Año 2 N.36, mayo 12, 2003
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Comentario Literario
De mal en peor
(Por M.A. Coloma)"El problema fundamental de Véjar es su falta de criterio. Podrá defenderse con algo de certeza el argumento que dice que toda antología es arbitraria y que es difícil, por esa misma razón, dejar contento a todo el mundo".

Es común que una segunda edición, en especial cuando se trata del libro de un investigador o recopilador, destaque en portada y con grandes letras esa frase que siempre lleva el tono de una excusa y el sentido de una promesa: "edición corregida, actualizada y aumentada". Regularmente el volumen cumple lo prometido y el lector se siente satisfecho porque en definitiva ha recibido algo más. Ahora bien, puesta como está, la mentada frase digo, en la segunda edición de la "Antología de la poesía joven chilena" de Francisco Véjar, resulta apenas un gancho tan insustancial como engañoso. Las razones las comento más abajo. Hablemos en primer lugar de la antología como tal.

La publicación de una muestra de la poesía más reciente siempre es una iniciativa loable. Sobre todo porque el género tiene hoy, más que nunca, una circulación muy menor en comparación con la narrativa o el ensayo. Además, se trata en este caso de poetas que recién publican su primer o segundo libro, generalmente editados por sellos de escasa circulación, y todavía más escasa recepción crítica. En este sentido, la apuesta de la editorial Universitaria por publicar en 1999 la "Antología de la poesía joven chilena" de Véjar -ahora reeditada- es un aporte a la difusión y al conocimiento de esta producción poética reciente. Ahora bien, el intento no es nuevo ni es el único. Siete años antes de la aparición de esta antología, Oscar Galindo y Luis Ernesto Cárcamo publicaban "Ciudad poética post. Diez poetas jóvenes chilenos", con el auspicio del Instituto Nacional de la Juventud. Un intento posterior, aunque acotado a la poesía del sur de Chile y publicado en Valdivia el año 94, es el de Jorge Velásquez y Bernardo Colipán con "Zonas de emergencias". Más tarde, Máximo González dio a conocer la "Antología de las literaturas emergentes", editada por Lom en 1998. Puestas en perspectiva, todas estas antologías tuvieron sus virtudes y sus defectos: unas se inclinaron por reunir a los poetas que tenían más a mano pecando de una excesiva parcialidad, otras apostaron por incorporar textos críticos que legitimaran la selección. La de Véjar no escapa a esta regla. La virtud que tiene es la mencionada arriba: ser una vitrina de parte de lo último que circula en poesía chilena joven. Sus defectos no son menores.


El problema fundamental de Véjar es su falta de criterio. Podrá defenderse con algo de certeza el argumento que dice que toda antología es arbitraria y que es difícil, por esa misma razón, dejar contento a todo el mundo. Pero no es menos cierto que todo proyecto antológico supone una voluntad de selección, y que lo mínimo que el lector espera es que esa voluntad tenga razones convincentes, claras y explícitas para, al menos, intentar defender y legitimar lo que muestra. Para eso, entre otras cosas, existen los prólogos. Y el que escribe Véjar para esta antología tiene la particularidad de despachar el asunto con una ambigüedad desoladora: se trata (lo dice en la única frase que destina a exhibir algún vago criterio) de "una selección estricta y cuidadosa de poetas jóvenes". Pero lo único que deja en claro esa afirmación es que aquí no vamos a encontrar "poetas viejos". Y eso, claro está, no es un criterio que valga un análisis. Todos sabemos más o menos qué significa eso de "poetas jóvenes", pero de qué hablamos cuando hablamos de "poetas jóvenes". Y más aun, cuáles son los argumentos que defienden esa rigurosidad y cuidado asumido en la selección. Ni leyendo tres veces el prólogo uno encuentra respuestas.

