Año 2 N.37, Domingo 8 de junio de 2003
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Ida y vuelta
( Escribe Nibaldo Fabrizio Mosciatti )Joaquín Lavín ha dado un paso más hacia la presidencia de Chile. El miércoles 4 de junio estuvo en el programa "Morandé con compañía", donde actuó, dialogó en clave de chistes y aceptó, de buena gana, que Morandé lo tratara del "futuro Presidente de Chile" e, incluso, de mi "jefe" y cosas así. Como están las cosas, un poco de show televisivo no le viene mal a nadie. Sobre todo a los políticos, habida cuenta de cómo está la política, que es como debatir cómo está la televisión.

La actitud de Morandé no merece comentarios, porque él siempre ha sido de derecha y Megavisión, que es de Ricardo Claro, hace ya tiempo que se ha matriculado con la oposición, lo que no es ni bueno ni malo, salvo que se agradecería que se dijera derechamente.

Lo inquietante es la performance de Lavín. Cobijado por el éxito que obtuvo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales -donde, en todo caso, fue derrotado-, respaldado por las encuestas recientes, el candidato permanente está convencido que sólo debe mantener el rumbo, inconmovible. Eso supone seguir haciendo, de vez en cuando, los guiños públicos -y, como se ve en "Morandé y Compañía", púbicos- que exige el guión.

Fugaces apariciones precisas para la televisión, sí, pero nada de definiciones sobre los grandes temas de actualidad, salvo una frase genérica, incluso vaga, que por el personaje -y no por sí sola- asegura un buen titular.

Lavín está tras el objetivo primero: conquistar el poder. Y eso, según su entorno, hace recomendable que no entre en los debates del momento y rehuya las definiciones. ¿Por qué? Porque cada definición que adopte podría costarle votos. Imagínense que explicara lo que pretende hacer con el aparato público, con las sanitarias, con la educación, en materia de legislación laboral, el mantenimiento o no de créditos agrícolas, etcétera. Mientras no se defina sobre ésos u otros temas, nadie le reprochará nada. Cuando comience a hacerlo, surgirán las críticas y habrá quienes preferirán no votarlo. Por eso, mejor no hablar de ciertas cosas (en todo caso, algo mejor que lo que hicieron Menem y Fujimori: que ejecutaron lo contrario de lo que prometieron durante sus campañas).

Tal vez por esta estrategia electoral es que pasó desapercibida una editorial de El Mercurio, hace ya un par de meses, en que criticaba esa falta de definición del abanderado de la UDI. El diario se refería, entre otros, al tema de la educación superior, tan en boga por estos días. Pero no hubo reacción, aunque suponemos que el escrito debe estar en más de una carpeta de los asesores del alcalde de Santiago.

Sin embargo, la estrategia "de omisión" de Lavín no suena estrafalaria. Si se analiza la fauna política nacional, son ya muchos los que se han dado cuenta de lo rentable que puede resultar esa estrategia. Claro, a diferencia del alcalde de Santiago, no tienen esa empatía ni esa autenticidad que no lo inhibe de hacer algunas cosas, por cierto marqueteras, que harían sonrojar a más de alguno. Pero la práctica ha calado: la mejor prueba de esto sería comparar el discurso de la Concertación recién recuperada la democracia y la palabrería actual. ¡Cuánto se ha perdido! ¡Cuánto se ha omitido!

Ahora que el tema de las reformas a la Constitución ha vuelto a instalarse como un tema, valdría la pena recordar los argumentos de entonces que se esgrimían para terminar con la Carta Fundamental que, por esos años, siempre se recordaba que había nacido de un proceso fraudulento, incluido el plebiscito que pretendió legitimarla. Para qué decir de los senadores designados, esos señores que escamoteaban la soberanía popular que, rapidito, pasaron a ser senadores "institucionales", con mayor razón después que Boeninger y Silva Cimma arrellanaran sus posaderas en esos sillones, otorgándoles la legitimidad concertacionista que tanto necesitaban.

El problema es que la propuesta de Renovación Nacional sobre el asunto, que cuenta con el beneplácito del oficialismo, no postula la eliminación de los senadores designados, sino su reemplazo por otros, elegidos de tal o cual manera.

¿Se justifica ese número de senadores? ¿Quiénes están en la lista de espera?

Cuando nos encontramos frente a personajes que, con el período que están ejerciendo, van a cumplir ¡24 años! en el Senado, surge esa rabia que anhela que -democráticamente, por cierto- termine ese club, esa casta que se protege, se acicala y se endulza la vida, pasando por sobre las diferencias porque, a la hora de los privilegios, siempre "es más lo que nos une que lo que nos divide".

Sobre todo porque muchos de ellos llegaron allí con un discurso y una propuesta (que era, no olvidemos, la encarnación de los sueños de muchos ciudadanos) y han terminado como Lavín: sin decir nada de nada, pero luciendo lo justo que le exige esta política nuestra. La diferencia es que Lavín sabe hacia dónde va (y, tememos, que para llegar necesita que la gente no sepa ese destino, que no es tan luminoso). O, dicho de otra forma: Lavín va; muchos de esos otros vienen de vuelta.

CITA

"Lavín está tras el objetivo primero: conquistar el poder. Y eso, según su entorno, hace recomendable que no entre en los debates del momento y rehuya las definiciones. ¿Por qué? Porque cada definición que adopte podría costarle votos"

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