Año 2 N.36, mayo 12, 2003
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Guano, Salitre y Mar
El trasfondo de la Guerra del Pacífico
(Por Raúl Quiroga)En febrero de 1879, las jóvenes repúblicas sudamericanas del Pacífico: Bolivia, Chile y Perú, que apenas treinta años atrás se habían enfrentado en la llamada Guerra de la Confederación por el predominio comercial en las costas del Pacífico Occidental, iniciaron uno de los conflictos más largos, cruentos y costosos en la historia de América Latina, cuyas causas radicaban en las políticas emprendidas por los gobiernos de La Paz y Santiago sobre el territorio de Atacama, entonces bajo soberanía boliviana.


Corría el 14 de febrero de 1879 cuando luego de que el gobierno chileno hiciera oficial su declaración de guerra, las tropas nacionales desembarcaron en el puerto boliviano de Antofagasta, iniciando una ocupación militar que traería múltiples cambios sociales y geopolíticos inesperados hasta ese entonces en la región.

A 124 años de ese conflicto, muy pronto a conmemorarse un aniversario más del combate naval de Iquique, la historia de la denominada Guerra del Pacífico, ha sido hasta ahora radicalmente opuesta a la hora de escucharla en los distintos países que protagonizaron el conflicto.

Si bien Chile salió como el gran triunfador de aquella guerra, no es inoportuno recordar algunos hechos que hasta ahora no hemos conocido por medio de una historia-patria que sólo nos habla de héroes y batallas con las que, supuestamente, nuestro país hizo justicia. Pero ¿qué pasaría si dijésemos que Chile al ocupar militarmente el litoral boliviano no hacía sino seguir las fases de una política rigurosamente calculada por sus hombres públicos que no tenían otra intención que apoderarse de la región salitrera?, ¿Por qué no se nos habla de las múltiples matanzas injustificadas que el ejercito chileno propinó a una gran cantidad de niños y mujeres en Lima?, ¿acaso ni Perú ni Bolivia tuvieron héroes?

LAS CAUSAS DEL CONFLICTO

A principios de 1873 la expansión del crecimiento mundial y los cambios tecnológicos trajeron consigo un impacto directo de inversión externa en la costa boliviana, lo que determinó que por primera vez un gobierno altiplánico recibiera ofertas concretas de inversión, que implicaban concesiones de derechos y territorios a cambio de ingresos sin antecedentes en las alicaídas rentas del vecino país.


En este breve periodo -también- se ratificó un tratado secreto de defensa entre Bolivia y Perú que se había negociado un año antes, y que como la historia contará después, sería clave en el conflicto que se avecinaba.

Según la historiadora Verónica Valdivia si bien "el tratado secreto no cayó muy en gracia para el gobierno chileno, se transformó en una justificación válida para que el gobierno de turno aprovechase de disfrazar un conflicto netamente económico en algo de interés nacional. El conflicto en sí, fue visto como una verdadera oportunidad para generar recursos y dejar claro los límites fronterizos".

Ofendidos o no, lo cierto es que ya para fines de esa década la situación de muchos chilenos que vivían en la Antofagasta boliviana se vio enormemente afectada por la decisión del gobierno de Daza -atribulado por una espantosa sequía y una epidemia de peste que azotaron el vecino país y lo dejaron desabastecido-, de imponer un impuesto de 10 centavos por quintal de salitre exportado, lo que sin dudas fue el detonante del conflicto, pues si bien Chile apeló al tratado de 1874 que eximía a las empresas exportadoras de todo gravamen, no obtuvo respuesta positiva alguna por parte de los bolivianos. Para éstos últimos los "rotos" solo querían aprovecharse de las riquezas minerales. Para el historiador Luis Ortega, efectivamente, uno de las causas que hizo movilizar al gobierno de Santa María, fue el hecho de que gran parte del empresariado nacional, como Agustín Edwards y la casa Gibbs en Antofagasta, apoyaron constantemente la guerra". "Bajo un gobierno boliviano -asegura el docente- las condiciones nunca hubiesen sido las mismas para la pujante empresa nacional". Tal como consta en el escrito enviado por Cancillería chilena en el que se lee que "como la actitud que ha asumido el gobierno de Bolivia nos hace temer el desarrollo de sucesos desagradables, por lo cual el gobierno ha ordenado la inmediata salida para Antofagasta del blindado Blanco Encalada". Los vientos de guerra ya asomaban como la única solución posible. "Si el gobierno de Bolivia persistiera en la violación del tratado de 1874, habría llegado la oportunidad de acudir a nuestras naves para exigir que nuestros derechos sean respetados", concluía el documento que obtuvo rápidamente la siguiente respuesta: "mandado por mi gobierno a ocupar la Prefectura de este departamento sólo podré salir a la fuerza. Puede usted emplear ésta, que encontrará ciudadanos bolivianos desarmados, pero dispuestos al sacrificio y al martirio. No hay fuerzas con que contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consume la invasión armada", es decir, el mismo Prefecto, Severino Zapata, ya admitía que Bolivia no estaba en condiciones para una guerra.


