Año 2 N.34, abril 14, 2003

Y otros eventos de la semana cultural del imperio

Altazor, unos premios que puede producir escozor...

La noche de los premios en un teatro sin revestimiento ni butacas como el Matucana 100, precedido de las elegantes galas del Municipal fue como caer de la belle epoque al crash de los años 30. O del clima de paz del 2000 al de guerra sangrienta e implacable del 2003 que tiene a medio mundo en malas fibras.

Cuando llegamos el lunes siete tipin ocho y media, en una micro Catedral hasta la Quinta; nos encontramos de sopetón con un Joaquín Eyzaguirre acompañado de su preciosa hija, Francisca escote siglo XVI, comentando a toda voz el cumpleaños 75 de Delfina Guzmán, la autora de sus días, celebrado dos días antes en casa del ex ministro de Frei y hermano de la comadre, José Florencio. Joaquín estaba tan eufórico, como deprimido dos horas más tarde cuando Mampato le ganó a su excelente "Tres noches de un sábado".

Realmente la ex gran amiga de Nissim Sharim ("Sí huevón", me dijo Joaquín en una oportunidad, contestando a la pregunta obvia, "todo el mundo lo sabía") esta regia al llegar al tercer cuarto de su existencia.

Si pudo llegar así de estupenda a esa edad, ojalá la siga en esos pasos doña Luisa Durán, a quien, ya me lo aseguran realmente, le lloverá sobre mojado desde el interior y exterior de la Concertación, si es que existe, a partir de marzo del 2006. Todo lo dicho, rumoreado y denunciado hasta el momento, es poco.

La esposa del Presidente llegó cuando estaba a punto de comenzar el espectáculo clase "A" de la velada, o sea el que fue en directo y no aquel, categoría "B" con extractos para la galucha que antecedió el programa de TVN.

Orillada por Silvio Caiozzi, Luis Advis y José Balmes (cada vez más parecido al fotógrafo George Munro), cuyas caras como de ser los dueños de la cultura en Chile, daban a entender -ojalá me equivoque-, que casi estaban al borde del orgasmo del rol de edecanes de la primera dama

Novedades hubo pocas, la única la constituyó el enterarme que Paulina Urrutia es hombre. ¡La cara que debe de haber puesto su chevalier servant Augusto Góngora! El locutor -animador- anunció: Y ahora el premio al mejor actor: ¡Paulina Urrutia! Su colega de "Desalmados", Lucho Gnecco, subió al escenario a recibir el Altazor. ¿Raro no? Pero el ex alumno de la Escuela de Teatro de Fernando González ni se amilanó. Total, está acostumbrado a las humoradas de la vida.

Lo más ruin de la noche fue el homenaje a Andrés Pérez en presencia de doña Luisa que poco hizo para que el destacado discípulo de la Ariane Moushkine de la Cartoucherie de Vincennes pudiera administrar el recinto. En cambio, cedió el lugar a Daniel Ottone, quizás el personaje más detestado por el mundo cultural sin acceso a palacio. Ahora vamos a nuestros propios premios Escozor.

Después de un cóctel de excelente factura culinaria pero pésimo en los líquidos, el único mal llamado jugo disponible fue un almíbar amarillento confundible con el ponche en culén, comenzó el programa iniciado por Tati Penna. Mi colega del APES, el ex rey de la noche porteña Fernando Valenzuela comenta: "Argentina Arze fue mejor", en referencia a una basquetbolista porteña de los años cuarenta que jamás grabó un disco, pero que según el antiguo DJ y ahora redactor de Tiempos de Mundo, supera a la periodista cantante o cantante periodista. Extraño, la otra era basquetbolista cantante-cantante basquetbolista.

Los que ya no se supieron premiados partieron en ese momento dejando la platea semi vacía. La Patricia Larraín muy de blanco esperaba a alguien en la única van de Chilevisión. Otros "piérdete una" como Marco Antonio de la Parra y Carla Guelfenbein, metían conversa a todos.

Artistas e intelectuales se nominan, se distinguen, se aman y se odian, con la expresión cheese estampada en sus estereotipados rostros. Pero esta vez, prevaleció el mensaje anti guerra y por eso, es imposible ser más cruel con los Altazor.

Pero la vida cultural no terminó el lunes. El jueves, Elizabeth Subercaseaux lanzó su Opus 4 en el Squadritto de la calle Rosal. En la galería Animal, también hubo dos actividades paralelas.

Al llegar, como siempre, adelantado a las vernisage del Barrio Intermedio (el Alto ya es del Cantagallo para arriba), he presenciado las disputas, a veces a viva voz, entre los expositores y los encargados de promover el vino que se servirá durante lo que se supone es lo más importante de la velada: la muestra de la obra de arte. Los patrocinadores insisten en ubicar sus stands con promotoras a la entrada, lo que desde el punto de vista del pintor o fotógrafo es una barbaridad. Los dueños de la galería permanecen impávidos pues no quieren perder artista ni proveedor de trago y picoteo gratis. Porque no sólo publicitan el vino, sino además el maní y los chocolatines que algunas habitúes esconden con hipócrita disimulo en sus carteras para luego devorar una pasta derretida que mezcla lo salado con lo dulce y lo podrido en el coche que las conduce raudamente a sus casas.


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