800 los postulantes.

El número de plazas, sin embargo, se mantiene inalterable: poco más de 700. Esto quiere decir que, proporcionalmente, quedan menos cada año, o son más los que ven defraudadas sus esperanzas de pertenecer al estadística e históricamente célebre Instituto Nacional. De acuerdo a las cifras del muy bien dotado Departamento de Informática del liceo, desde 1995 ha habido un importante incremento de postulantes de colegios particulares -10,8 por ciento- y particulares subvencionados -69,8 por ciento-. Estos datos permiten inferir que ante una merma significativa de su poder adquisitivo, muchas familias de estratos socioeconómicos medios y medios altos han optado por la educación pública, sin renunciar por ello a un alto nivel de enseñanza.

A juicio del vicerrector esta opción está determinada en gran medida "por el prestigio y la calidad del colegio"; aún cuando reconozca las dificultades materiales de este renombre: "Con el tiempo el liceo se ha masificado y el espacio, a pesar de estar muy bien distribuido, no deja de tener problemas. Hoy hay cien cursos y más de cuatro mil 200 alumnos. Esto significa recargas de todo tipo".

Letelier admite que hay una carencia significativa de espacios para levantar talleres, centros de computación y salas para el alumnado. "Aquí hay cursos con 40, y ¡hasta con 45 alumnos!". Tales condiciones materiales no permiten, en el primero y quizás más importante liceo público de Chile, implementar la Jornada Escolar Completa (JEC); esa reforma que el ministerio de Educación (Mineduc) reconoce en su página web como fundamental, ya que con ella se "reconoce una tradición, heredada de las generaciones que nos han precedido, las cuales han percibido a la educación como la clave para lograr el desarrollo de la nación".

"Es imposible hacerla aquí -afirma Letelier-. Traería muchos problemas". Y agrega, con cierto tono de alivio: "la ley no nos obliga tampoco".

Pero esos espacios sí existen. La Dirección Provincial de Educación ocupa desde hace más de veinte años los seis pisos del ala sur poniente del edificio, sin que nadie se haya hecho cargo hasta ahora de restituirlos al Instituto. Este espacio, equivalente casi al 20 por ciento del mismo, "podría servir para lo que se necesita, e incluso para hacer efectiva la JEC", afirma el encargado de la Unidad Técnica del establecimiento, Alejandro Donoso. Además de ello, la obra del arquitecto Jaime Llambías, diseñada y ejecutada en la década de los 60, está inconclusa. A mediados de los 70 cesó el flujo de dinero para terminar la tercera y última versión arquitectónica del liceo A-0.

Del centro astronómico, concebido por Llambías para la investigación y el estudio de esta ciencia, hoy no hay más que la carcaza de hierro derruido de su cúpula. En el zócalo, en tanto, en las llamadas "catacumbas" hay un enorme anfiteatro; una sala con capacidad para 500 personas, dotada de un moderno escenario de suspensión y desplazamiento hidráulico que yace entre las sombras y los escombros, y que sólo sirve para la representación de quién sabe qué drama.

Tal vez, en la nueva baraja del ministro Bitar exista "la mano" para solucionar este equívoco y mala suerte lamentables; siempre y cuando el 3º Congreso no pueda remediar de mejor manera esta situación, sin tanto escándalo ni mayores presupuestos.

2. La elite

Las cifras y las abstracciones estadísticas señalan que, pese a estos problemas, los alumnos del Instituto Nacional siguen liderando las listas oficiales.

El "Programa Informativo del Rendimiento en las Pruebas de Admisión a la Educación Superior" elaborado por el Mineduc y publicado el año 2002 con los resultados del año anterior, informa que cerca del 50 por ciento de los alumnos egresados del Instituto Nacional se matriculó en la Universidad de Chile y que el resto lo hizo en las universidades Católica, de Santiago y Tecnológica Metropolitana. Las carreras de Ingeniería Comercial, Derecho, Medicina, Bioquímica, entre otras, fueron las más demandadas.

El "Informe de Prueba de Aptitud Académica y de Pruebas Específicas (Año lectivo 2002)", confeccionado por el Instituto contiene datos reveladores del porqué de estos resultados y preferencias. La nota promedio de egreso de aquel año fue de 5,8; el promedio de las PAA de Verbal y Matemática de esta promoción no fue inferior a los 680 puntos; los alumnos que rindieron las pruebas de Historia de Chile y Geografía, así como las específicas de Matemáticas, Biología, Física, Química y Ciencias Sociales no obtuvieron menos de 630 puntos como promedio.