Mientras Tanto, el Perú tampoco veía con buenos ojos un conflicto con Chile. A diferencia de lo que se enseña en las escuelas nacionales, el Perú intentó detener la guerra por diversos medios. Sin embargo, la decisión chilena era firme y el incásico país se vio forzado a honrar su compromiso de defensa mutua con Bolivia e ingresó a la guerra en condiciones de alistamiento realmente lamentables.

Según la propia información entregada por el ejército del Perú, éste "estaba bastante lejos de constituir un aparato militar eficiente, con mandos politizados y una oficialidad surgida al fragor de las revoluciones". Por otro lado, la tropa, mayoritariamente serrana, no se sentía totalmente identificada con el concepto de nación peruana y el equipamiento era dispar y en muchos casos obsoleto. Si bien, la Armada contaba con un cuerpo de oficiales profesional, los elevados costos de reposición habrían hecho que el Perú tuviera una flota anticuada, con unidades que habían llegado a un nivel de deterioro apreciable.

Chile, por su parte, desde principios de la década de 1870, había invertido considerables sumas en su ejército y armada, habiendo alcanzado un elevado grado de eficacia combativo en ambas ramas. Por otro lado, era claro que la estabilidad política, lograda desde 1830, había contribuido a consolidar un sentido profesional en sus fuerzas armadas que se veía reflejado en la permanencia de sus altos mandos. La armada chilena además contaba con dos blindados muy superiores a los peruanos, tanto en poder de fuego como en coraza, y la infantería había homogeneizado su armamento con los fusiles tipo Grass y Comblain, ambos con un mismo tipo de munición, es decir, estábamos mucho mejor dotados que nuestros dos rivales en conjunto a la hora de enfrentar el conflicto.

BATALLAS Y HEROES


Generalmente, las únicas batallas que los chilenos estudian son el Combate naval de Iquique, la batalla de Punta Gruesa y la matanza de la Concepción, en la que 77 nacionales, entre niños mujeres y soldados, fueron quemados cobardemente en una iglesia por más de 2 mil 500 indígenas provenientes de la Sierra del Perú.

Para muchos estaría de más saber de la existencia de otros héroes que no fueran Prat o Baquedano, quienes tienen su contraparte en valientes personajes como el peruano Bolognesi, que según se cuenta se tiró con su caballo desde el morro de Arica al ver el inminente triunfo chileno, o el boliviano Eduardo Abaroa, quien defendió con su vida el pequeño puente del río Topater en lo que hoy es Calama.

"La Guerra del Pacífico sirvió para generar lazos de reconocimiento para con la nación chilena, y el surgimiento de héroes nacionales de alguna u otra forma juega un papel trascendental en este caso; pues una vez sabido la gesta de Prat, el pueblo se unió más que nunca en la idea de `nación chilena'", opina el sociólogo Nino Bozzo de la Universidad de Santiago. Por ende, en el correr de la guerra las tropas chilenas se enfrentaron a diferentes adversidades que no sólo le propinaron múltiples bajas, sino que además permitieron que estos lamentables hechos sean hasta hoy vistos con buenos ojos por gran parte de nuestros vecinos, que mantienen como héroes, al igual que nosotros como en el caso de Prat, a aquellos personajes que dejaron su vida en el conflicto propinando por lo demás un buen número de chilenos muertos.

No obstante, aunque en los primeros meses del conflicto Chile no encontró una resistencia organizada, por lo que la región de Antofagasta fue literalmente "fácil" de reivindicar como territorio nacional, la verdadera hazaña, aparte de uno que otro héroe local, la constituyeron hombres como Arturo Prat, Patricio Lynch, y el peruano Miguel Grau, que como verdaderos caballeros de guerra que fueron supieron dejar bien puesto el nombre de sus países.

A diferencia de la actitud del presidente boliviano de ese entonces, Hilarión Daza. Este mantuvo en secreto la guerra para no afectar las celebraciones del carnaval en el altiplano y unas semanas antes había dirigió una carta privada a Severino Zapata que contenía elementos de juicio equivocados y demostraba el apresuramiento de su accionar con palabras como: "Tengo una buena noticia que darle. He fregado a los gringos y a los chilenos decretando la reivindicación de las salitreras y no podrán quitárnoslas por más que se esfuerce el mundo entero. Espero que si nos declaran la Guerra podamos contar con el apoyo del Perú".

Según el historiador Luis Ortega "la popularidad del roto chileno, si bien nació en la Guerra contra la Confederación casi medio siglo atrás, de igual forma demuestra un heroico acto por parte del pueblo chileno a la hora de ir a la batalla".

A diferencia de esto. un hecho que demuestra una de las acciones más cobardes de la guerra fue cuando Hilarión Daza, quien salió a la defensa de Iquique con más de 6 mil 252 efectivos para acompañar al General peruano Buendía en la batalla, extrañamente a medio camino, en un lugar llamado Camarones, detuvo a su contingente y retornó a Arica. Esta defección aún inexplicable, minó seriamente el prestigio del mandatario boliviano y fue un duro golpe a la moral de los aliados. Posteriormente Buendía fue derrotado en la batalla de San Francisco en la que casi 11 mil aliados enfrentaron a 6 mil 500 chilenos parapetados en las alturas de una colina que no pudo ser tomada, a pesar de los bravos esfuerzos de algunos contingentes aliados por hacerse de la plaza.