No obstante, el lector curioso puede hacer el esfuerzo de seguir algunas pistas, en especial a partir de los datos biográficos de los propios convocados. Según eso, "poetas jóvenes" parece ser equivalente a decir poetas nacidos entre los años 1964 y 1975. Ahora bien, suponiendo que ese fue el criterio de Véjar, por qué razón no aparecen aquí poetas que caben por fecha de nacimiento en ese arco cronológico, que han tenido una permanencia sostenida en el escenario de la poesía joven de los años noventa, y que incluso han sido incluidos en antologías continentales de poesía joven (una cuestión que por supuesto no habla a priori de su calidad, pero que no es un dato menor) como Nadia Prado (1966), Malú Urriola (1967) y Sergio Madrid (1967). Sin contar, por otra parte, a poetas más jóvenes (como Damsi Figueroa, Piero Montebruno y Carlos Baier) que no tienen mucho que envidiarle a cualquiera de los antologados.

Pero más allá de la cuestión relativa a los años de nacimiento (que es además un criterio que hace tiempo suena a obsoleto) uno cabría esperar cierta reflexión en torno a las formaciones culturales (en el sentido de Raymond Williams) a la hora de diseñar una selección como ésta. Sin poder detenerme en este tema por razones de espacio, sólo diré que me parece extraño ver incluido un poeta como Jesús Sepúlveda, que si bien cabe en el arco cronológico supuesto como criterio, pertenece a un grupo de poetas que aparece en escena a fines de los ochenta con un perfil de formación muy definida, y que el mismo Sepúlveda bautizó como "generación post 87". Del resto de esos poetas (Parra, Valenzuela y Díaz) aquí no hay rastros.

¿EDICION CORREGIDA Y AUMENTADA?

Para una segunda edición era de esperar que todas estas faltas se corrigieran, empezando por una portada absolutamente fuera de lugar (que sólo tiene una función decorativa en el contexto de una colección, pero que nada dice, en este caso, del contenido del libro), y siguiendo con la sarta de errores tipográficos y ortográficos (uno que se repite es el del verbo haber, en frases como "a publicado", "a recibido") que en cualquier libro son condenables pero que en uno dedicado a la poesía resulta desastroso. Nada de eso, cuya responsabilidad recae en la editorial, fue corregido. Bien, podemos obviarlo, nadie leyó las galeras. Pero en lo que respecta a la selección de los poetas que aparecen en esta segunda edición la cosa adquiere ya un tono circense, porque lo que hizo Véjar no fue aumentar (como para refrendar sanamente los errores cometidos en un principio) sino reemplazar. Eliminó de un plumazo a los poetas Matías Ayala, Santiago Barcaza, Juan Herrera, Cristóbal Joannon y Samuel Soto, sin mediar criterio y sin un juicio crítico que justificara esa elisión, y los reemplazó -en ese orden y ocupando los mismos casilleros alfabéticos en el índice- por David Bustos, Bernardo Chandía, Cristián Formoso, Mario Meléndez y Marcelo Rioseco. Ahora bien, en algo podríamos haber comprendido esa decisión si leyendo y conociendo a estos nuevos poetas hubiéramos caído en la cuenta de que son mejores en el oficio, pero convengamos que ni Chandía, ni Formoso, ni Meléndez aportan novedad a la antología, y que su trabajo está muy por debajo de la poesía, por ejemplo, de Juan Herrera (que además era el único penquista en la selección original).

¿EDICION ACTUALIZADA?

Cabe mencionar también que el intento de actualizar la antología no pasó de ser eso, un intento. La segunda edición, por ejemplo, no incluye un nuevo prólogo, por supuesto esperable, primero para recoger las críticas que la antología tuvo en 1999; segundo, para defender los cambios efectuados; y tercero, porque en definitiva tres o cuatro años no pasan en vano, y es de suponer que en ese tiempo en algo se reconfigura la escena que se desea cartografiar. Un dato anecdótico en este sentido, es el hecho de que sólo una parte de los poetas aparecen con sus datos biográficos actualizados. Si le hacemos caso a Véjar, ni Alejandra del Río ha publicado "Escrito en Braille", ni Kurt Folch su poemario "Thera", por poner dos ejemplos.

Con todo lo dicho, la conclusión es redonda: Véjar siguió pecando en esta segunda edición de una falta abrumadora de rigurosidad y criterio, y la antología en definitiva devino de mala en peor.

"Antología de la poesía joven chilena"
Francisco Véjar
Universitaria, 2ª edición, 166 páginas.
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