Año 2 N.36, mayo 12, 2003

Critica de Televisión

Tan lejos, tan cerca

Mauricio Israel se guía por cánones propios en la TV. Habla con el director en vivo, y los televidentes no entienden nada. Saca de pantalla a sus entrevistados, y no es el dueño del canal. Lee las noticias, y no es locutor ni periodista. Y habla de deporte, y no tiene idea. La pregunta es ¿su estilo gusta?

Mauricio Israel es el mejor ejemplo de lo que puede hacer la autoestima. Debiera dar clases a los niños o jóvenes que no tienen ninguna habilidad, y enseñarles que igual, y pese a todo, se puede "triunfar" en la vida. Su eslogan debería ser: "Lo principal es creerse el cuento".

Sus orígenes televisivos se remontan a Canal 4 (RED TV) donde realizaba junto a Kike Morandé el programa "Colo Colo en la Red". Por entonces, su pésimo look y desinformación deportiva, más unos lentes a lo "Hermógenes con H", no le presagiaban un gran futuro en las comunicaciones. Porque una cosa es ser feo, como Julio Martínez. Otra, no tener idea de fútbol. Pero feo y desinformado, es como mucho.

El punto es que Mauricio quería triunfar en la televisión. Quería tener su lugarcito en la pequeña caja para tontitos. Y, a sabiendas de sus limitaciones, miró a mediados del 90 a quien era por entonces el capo de las comunicaciones: Eduardo Bonvallet. Y se fijó que el magnetismo de éste no estaba en sus comentarios, ni en su apariencia. Lo analizó, y descubrió que el arma mortal del denominado gurú era su virulencia para contestar y opinar sin ningún drama.

Israel no sólo se aprendió el libreto, sino que mejoró su vestimenta, en lo posible mejoró su rostro (al menos se sacó la barba y los pésimos lentes) y se dispuso a buscar su lugar. O sea, se reinventó. Se engrupió solito. Pero con el tiempo, nos engrupió a todos.

Aprovechando que Bonvallet estaba vetado en la TV, Israel ofreció al mismo personaje, pero domesticado. O sea, sabe cuando callar y a quien respetar.

Y la táctica funcionó. Israel comenzó a darse a conocer en Chilevisión, marcó buenos números de rating, y de ahí partió a Mega.

Hoy lee noticias y comenta deportes. Pero el éxito lo mareó. Se olvidó de quién era. Se olvidó de sus limitaciones, y se volvió un engreído. Un tipo que a ratos se descontrola, y que a cada rato abusa de su actual poder.

Hoy ataca por TV, y pobre del que le diga algo, porque al día siguiente lo destruye a través de su tribuna. Reta al director cuando éste le da instrucciones por el sonopronter, con frases como "se puede quedar callado". Y la gente en la casa ¡plop! Qué tiene que saber que existe un sonopronter en su oreja. También le llama la atención o reta a su editor de deportes en cámara.

Más aún, el otro día invitó a Carlos Soto -presidente del SIFUP- a conversar, y lo sacó de pantalla porque este le contestó sus dichos. Y fue con una rabia tal, que los próximos invitados lo pensarán dos veces antes de rebatirle. Porque en su casa (como él llama a Mega), no ronca nadie más y "nadie lo injuria", lo ataca o lo trata mal.

Israel, en su tribuna, muestra poco deporte, sus comentarios son más viscerales que analíticos, y él se siente demasiado dueño y señor. Demasiado para alguien que tomó la estrategia de otro para triunfar.


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