Pocos días después en Tarapacá nuestros otrora enemigos se anotaron el único triunfo importante de la contienda, al derrotar sin atenuantes a 4 mil soldados chilenos a quienes obligaron a retirarse, tras dejar centenares de muertos y heridos en el campo. De todas formas, un hecho que no se puede dilucidar de la lectura de nuestra patriótica historia nacional.

EL TERROR EN EL MAR


Lo que sí se infiere de nuestra historia es el hecho de que celebramos como triunfo lo que en realidad fue una derrota a todas luces. El Combate Naval de Iquique, protagonizado por cerca de 200 soldados de los cuales murieron 135 sólo en la Esmeralda, fue una de las pocas derrotas que la Armada chilena tuvo en el conflicto.

Aunque el combate entre el Huáscar y la Esmeralda se prolongaría por más de tres horas, no pasaron más de 60 minutos cuando Grau decidió terminar el dramático encuentro recurriendo al espolón. En el segundo espolonazo, según cuenta la versión peruana, el aguerrido capitán Prat intentó abordar el Huáscar y acompañado sólo de un sargento llamado Juan Aldea, espada y pistola en mano y al grito de "al abordaje muchachos" murió en su intento.

No obstante, el triunfo peruano se vio opacado cuando la Independencia, luego de tres horas de persecución, encalló en un arrecife frente a Punta Gruesa, mientras intentaba espolonear por tercera vez a la escurridiza Covadonga, y se hundió, perdiendo así el Perú 26 marinos, entre muertos y heridos y un blindado de dos mil toneladas, por intentar capturar una vieja nave de madera de 412 toneladas.

Ya para el 24 de mayo el Huáscar retornó a Iquique. Poco después inició sus solitarias correrías e incursionó en los puertos bolivianos ocupados de Cobija, Tocopilla, Platillos y Mejillones, destruyendo siete lanchas chilenas y recobrando la goleta peruana Clorinda capturada por los chilenos. Dos días después entabló un combate de dos horas contra las baterías del puerto de Antofagasta, destruyéndolas. El 27 destruyó el cable marítimo que conectaba a Antofagasta y Valparaíso y poco después, en Cobija, destruyo otras seis lanchas nacionales. El día 28 recobró la también capturada goleta peruana Caquetá y apresó a su vez al velero chileno Emilia que navegaba con una importante carga de cobre. No obstante, aunque estos hechos son una verdad irrefutable, nuestra educación a veces demasiado nacionalista no nos permite asimilar que el enemigo también tuvo sus momentos de gloria. Lo único que nos queda es saber que en la gesta de Angamos, el Huáscar fue derrotado muriendo así toda su tripulación y capturado el monitor para nuestros connacionales.

EL INEXORABLE FINAL

Una vez que los chilenos pudieron desembarcar tranquilamente a sus hombres en las costas otrora bolivianas, la guerra no pasó más allá de ser un mero trámite. Con una flota a la cual solamente Brasil le hubiese hecho el peso, el Ejército nacional y la muy bien dotada Armada chilena, pasaron a tomar definitivamente las riendas del conflicto.

Demás está decir que con la captura del Huáscar la rivalidad en los mares ya era cosa del pasado. De hecho, ya para el 2 de noviembre de 1879 en Piragua, se fraguó un combate terrible, en donde bolivianos y peruanos lucharon con patriotismo, bravura y tenacidad, pero no pudieron ante la marcialidad de un poderoso ejército chileno.

Un año después, el General. Narciso Campero organizó en Tacna la defensa de la ciudad, lo cual se constituyó en la mayor confrontación militar del desierto, 19 mil efectivos chilenos enfrentaron a 12 mil aliados el 26 de mayo de 1880. La intervención valiente de los regimientos Colorados de Bolivia, Murillo y Zapadores no fue suficiente para frenar la ofensiva chilena en la que la caballería de Yavar tuvo un papel decisivo. Más de 5 mil hombres entre muertos y heridos quedaron regados en el campo. Los aliados fueron derrotados en Arica y Tacna fue tomada. El ejército boliviano se replegó a las montañas y Bolivia se retiró de la guerra. Chile tomó e invadió violentamente Lima, ciudad de la que se trajo los cañones que hoy adornan el cerro Santa Lucía, las estatuas de dos leones que hoy adornan la calle del mismo nombre y tras de sí dejó a cientos de mujeres violadas y menores sin padres. Además se quemaron documentos de incalculable valor histórico como las actas que dejaban todos los Virreyes del Perú en la Biblioteca Nacional de ese país, y por si fuera poco, Tacna quedó bajo soberanía chilena durante 25 años. La guerra terminó en 1883 después de casi un año y medio de intervención chilena en el Perú, y Bolivia perdió su acceso soberano al océano Pacífico y todo el territorio del Litoral fue ocupado por Chile, lo cual hasta hoy, se mantiene como una herida que no puede cicatrizar.

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