Año 2 N.34, abril 14, 2003
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Homenaje a Raquel Espinosa, madre de Miguel Enríquez
Madre coraje
( Escribe Lucía Sepúlveda )La noticia de la muerte de la madre de Miguel Enríquez removió los sentimientos de chilenos a lo largo del país y del mundo, porque la señora Raquel tuvo mucho que ver con las luchas y las esperanzas de más de una generación de compatriotas que -como ocurrió con su propia familia- hoy viven dentro y fuera de Chile.

Doña Raquel Espinosa Townsend, casi nonagenaria, falleció en Santiago el viernes 3 de abril, en la casa de reposo "El Amor de Dios", a treinta años del golpe militar que marcó la vida de la familia Enríquez Espinosa con la impronta del dolor. Sus hijos Miguel y Edgardo, fundadores y dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, cayeron tempranamente en la lucha contra la dictadura. Raquel fue la esposa del destacado académico don Edgardo Enríquez, ministro de Educación del gobierno de Salvador Allende, ex rector de la Universidad de Concepción, radical y masón. Coronas rojinegras de Familiares, Amigos y Compañeros de Miristas Caídos, y un lienzo de la organización HIJOS, flanquearon la tumba de la madre de los Enríquez en el Cementerio General.


Uno de los últimos gestos públicos de esa mujer digna que nunca dejó de luchar, fue concurrir a los Tribunales el 29 de Marzo de 2001, a ratificar su firma en la querella por genocidio contra el MIR interpuesta por Familiares, Amigos y Compañeros de Miristas Caídos. El movimiento de derechos humanos siempre contó con su valerosa participación en los actos en demanda de verdad y justicia, en especial aquellos realizados en el Parque por la Paz, ex Villa Grimaldi. Rendía también tributo a la amistad, y el día de su partida sus amigas iban a ir a buscarla para tomar el té.

La vida de Raquel Espinosa Townsend estuvo marcada por grandes dolores, que comenzaron luego del golpe con el encarcelamiento de su marido en Isla Dawson. Ella logró a través de múltiples gestiones realizadas a nivel internacional, la liberación de éste. Sin embargo, sufrirá luego la desaparición de su ex yerno Bautista von Schowen, a quien consideraba como un hijo más. En su propio departamento, junto a don Edgardo que permanecía en arresto domiciliario, y acompañada solo de Laurita Allende, debió velar a su hijo Miguel el 5 de octubre de 1975. Al sepultarlo, ella tuvo el coraje de hablar y denunciar a los asesinos: "Hijo, tú no has muerto, vives en el corazón del pueblo, en nosotros". Poco después vino la desaparición en Argentina de su hijo Edgardo, miembro de la Comisión Política del MIR. A esos desgarros hay que sumar el fallecimiento por meningitis de Edgardito, su segundo nieto, hijo de Edgardo; y del hijo de Miguel y Carmen Castillo, al poco tiempo de nacer, en París, producto de secuelas del combate en que cayó Miguel Enríquez.

En 1976, la señora Raquel y don Edgardo debieron exiliarse, permaneciendo primero en Inglaterra y luego en México por casi catorce años. En México, don Edgardo fue profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma. Su sabiduría y bondad lo convirtieron en uno de los profesores de tesis con más alumnos en la historia de esa Facultad.

El y "Raquelita", como la llamaba don Edgardo, "fueron invitados por el gobierno cubano a la inauguración del Hospital Miguel Enríquez Espinoza, de La Habana, y allí doña Raquel escuchó a su marido explicar cómo nació el compromiso de Miguel con los pobres y cómo se transmitían los valores de la familia. Don Edgardo contó que en Concepción ellos vivían al lado de una toma de terrenos, y Miguel (niño) muchas veces no lograba conciliar el sueño pensando en el frío que estarían pasando, en ese crudo invierno, los niños del campamento. Las respuestas de doña Raquel ante ese pequeño desvelado, tuvieron sin duda mucho que ver con la opción revolucionaria de sus hijos.

El matrimonio Enríquez Espinosa retornó a Chile el 7 de enero de 1989, pero sus hijos, nueras y nietos permanecieron repartidos por el mundo. El 5 de octubre de 1991, doña Raquel y don Edgardo estuvieron por primera vez frente a la casa de calle Santa Fe, en la comuna de San Miguel, cuando Javiera y Marco impulsaron un homenaje recordatorio en el lugar donde cayó combatiendo su padre, Miguel Enríquez.

Raquel conoció a don Edgardo en 1932, mientras ella estudiaba Derecho en la Universidad de Concepción. En sus memorias, él la describe como era el día en que se conocieron: "de grandes y expresivos ojos de color café claro, hermoso cabello castaño y ondulado, cutis fresco de lindos colores, bella, agradable y de natural sonrisa, buenamoza y con linda figura...". Se casaron en 1939 y tuvieron 4 hijos: Marcos, Miguel, Edgardo e Inés que crecieron en Concepción, en un hogar abierto a la discusión y a la amistad. En el Cementerio General, Andrés Pascal Allende, ex Secretario General del MIR, recordó la acogida que brindaba Raquel a los amigos de sus hijos, y trazó un retrato en que la describe como una gran señora, una mujer elegante, con mucho sentido del humor, un estilo incisivo y una personalidad en que las palabras no sobraban, eran pocas y precisas. Sostuvo Pascal que si bien los grandes hombres surgen al calor de una época y condiciones políticas determinadas, también es central la formación recibida del hogar. Destacó que siempre se habla del padre, pero aquí sin duda, la madre fue decisiva en cuanto a la formación de un carácter con la consecuencia, generosidad y entrega que mostraron Miguel y Edgardo Enríquez como dirigentes políticos.


Fue su nieto Marco, el hijo de Miguel y Manuela, quien llamó a despedir a la abuela sin tristeza, porque ella misma le comentó muchas veces que ya quería irse ....Recordó que ella se deleitaba nombrando a cada uno de sus nietos, y así se fue deteniendo en Javiera, la hija de Miguel y Alejandra; en José Miguel y Ernesto (ambos médicos, en Chile y Cuba), hijos de Edgardo y Grete; en Pablo y Valentina, hijas de Inés (en México); en Germaine, que vivió junto a su abuela dos años, mientras estudiaba canto lírico; y Paulina (hijas de Marcos, en Francia). Pero además de su propia familia, don Edgardo y doña Raquel tuvieron otra familia verdaderamente extendida, que estuvo en Recoleta ese día, y cuya generación más joven estuvo representada por Anselmo Cancino, de la organización HIJOS, que nuclea a los hijos de los caídos. El afirmó que ese colectivo tiene mucho cariño y respeto por la historia de los padres, y por eso estaban allí.

El libro de condolencias refleja el impacto de la vida altamente significativa de esta madre. Por correo electrónico, a través de la red "Charquicán" que vincula a miristas de todo el mundo, llegaron mensajes a la familia desde regiones y también desde Costa Rica, Nicaragua, Canadá, Perú (en la cárcel), Estados Unidos, Suecia, Portugal, Alemania, Gran Bretaña y Australia.

Al final de una de esas páginas puede leerse lo que todos ellos quisieron expresar ese día rompiendo la barrera de la distancia: "Gracias Raquel por los hijos que nos diste, por tu fuerza y tu alegría, por mantenerte siempre al lado de nuestro pueblo venciendo el dolor y el miedo que a otros paraliza. Eras quizás la parte más invisible de una familia que dio frutos generosos que seguirán germinando en nuestro recuerdo, el de nuestros hijos y las nuevas generaciones".

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