En cuanto a tendencias vocacionales, de los 731 egresados el año 2001 el 28 por ciento optó por rendir la Prueba Específica de Ciencias Sociales y el 65,8 por ciento la de Matemáticas. Y ello no podía ser de otra manera, puesto que de los 18 cuartos medios de ese año, siete cursos estuvieron integrados por alumnos del área de las matemáticas, otros siete estaban en ciencias, y los cuatro restantes en el área humanista.

El "Informe..." destaca que entre los resultados del año 2002 hubo 27 puntajes nacionales, equivalentes al 11,2 por ciento del total del país. Y más adelante agrega una lista en que el Instituto Nacional aparece por sobre los liceos Javiera Carrera, de Aplicación, Barros Borgoño, entre otros centros educacionales públicos.

"En toda institución es necesaria la existencia de una ‘élite’ como estímulo para el progreso", se lee en el informe confeccionado por el liceo.

Parte de esta élite se hacina en los pocos más de 35 metros cuadrados de la sala correspondiente al 4º Año L. Allí, la percepción de los cerca de 40 alumnos que componen el curso es un tanto más rica y variada que la estatuida en la rigidez de los informes oficiales.

El profesor de Historia Ariel Peralta, está leyendo a sus alumnos parte de un ensayo de su libro El Mito de Chile: "Un mito, para que tenga virtualidad en el tiempo tiene que ser administrado, si no se muere...". Interrumpe la lectura para definir la acepción correcta del término, y después se da a hacer un poco de historia: "Tienen que saber que en el Instituto Nacional del siglo XIX estudiaban los hijos de las familias ricas. No como ustedes o yo; acá todos somos pobres", señala, para contrastar y ejemplificar los diferentes tránsitos de la base social del mito al que alude. En seguida, cede la palabra a los estudiantes.

Claudio López -"alumno brillante de 3º año", a juicio de Peralta-, que ha resuelto ausentarse de su clase para asistir a la charla, señala que son dos los elementos que permiten la pervivencia del prestigio de su liceo: "Uno es que nos meten en la cabeza que hay que mantener este mito. Desde séptimo año se nos dice que hay que conservar la imagen dentro y fuera del colegio. Y la segunda cosa es que se nos instruye para producir promedios. Producir, producir, que tiene que llegar a una carrera, que tiene que ser abogado o ingeniero, que eso le da prestigio al colegio".

Claudio piensa que si bien los niveles de exigencia y disciplina permiten cumplir en este sentido -"este el único liceo en que se ve una sala llena de alumnos estudiando solos"-, la infraestructura ni la manera de enseñar son las más adecuadas: "Pasar materia, esa es la cosa: no enseñar a pensar".

En el plano de los prejuicios, indica que "allá afuera no se sabe que aquí hay muchos alumnos con problemas familiares, con papás alcohólicos o drogadictos. Ese es un peso psicológico que debe cargar el alumno, junto con el estudio". Informa, además, que no son pocos los muchachos que ingresan al liceo obligados por sus padres, a fin de que estudien posteriormente una carrera universitaria: "Una vez, en 2º Año, nos hicieron una pregunta: ‘quién de verdad no quiso entrar al colegio’. La mitad del curso levantó la mano". Felipe Real, del 4º Año L, replica: "Es muy extremista pensar que el colegio te lleva sólo a producir notas. Si fuera así no habría alumnos brillantes que pudieran pensar por sí mismos". Advierte, no obstante, que son pocos los profesores dedicados a ‘educar’ y no sólo a instruir: "Es cierto que hay muchos que no hacen más que pasar materia; pero también están los otros". Cree que "gran parte de los cuestionamientos humanos básicos o fundamentales se despiertan en este colegio" gracias a estos últimos.

La percepción de Jaime Larré, es un tanto distinta de la de sus condiscípulos: "Estoy orgulloso, aunque este sea un colegio municipal y pobre, porque todos los que estamos acá tenemos el mismo sentido de superación. Los que empiezan a decir de una manera simplista que la culpa es de los profes o de la sociedad... no sé, me parece extraño, porque uno es el que se hace el camino. Todos estamos abajo y queremos llegar a ser más altos". Jaime Velasco comenta: "Quizás no tengamos los mejores computadores, como dijo Larré, ni las salas más amplias, ni más bonitas, ni los puestos más cómodos, pero definitivamente tenemos un espíritu común que nos lleva a sacar adelante al colegio y a nosotros mismos".

