Año 2 N.34, abril 14, 2003

Crítica literaria

Poeta, político y radical

“Y es que no se puede repasar la vida de una figura como Barrenechea, sin hacer de paso historia de la cultura y la política criollas”

Es común que los biógrafos caigan seducidos a los pies de sus personajes, que simpaticen con sus triunfos y lloren sus tragedias. Esto tiene regularmente una consecuencia que molesta al lector: la escritura suele acusar un tono épico, y el volumen más que una biografía se vuelve el relato de una vida de santo. Algo de esto tiene el libro que Miguel Laborde ha escrito sobre Julio Barrenechea. En este caso, sin embargo, toda esa simpatía manifiesta por el personaje queda en segundo plano frente al singular recorrido histórico que el libro ofrece por buena parte del siglo veinte chileno. Y es que no se puede repasar la vida de una figura como Barrenechea -poeta y político, con vocación de protagonista más que de testigo- sin hacer de paso historia de la cultura y la política criollas.

Las primeras décadas del siglo veinte chileno son prodigiosas en el surgimiento de un tipo de intelectual de mezcla conocida: poeta, político y radical. En medio de una oligarquía conservadora enquistada en el poder, se abre paso una generación de jóvenes universitarios de tono bohemio y aspiraciones revolucionarias. Herederos directos del ideario progresista de una serie de hombre notables (Valentín Letelier, Darío Salas, Luis Orrego Luco, Benjamín Vicuña Subercaseux), son un grupo de adolescentes cuando en 1920 Arturo Alessandri Palma llega al gobierno abriendo por vez primera las puertas del poder a los intelectuales y a la clase media; lamentarán luego el perfil totalitario de Ibáñez del Campo, desde la universidad se harán sus más férreos opositores y sufrirán por eso penas de extrañamiento; entrada la década del treinta se convertirán en los protagonistas definitivos de la escena política: punto culminante será el ascenso en 1938 del radical -y ex ministro del Interior de Alessandri- Pedro Aguirre Cerda a la Presidencia de la República. Uno de los líderes de esa generación fue Julio Barrenechea.


Formado intelectualmente en la conversación de sobremesa que su padre -Julio César Barrenechea, otro líder radical- sostenía con personajes como Federico Gana, Víctor Domingo Silva y Samuel Lillo, el joven poeta irá asimilando las ideas positivistas de progreso y bien social. Se destacará tempranamente como cabecilla político y gran orador. En 1931, con veintiún años y como estudiante de derecho en la Universidad de Chile, Barrenechea se dará a la tarea de reconstruir una FECH desintegrada por la dictadura de Ibáñez. Hizo ruido y movilizó a los estudiantes en un momento en que la dictadura escondía bajo la alfombra una estela oscura de asesinatos, torturas y exilios. No dudaron en enviarlo relegado al norte.

Ese año publicó en Santiago y en ausencia su primer libro de poemas, "El mitin de las mariposas", gracias a las gestiones de su amigo Oscar Waiss (quien llegaría a ser director del diario La Nación en el gobierno de Salvador Allende). Una vez vuelto del destierro que lo tenía confinado en La Serena, Barrenechea insistió en reorganizar a los estudiantes en contra de Ibáñez. A los jóvenes dirigentes de la Universidad de Chile, Manuel Antonio Garretón e Ignacio Palma Vicuña, se sumaron los de la Universidad Católica, Rafael Agustín Gumucio, Eduardo Frei Montalva y Bernardo Leighton, formando de esa manera un grupo dirigente clave en la historia del movimiento estudiantil. Tras días de huelgas y caos generalizado, de asesinados y heridos en las calles, la caída de Carlos Ibáñez del Campo es un hecho. La algarabía es total. Días después, el poeta Barrenechea aparece en los balcones de La Moneda acompañando a Juan Esteban Montero, ex ministro radical, quien se pondrá a la cabeza del gobierno.

De ahí adelante, Julio Barrenechea aparece permanentemente ocupando puestos de poder político. Pudo haber llegado a ser Presidente, postula Laborde, pero eso le hubiera exigido abandonar su pasión por la cultura para concentrarse en la actividad política. Muy por el contrario, hizo de su ocupación contingente una plataforma para el desarrollo de iniciativas culturales. Elegido diputado por Cautín en el tercer gobierno de Alessandri Palma, Barrenechea justificó su paso por la Cámara promoviendo iniciativas como la creación de la Orquesta Sinfónica Nacional. Posteriormente iniciaría su carrera diplomática, primero como embajador en Colombia (1945-1952) y luego en India (1965-1971) donde trabó amistad con Octavio Paz, a la sazón embajador de México en ese país.

Aunque la biografía que escribe Laborde está profusamente intervenida por fragmentos de la poesía de Barrenechea, es difícil encontrarse con el poeta. Las citas aparecen aquí en función de un relato de vida, leídas únicamente como testimonio de la experiencia, y muchas veces precedidas de un comentario muy básico de interpretación.

Con todo, esta biografía es fundamental para comprender a un hombre que tuvo la suerte de nacer con la gracia de la palabra en una época de grandes oradores, y que se las arregló para -una vez muerto- seguir llamando la atención del público. Su lápida reza: "Aquí estoy contra mi voluntad".

Contra mi voluntad. Biografía de Julio Barrenechea
Miguel Laborde
RIL editores, 372 páginas.

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