Año 2 N.34, abril 14, 2003
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Cuba turística
El 59 hizo la diferencia
Tomarse un mojito, visitar el museo o la catedral, caminar por La Habana Vieja y recorrer el malecón, de tarde, cuando la marea pareciera enfurecerse con los cubanos y golpea con fuerza los contornos de la isla, son imágenes imperdibles, llenas de gracia, que acompañan durante el resto de su vida a quien, desde cualquier parte del mundo, decide viajar a Cuba de vacaciones. Conocer el Havana Tenis Club, donde antes no podían entrar negros y ahora lo administra la Unión de Juventudes Comunistas, hace la diferencia.

En Cuba a un médico, cuando es petulante o "sobrado", le dicen que se cree el portero del Melia. Ello porque el salario del galeno apenas alcanza los 20 dólares y el del hombre que abre y cierra las puertas de los turistas que se hospedan en la cadena hotelera española, cada vez que lo hace, recibe un billete verde.

Vivir de uno de los casi 2 millones de extranjeros que llegan cada año a la Isla, cuando la divisa norteamericana manda en el mercado, es una necesidad. Y los cubanos, desde que se liberalizó el uso de los dólares, se han ingeniado para conseguirlos a como dé lugar. Eso, tal vez, es lo que más molesta a quien visita Cuba.


Pero, más allá de ese enjambre de personas que suele acercarse al turista, preguntando si es español, para luego ofrecerle una boutique clásica del mercado negro: tabaco, ron, chicas, la Isla hierve por todos lados, ofreciendo lo mejor de sí para la búsqueda de una combinación perfecta: clima cálido, playas hermosas y aguas tibias, palmeras, relato colonial y una construcción ad hoc, con el agregado que sus últimos 40 años de historia, desde el 1 de enero de 1959 en adelante, son la añadidura perfecta para que el destino no se confunda con República Dominicana o Costa Rica. Y ello se nota. No sólo porque las frases revolucionarias y las ideas de Martí, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro o el Che, están escritas por doquier, sino porque el trato es distinto. No hay sumisión. El o la cubana tienen opinión y la expresan, donde sea, incluso cuando ella no es solicitada. No forman parte del paisaje. Lo son.

El cubano es apasionado: es imperdible una disputa entre ellos sobre el juego de Pelota (béisbol) y la manera en que discuten si Pacheco es mejor que Germán Meza o Javier Méndez, el ídolo de los Industriales (el equipo de la capital) es o no "una vieja". O la forma, candenciosa, que tienen de comenzar una conversación, para luego entrar en detalles históricos que saben interesan al turista. Hablan de política, critican al gobierno o lo elogian.

La Habana, por ello, no es para hacer un citytour y luego volver a bañarse a la piscina del hotel. Es para caminarla e ingresar en ella. Conocer, por ejemplo, que lo que fue el Havana Tenis Club, donde no dejaban entrar negros ni pobres, ahora es el lugar en el que se festejan los 15 años de las niñas del barrio y que está regenteado por la Unión de Juventudes Comunistas. No importa si es negra o blanca, si tiene o no divisas, simplemente que por cumplir 15 años tiene derecho a bailar su vals bajo una de las tres enormes lámparas araña que todavía cuelgan del techo, igual que hace 41 años cuando ni el propio dictador Fulgencio Batista podía ingresar porque su color desentonaba con la palidez de la clase alta cubana.

Es que lo que pertenecía a la clase adinerada ahora es de todos y si ello se nota. Como también el hecho de que las casas de los ricos hasta el 59 ahora son inmensas mansiones vacías, en su gran mayoría, ocupadas para visitas protocolares o arrendadas a muy buen precio a diplomáticos o empresarios extranjeros que hacen sus negocios en Cuba. Resulta fundamental, entonces, recorrer la Quinta Avenida, mirar las fachadas de las casas y pasearse luego por la zona que rodea el Palacio de las Convenciones, donde los jardines y la exuberante vegetación, muestran una Cuba que ya no es, pero que vive allí mismo. Como El Capitolio, la imponente y horrible embajada de Moscú o la gran cantidad de autos de los años 40 y 50, todos ellos americanos, que conviven con sus patentes amarillas y prohibición de ser vendidos, con los carros de los turistas que deben llenar sus estanques con una gasolina que bordea el dólar, es decir casi 730 pesos chilenos. Ahí no hay diferencia entre turistas o cubanos. Como tampoco la hay en los taxis para turistas, que deben pagarse en dólares, pero que también lo pueden tomar los cubanos si es que no quieren viajar en un auto más viejo y menos seguro.

Camino a Varadero, pasando por Matanzas y luego de ver la convivencia entre los pozos petroleros, ubicados al lado del camino, con enormes fabricas construidas por ingenieros de la ex URSS hace décadas, la historia da paso al turismo común.

Sólo la mención de Lucho Gática, ídolo desde hace seis décadas porque la TV cubana le sacó provecho en los 50 cuando incluso era contratado para que cantara en el día de las madres y una vez, al estilo don Francisco, le llevaron a la suya sin que lo supiera, rompe un poco la monotonía de un viaje que, con más tiempo, podría ser a Pinar del Río o Santiago de Cuba, ciudades con personalidad.

Varadero es un balneario, que hasta los 50, era propiedad del multimillonario norteamericano de origen francés Irénee Dupont de Nemours, hombre de imperio químico que compró 180 hectáreas en Cuba e instaló su mansión en un peñón con vista al mar y que tras la revolución se convirtió en restaurante para recibir a la rusa Valentina Tereskova. Según los relatos cubanos Dupont sólo visitaba su casa de cuatro plantas con 11 cuartos y otros tantos baños, además de tres terrazas, siete balcones y embarcadero privado, una vez al año y dejaba entrar al lugar, era dueño de 8 kilómetros de playas, sólo a sus amigos más íntimos. Al igual que en el Havana Tenis Club, Batista nunca pudo bañarse en las aguas que controlaba el norteamericano ni asolearse en sus arenas.

Varadero, prácticamente, no tiene casas sino grandes hoteles, uno al lado del otro y no se ven muchos lugareños. La vida del turista, salvo tres o cuatro sitios, se hace al interior de las lujosas edificaciones que españoles e italianos han construido en el lugar. Estas limitaciones, sin embargo, quedan de lado al pisar las blancas arenas de una playa que pareciera no terminar y cuando el agua, cuya tibieza es justa, moja la humanidad de aquel que busca el paraíso con la planta de sus pies.

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