3. La política del espíritu

Cualquiera que se interne en el hall central del Instituto Nacional comprenderá de inmediato la inquietud y el recogimiento que debe experimentar el niño que ha sido seleccionado para ingresar a séptimo año.

Junto con el reloj inexorable de las obligaciones, no se podrá sino advertir la enorme vitrina en que se exponen, en diversos metales, formas y tamaños, los trofeos de los éxitos académicos y deportivos de la institución; la larga lista de los ex alumnos -empresarios, abogados, médicos- que hoy cumplen la misión de benefactores; y la divisa que, en medio de la blancura que encierra un marco, exhorta en latín a las nuevas generaciones de estudiantes: "Labor omnia vincit": el trabajo todo lo vence.

Las primeras impresiones de este orden son reforzadas todos los años en el mes de enero, durante la visita guiada que se realiza con los alumnos a las dependencias de la rectoría. Allí, en el pasillo, más de una docena de ex Presidentes de la República pasan revista a los "nuevos" desde la extemporánea solemnidad de sus retratos pintados al óleo. Montt, Alessandri, Allende, Aylwin, entre otros, son los responsables de infundir en los recién llegados el sentimiento de compromiso de los elegidos.

Debe ser difícil para un niño de doce o un poco más de años sustraerse a esa atmósfera cargada con los efluvios de la madera espesa y el bronce recién bruñido; ámbito en la que el busto de un prócer, la réplica enanizada de una alegoría republicana y el primer estandarte de la institución confieren un empaque entre atemporal y severo, entre conservador y marcial, al recinto.

Símbolo de tradiciones, ejemplo de sobriedad y rigor intelectuales, síntesis de donaire y exigencia, cuna de prohombres... el Instituto Nacional vive en cierto modo de la retórica ochocentista, de las formas cristalizadas, de las imágenes de un pasado en que la política del espíritu hallaba en estas aulas una razón de ser y hacer concreta. Al menos ese es el parecer del profesor de Historia Guillermo Pérez.

El profesor es de los que distingue entre educación e instrucción, diferencia que en el Instituto se resuelve, a su juicio, a favor de la segunda de estas categorías. "La mayoría del alumnado sólo está preocupada de saber si la materia es o no la que van a tomar en la PAA", afirma, confesando a un tiempo que aún así le es grato trabajar en este establecimiento, "por los 300 ó 400 alumnos que hacen la diferencia".

Pérez no ignora ni tampoco desestima los resultados que han convertido al liceo en el primero del país; pero en lo que sí no puede concordar es con el método, a su juicio pragmático y simplista. Tal posición es refrendada por el evidente estado de abandono en el que se mantiene la biblioteca. "Esto es un ejemplo. Aquí está la esencia de esta institución y de la historia del país, y sin embargo nadie se interesa por lo que aquí hay. Los profesores de historia se limitan a ‘pasar materia’; no se enseña al estudiante el tesoro que puede permitirle tener una conciencia más amplia de su entorno, de su pasado, de lo que es".

Allí, perdidas entre los anaqueles polvorientos, están las primeras crónicas del rey de España y de los cabildos de Lima; la colección de libros de Pedro Montt; el primer volumen de estudios de la Escuela Militar, de 1888, con los conceptos ejes de la prusianización del Ejército chileno -"Ejército que se estrenó derrocando al presidente Balmaceda, no hay que olvidarlo", señala el profesor; el Monitor Araucano -diario oficial del siglo XIX- con los motivos y métodos para la llamada Pacificación de la Araucanía; la primera edición de la Aurora de Chile dirigida por fray Camilo Henríquez. También allí se encuentran las primeras ediciones de los precursores de la Revolución Francesa; las obras completas y en francés de Rousseau, Montesquieu, Diderot; los infolios con los exámenes rendidos por algunos próceres, y otros cientos de documentos fundamentales.

Pérez señala que en estos libros se puede apreciar gran parte de la evolución del pensamiento en Chile en el siglo XIX, además del de la década de los 60, "que va a ser la última generación de intelectuales; la que habría de dirigir el país; los que están hoy en el poder".

Con un acervo cultural de tal envergadura, se pregunta el profesor, "¿cómo se cree que se va a estar para ‘pasar materia’? Para eso están los colegios. La historia es otro asunto. Por eso el ramo sigue siendo fome y los cabros se aburren".

El profesor piensa que el Instituto Nacional refleja el proyecto de Chile como país y las contradicciones del mismo: "Este es un liceo que depende política y económicamente del Estado. Pero el Estado no se mete aquí. Se habla mucho de un liceo que se quiere proyectar al siglo XXI, pero se está haciendo con una mentalidad del XIX".

