Año 2 N.33, marzo 31, 2003

Guerra EEUU - Irak

El ocaso de las Naciones Unidas

Los Estados Unidos han destruido las Naciones Unidas como organización internacional para la resolución pacífica de conflictos, pero no sólo por medio del genocidio en Irak. Los Estados Unidos no han estado solos, han contado con el apoyo de sus sátrapas de Gran Bretaña, España, Australia y algunas otras concubinas de América Central, así como por los hasta ahora respetables y civilizados regímenes de Dinamarca y Países Bajos.

Las tropas y las fuerzas aéreas y navales que lanzan las armas de destrucción masiva estaban basadas en su mayor parte en países árabes y musulmanes: Bahrain, Jordania, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Turquía. Regímenes venales, que, temerosos de sus propios pueblos, prefieren ser un feudo del Imperio. Los nuevos satélites de Estados Unidos en Europa Oriental -la República Checa, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia, Rumania- han sido cómplices conscientes y sus corruptos líderes han negociado la sangre iraquí por promesas de préstamos. Al evaluar la razón del fracaso de las Naciones Unidas para impedir el genocidio provocado por los Estados Unidos, su fracaso mayor, debemos darnos cuenta de que dicho genocidio ha sido el último golpe, no el primero.

Las primeras grietas en el edificio de las Naciones Unidas aparecieron con su tolerancia de las intervenciones militares unilaterales norteamericanas en Panamá y Granada, pequeños países marginales sin duda, en los que los EEUU sacaron en conclusión que podían invadir con total impunidad. De la primera guerra del Golfo, Washington concluyó que podía utilizar la máxima fuerza militar para subyugar a una nación y prolongar su sufrimiento como ejemplo para todo el mundo.

Los europeos, los japoneses y la mayor parte de los regímenes árabes dieron su aquiescencia y colaboraron decididamente, incitando a los señores de la guerra civiles estadounidenses y a los ideólogos de hoy a elaborar, ya a partir de 1992, documentos que describen la dominación mundial. El asalto norteamericano a Yugoslavia, la limpieza étnica realizada por los gángsteres albaneses promovida por el presidente Clinton -y apoyada por Bernard Kouchner, socialista francés, y Javier Solana, socialista español portavoz de la OTAN- reforzaron el convencimiento de Washington de su destino como muñidor de naciones clientes en Europa, a su imagen y semejanza. Luego llegó el momento de Afganistán, con sus bombardeos terroristas masivos, su intervención militar unilateral al margen de todo debate en los Estados Unidos o en la OTAN, aprobada por las potencias europeas y los regímenes musulmanes -una asamblea de jeques-playboys-, monarcas absolutistas, ex comunistas tratantes de blancas y elegantes diplomáticos de Europa Occidental.

A los ojos de Washington, la construcción del Imperio implica una división del trabajo: Estados Unidos interviene unilateralmente, nombra un nuevo régimen títere basado en una alianza de criminales, jefes de tribu y señores de la guerra de diferentes etnias, se apodera de los grandes contratos de reconstrucción en beneficio de sus transnacionales, y se hace con el control de todo tipo de recursos estratégicos o rutas de transporte, y a continuación solicita a Europa que envíe fuerzas militares de policía del nuevo régimen cliente, que limpie los restos del destrozo y financie la ayuda humanitaria.

El fracaso en impedir la intervención militar unilateral estadounidense en Irak tiene sus antecedentes en anteriores fracasos de la ONU y en el acomodo de Europa a la conquista imperial norteamericana. Consideraban que cada nueva conquista constituía un acontecimiento único que no iba a afectar a sus intereses. Si bien es cierto que los señores de la guerra civiles estadounidenses diseñaron y promovieron la doctrina de dominación mundial, el apaciguamiento, la indulgencia y la complicidad europea que condujeron a la invasión de Irak facilitaron la realización de ese sueño imperial.

Hasta el mismo día de la invasión norteamericana, los europeos y los inspectores de la ONU facilitaron la conquista de los hombres de Washington. Todos los miembros del Consejo de Seguridad estuvieron de acuerdo en que las armas defensivas de Irak constituían la principal amenaza a la paz mundial, y no la masiva y continua acumulación norteamericana de armas de destrucción masiva en Oriente Medio, sus declaraciones de intenciones de destrozar Irak, y su apoyo a la masacre de palestinos por parte de Israel.

Las Naciones Unidas desarmaron a Irak e ignoraron los preparativos militares estadounidenses. El jefe de inspectores, Hans Blix, insistió en forzar a Irak a destruir armas que eran claramente defensivas. Después del ataque, Blix mismo ha admitido que los EEUU nunca estuvieron interesados en las inspecciones, y que se sentían decepcionados cuando los iraquíes colaboraban con los inspectores, arrebatándoles así un pretexto para la invasión. Kofi Annan presidió el embargo de bienes esenciales para el pueblo iraquí e instó a los inspectores a identificar todos los centros de importancia militar estratégica de Irak. Toda esta información se transmitió a los miembros del Consejo de Seguridad, proporcionando con ello valiosos datos a los estrategas militares estadounidenses empeñados en una rápida conquista de Irak en unas pocas semanas.

Si bien la intención de las Naciones Unidas y la mayoría de miembros del Consejo de Seguridad puede haber sido la de cuestionar las tácticas imperiales de EEUU y promover soluciones diplomáticas, su promoción del desarme unilateral iraquí sólo consiguió enardecer a los más agresivos de entre los estrategas estadounidenses que elaboran las políticas de ese país, que estimaban que un Irak debilitado era un blanco más fácil, que provocaría menos bajas estadounidenses, y que ofrecería mayores oportunidades de despedazar el país en una serie de mini feudos dirigidos por un general de EEUU. La única vía verdadera hacia la paz pudo haber sido un plan de paz de la ONU que incluyera el desarme mutuo de armas de destrucción masiva en Oriente Medio. Pero en ninguna de sus sesiones se mencionó siquiera un plan de este tipo, por cuanto implicaba que los miembros del Consejo de Seguridad en la oposición realizasen una evaluación crítica de su pasado apoyo a las conquistas militares de EEUU.

En el último momento, la ONU se opuso al genocidio norteamericano, pero para entonces el genio ya se había escapado de la botella, se había permitido a Israel asesinar impunemente, y se había ignorado la lógica imperialista de guerra y dominación mundial.

¿Y ahora, qué? La comprensión más profunda y cabal de esta guerra estadounidense se halla en los millones de personas que se manifiestan en las calles, no en los pérfidos pasillos de unas impotentes Naciones Unidas. Las redes internacionales emergentes están creando unas nuevas ‘naciones unidas’ desde abajo, sin apaciguadores, cómplices y diplomáticos que debaten sobre la paz de los cementerios. Los cientos de millones de personas en todo el mundo que se vuelven hacia sus propios líderes: activistas sindicales, pacifistas, líderes religiosos progresistas y líderes comunitarios. Es decir, ciudadanos corrientes.

Algunos países están aprendiendo la lección de que la debilidad militar sólo es un incentivo para la agresión norteamericana. Irán, según los representantes de Israel en la Casa Blanca, Wolfowitz, Feith y Perle, es el nuevo blanco de una ‘guerra preventiva’. Esperemos que Irán y el resto del mundo aprendan la lección de Irak y el fracaso de las Naciones Unidas: la solidaridad internacional y la disuasión militar pueden elevar los costos de la guerra más allá de los cálculos de los mercaderes de guerras de Washington.


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