Año 2 N.34, abril 14, 2003
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Borges vuelve a Ginebra
(Por Juan Gasparini)Y con un acento grave en la «è» de su apellido, como reza el decreto del gobierno cantonal de Ginebra que bautiza una calle con su nombre, recogiendo una traducción fonética de “Borgès” al francés. Al margen del origen portugués del patronímico, el error ortográfico resalta el perfil universal del personaje.

La extrañeza añade otro ingrediente a los misterios sembrados por Borges en Ginebra, a donde viajó casi de incógnito a fines de 1985, sin despedirse de sus amigos y familiares de Buenos Aires, encontrando la muerte el sábado 14 de junio de 1986. En esos meses postreros Jorge Francisco Isidoro Luis Borges se casó por poder en Paraguay con su acompañante, María Kodama, un papelerío extravagante que inscribe un par de datos inexactos. A su vez, mandó desalojar por procuración de su domicilio capitalino a Fani Uveda de Robledo, que se había ocupado de su madre y de él durante largos años e intentó hacerse suizo. En la andadura dejó las incógnitas de un sigiloso cambio de testamento y los rastros de su incalculable fortuna, cuya última huella remite a una cuenta suiza en el Banque Lombard-Odier de Ginebra. Entre tales trasiegos, Borges no dejó de revisar toda su obra, con el objeto de editarla en la prestigiosa colección del sello francés Gallimard, "La Pléïade", dictando al propio tiempo sus memorias literarias a su editor parisino, Jean Pierre Bernés, un testimonio todavía desconocido.

En el barrio Saint Jean de Ginebra, un tramo de la bucolica calle De-Mileant trocó sus placas por las de Borges el 2 de abril. El acto sucede al descubrimiento de una piedra recordatoria en ocasión del centésimo aniversario de su nacimiento en 1999. Se haya incrustada en la pared vecina al edificio de la Gran-Rue 28 del casco antiguo, donde el autor se extinguiera a sus casi 87 años, en la segunda planta de un apartamento alquilado por sus editores pocos días antes, satisfaciendo un pedido del genio moribundo.

Borges flanea en el laberinto de estos merecidos homenajes. Invita a sus lectores a recordar que en el prestigioso colegio Calvino de la ciudad cursó estudios secundarios, aprendiendo el francés, el latín y el alemán, pero resolviendo ser escritor en castellano, una decisión prodigiosa para un muchacho argentino que ya hablaba perfectamente el ingles. Había peregrinado a Ginebra siguiendo a su padre que buscaba sanarse de una ceguera hereditaria que el joven incubaba sin saberlo, quedando allí bloqueado por la primera guerra mundial del siglo pasado, entre abril de 1914 y junio de 1918. De aquella época guardó la cicatriz de una frustrante iniciación sexual y preservó tres amigos que lo precedieron en la muerte; un abogado comunista, un librero y un médico urólogo, todos hijos de inmigrantes como él.


Borges fue inhumado en Ginebra en una ceremonia concelebrada por un pastor protestante y un sacerdote católico, no obstante que era agnóstico. La petición para que tuviera una tumba en el Cementerio de Plainpalais, el "Panthéon" de Ginebra, fue una idea que partió de su médico de cabecera, porque el occiso no dejó instrucciones escritas u orales precisas. Su despedida quedó esculpida en el verso, aquel que trasunta la alegría respirada en esas serpenteantes callejuelas, convertidas por ejercicios intelectuales del hombre de letras en "una de sus diversas e intimas patrias"; Ginebra, en la que perduran "sus ayeres", reapropiada en el "decurso" de sus viajes, "la más propicia a la felicidad".

*Juan Gasparini, periodista, autor de "Borges, la posesión póstuma" (Foca, Madrid, 2000)

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