El ex agente de la dictadura, Alvaro Corvalán; el delator Miguel Estay Reino, más conocido como "el fanta"; el empresario Fernando Léniz; el ex ministro de Hacienda Hernán Büchi; el abogado socio de Sebastián Piñera, Darío Calderón; el senador Carlos Ominami; el ministro del Trabajo, Ricardo Solari; el ministro de Educación, Sergio Bitar; y el presidente Ricardo Lagos, entre otros, estudiaron en este liceo. Tiene razón el profesor Pérez cuando afirma que en el Instituto Nacional refleja el proyecto de la nación.

¿Qué pensará el ministro Bitar? ¿Cómo entenderá a la generación de la nueva élite que hoy se forja en esas aulas para el proyecto de Chile? ¿Tendrá en su baraja "la mano" que pueda mover ese escenario hidráulico, abandonado en las catacumbas del Instituto, para que los actores representen la obra que empezó en 1813, y que aún no se estrena por no poder hacer realidad este mito?

1. El Hombre de Rousseau (1825)

El ingeniero de las tropas napoleónicas, Carlos Ambrosio Dossier, es contratado en Argentina por José Miguel Carrera para hacerse cargo de impartir en el Instituto Nacional las cátedras de matemáticas, física y química. La presteza y eficiencia con que asume su tarea lo convierten pronto en el primer rector civil del establecimiento, en 1825.

Influido por las ideas de la Ilustración francesa, comienza a aplicar la doctrina de la enseñanza de Jean Jacques Rousseau contenida en su obra El Emilio o la Educación (en la que expresara que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo corrompe).

A fin de llevar a la práctica los preceptos del pensador francés y contrariar la recurrida práctica de los latigazos y el cepo -métodos de enseñanza que suprimió-, Dossier decide un buen día llevar a sus alumnos al cerro San Cristóbal para conocer en terreno la historia de su ciudad.

Lo inaudito de la experiencia exalta los ánimos de los estudiantes, quienes, al verse en el ejercicio de una libertad tan insospechada, se emborrachan como cubas con la chicha que llevaban oculta en sus morrales.

La oligarquía y la Iglesia de entonces condenaron de inmediato a Dossier por considerarlo un reprobable representante de una formación que consideraban demasiado laica y liberal. Las presiones políticas a las que fue sometido fueron tales que se vio obligado a reinstaurar los métodos inquisitoriales de los que se valía el Instituto para enmendar el rumbo de los díscolos.

Esta, y otras prácticas que no se avenían con su espíritu reformador, le hicieron renunciar en 1830; año en que vuelve a ejercer su profesión, contratado por el Gobierno, construyendo puentes y caminos en la Araucanía.

Finalmente, decidió irse a vivir con los araucanos.

2. "Los pollos, unidos..." (Diciembre, 1982)

El rector Luis Molina Palacios decide realizar la ceremonia de graduación de los Cuartos Medios en el Aula Magna de la Escuela Militar, sin sospechar que la idea habría de convertirse en la primera manifestación abierta y masiva en contra de las autoridades designadas por la dictadura.

Antes del acto, y previniendo cualquier eventualidad adversa, se exigió al presidente de los Cuartos, Claudio Navarro, una copia de su discurso. No conformes con ésta, le hicieron redactar una segunda y hasta una tercera versión; las que tampoco fueron aceptadas. "Cuando muere la República -tacharon del escrito- muere el Instituto".

Una vez en la tribuna, ante los militares, las autoridades académicas y los cientos de alumnos y apoderados, Navarro tuvo que improvisar. Primero se excusó diciendo que los discursos que había preparado no eran del sentir de sus compañeros y que tampoco correspondían a la solemnidad del acto; luego dijo que su mensaje sólo pretendía proclamar generacionalmente que era un deber "volver a hacer grande lo que nunca debió dejar de serlo".

Miles de personas se levantaron simultáneamente. Y en medio del desconcierto de las autoridades de la dictadura, en plena Escuela Militar, se oyó el "y va a caer..., y va a caer" del Partido Institutano Opositor (PIO).


El Periodista S.A. Derechos Reservados
Presidente del Directorio: Eugenio González Astudillo - Director: Francisco Martorell - Editora General: Francisca Celedón
Dirección: Sótero del Río 541, oficina 519 Santiago de Chile.
Teléfono: (56 2)662 14 51-662 14 59 Fax: (52 2) 696 88 52.
director@elperiodista.cl