Año 2 N.36, mayo 12, 2003
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La hora 25
Sólo por Edward Norton
(Por Leonardo Navarro)Se estrena La hora 25, último trabajo de Spike Lee, donde se reúne con Edward Norton, ese monstruo de la actuación que es capaz de hacer interesante al más insípido de los filmes. No es este el caso, pero definitivamente él es el mayor atractivo para meterse al cine a ver esta historia sobre el último día de libertad de un traficante.


Spike Lee nos acostumbró a un cine negro -no de género, sino de color; afroamericano, que le dicen ahora los políticamente correctos - combativo, peleón, de esos que sacan ronchas después de haberlo visto y donde uno quisiera cambiarse el tono de piel y poder tener ese swing, el talento para rimar y la actitud de sus personajes. Porque el cine de este director apenas encumbrado en los 40 años tenía como característica esa cualidad o defecto, según los ojos que vean, de denunciar la situación de su gente hoy, ayer y siempre. Ya fuese la rabia de una tarde de inmenso calor -Haz lo correcto - o la hagiografía de un luchador por los derechos civiles - Malcolm X- o el simple y puro amor interracial -Fiebre de selva-, denostado por blancos y negros por igual. Y eso sólo para nombrar los puntos más brillantes de la carrera de este cineasta.

Spike Lee es y ha sido el más político de los cineastas norteamericanos que se han podido ver por estos pagos, mucha más de lo que lo podrá ser jamás Oliver Stone, incluso. Porque Lee usa la cámara como un fusil para disparar desde su trinchera parapetada contra la discriminación que sigue presente, viva y coleando en los EEUU de hoy, esos que están unidos bajo un presidente conservador y amante de la política a lo John Wayne: dispara primero y pregunta después, total son indios -léase, no estadounidenses. La misma tierra de la libertad que sigue manteniendo ghettos en los que quedan confinados los ciudadanos de segunda categoría, todavía en gran número afroamericanos y ahora con un mayor y gentil aporte de la comunidad hispanoparlante que va a hacerse las américas, pero termina viviendo igual de mal que en sus países de origen, pero ahora insultando en inglés. Así se entiende la mencionada Fiebre de selva, donde el buen pasar de los protagonistas se contrastaba con los negros fumatas y traficantes que eran el entorno casi familiar de Denzel Washington (uno de los yonquis era el entonces infravalorado Samuel L. Jackson), el tipo que había salido de ese camino.


Así también se interpreta su decisión de hacer una película sobre Malcolm X -no, no era mutante-, la contrapartida combativa de Martín Luther King en los '60, impulsor de una nueva búsqueda de raíces en los negros de esos años, de un resurgimiento del mahometanismoy la inspiración para los Panteras Negras. Su cinta, otra vez con Washington en cabeza, era tan peleadora y polémica como el verdadero Malcolm, y a través de sus extensas tres horas nos hacía entender el porqué de esa era y de ese hombre.

EL OTRO LEE

El Lee de La hora 25 -nada que ver con la novela de Virgil Gheorghiu, que es harina de otro costal, sino que basada en la novela de David Benioff, autor también del guión - es otro, muy diferente incluso del que pudimos apreciar en El verano de Sam o He got game. La falta de defensa de los afroamericanos -y su escasa presencia incluso- son las grandes extrañezas que provocan en principio esta cinta. Y el resto sigue desconcertando: el protagonista no es wasp (blanco, anglo sajón, protestante), pero pasa raspando, porque es un descendiente de irlandeses que se dedicó al mejor negocio del mundo en Nueva York: el tráfico de drogas. Y esta cinta nos cuenta sus últimas 24 horas en libertad, porque a la mañana siguiente va a cumplir su condena de siete años en chirona.


Monty Brogan (Edward Norton) es un tipo que recién ha pasado los treinta y tiene un largo prontuario de tráfico, desde sus años de universidad, cuando fue expulsado por vender marihuana, hasta hoy, como vendedor de cocaína o heroína para la mafia rusa. En estos años, su mayor compañía ha sido Naturelle (Rosario Dawson), su joven y hermosa novia de origen portorriqueño, y su perro. Además de ellos, su gran apoyo son Frank (Barry Pepper), un trabajólico corredor de bolsa, sin tiempo para relaciones y que vive en un mundo de ventajas, desventajas y un análisis frío y cínico de la realidad, y Jakob (Philip Seymour Hoffman), un profesor de secundaria que está enamorado de una de sus alumnas y vive con un eterno complejo de culpa por ser hijo de ricos; ellos son sus amigos de infancia, los únicos que le han acompañado toda su vida y nunca lo han cuestionado... aún cuando debieron haberlo hecho hace muchos años. Su otro puntal es su padre (Brian Cox), un irlandés trabajador, viudo y dueño de un bar y que siempre ha apoyado a su muchacho.

En el día que le queda, Monty vive entre la angustia de no saber si puede confiar en su chica -los policías y el lacayo de los rusos que hacía de intermediario lo han hecho sospechar de ella-, en la incertidumbre de lo que le espera a él, un tipo blanco, joven y bien parecido en la cárcel, en la angustias de saber que va a estar encerrado mucho tiempo y cuando vuelva puede que ninguno de los que están ahora con él lo esperen de verdad a su regreso. Y detrás de todo, un plan para evitar lo peor de la prisión... o de evitarla para siempre.

Narrada en forma aparentemente lineal, Lee introduce varios raccontos sin advertir al espectador de ellos. Esto confunde al desprevenido, que debe armar la verdadera línea temporal de la cinta mientras la está viendo y colocar cada trozo del rompecabezas en su lugar dentro de las pocas posibilidades que brinda el director. Este, junto al final diluido y blando que desinfla lo bueno de "La hora 25", haciéndola una especie de Última tentación de Cristo en versión trafica, es el peor defecto de un trabajo que tiene como puntos a favor un buen manejo de personajes, actuaciones y diálogos, una acertada fotografía que no se engolosina en primeros planos a menos que sean necesarios y un guión que permite interesarse en un recorrido necesariamente fragmentario y carente de respuestas por un día en la vida de alguien ajeno.

Eso sí, se nota que pese a la artesanía de Spike y a su buen hacer con cualquier historia, esta es una cinta por encargo, un trabajo para ganarse un sueldo y financiar su próxima obra, con suerte no tan menor -ojo, la cinta no es mala, pero es lejos su obra más débil y poco representativa- y con mucha más fortuna, su obra maestra.

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