Año 2 N.37, Domingo 8 de junio de 2003
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Personas viviendo con VIH en la ex Penitenciaria de Santiago
LAS REJAS Y PUAS DEL SIDA CARCELARIO
(Por Víctor Hugo Robles)Patricio Egaña es escritor y homosexual. Desde hace algunos años vive con el VIH/Sida y está preso en el principal recinto penal de Santiago. Egaña asegura que el virus invade la ex Penitenciaría, cree que de ésta "cana" no sale vivo, y por eso ha decido contar su historia. Afirma que si Gendarmería no aborda decididamente la sexualidad y el Sida en la cárcel, más temprano que tarde la pandemia hará estragos en el antiguo edificio de avenida Pedro Montt. Si bien, en la actualidad los reos seropositivos están segregados en dos estrechas calles de la ex Penitenciaría, Gendarmería aún no se atreve a realizar un catastro general de la magnitud del Sida en el recinto. Patricio Egaña sabe lo que dice, e insiste en la urgencia de abordar radicalmente el tema. Ha sobrevivido muchos años en distintas prisiones del país, y conoce al dedillo la cultura del hampa y las múltiples formas de vivir la sexualidad en situaciones extremas. Por eso, denuncia la poca voluntad política que demuestra la autoridad carcelaria a la hora de habilitar venusterios en el penal, restringiendo el contacto sexual de los reos con sus esposas, situación que los lleva a mantener relaciones sodomíticas con sus compañeros de cautiverio.

UNA HISTORIA DE PELICULA


Patricio Egaña nació el 6 de abril de 1946 en una familia acomodada y conservadora. Una familia que le enseñó a ser responsable, lo educó, pero que no le entregó amor. Pese a la falta de cariño, aprendió a no sentir miedo, y descubrió su excitación por el aplauso. "No había kermés que me perdiera de actuar y cantar con voz de soprano", recuerda. Junto con cantar, comenzó a escribir y a sus precoces 9 años ganó un concurso de poesía infantil. Desde ese momento, trató inútilmente de conquistar la atención de sus padres escribiéndoles "poemitas" con cualquier excusa. De pequeño sintió atracción por los hombres, y a los 13 años asegura haber perdido la virginidad por "la curiosidad de consultar a un vecino por la masturbación", recuerda. Cumplidos los 16, por presión social e intentando transitar por el camino de la heterosexualidad, pololeó con una mujer pero terminó "confirmando que no me remecía las hormonas como con los hombres, sobre todo si eran velludos", asegura. Rindió el bachillerato, e hizo el servicio militar en la Armada en un curso de aspirante a oficiales. Luego estudió construcción civil y topografía, y pronto emigró aburrido a la publicidad. Si bien no terminó siendo publicista, las clases confirmaron el rumbo que tomaría su futuro; el arte y sus múltiples manifestaciones. Fue primer actor en el grupo experimental en la escuela de artes y oficio, primer bailarín en el ballet Folclórico de la UTE y bajo en el coro de cámara de éste. Y aunque provenía de "buena cuna", descubrió la realidad de la pobreza cuando realizaba funciones artísticas en poblaciones y sindicatos, acercándose así a los grupos de izquierda en la UTE, y participando en las manifestaciones estudiantiles.

SU CARRERA EN EL HAMPA

Junto con instalar un garito clandestino en la universidad y arrasar en el póquer, Patricio ya había incursionado en lo delictual, robando libros antiguos en bibliotecas particulares, públicas y de Iglesia. Reconoce que, en 1969, cuando frecuentaba el famoso burdel de la "Tía Carlina" de calle Vivaceta, conoció las ventajas económicas de la prostitución. Fue tanta la provocación que sintió con las chicas de la mítica cabrona, que no tardó en dedicarse al comercio sexual, "me dediqué a patinar (de hombre) hasta el 70, hasta que un estudiante de odontología me sacó de ese ambiente y su padre (gran maestro de la masonería chilena) me dio trabajo en la gerencia del Hipódromo Chile", rememora. Independiente económicamente se fue a vivir solo, y en la nueva casa descubrió una bodega secreta repleta de antigüedades; "la violenté, saqué verdaderos tesoros y los vendí a anticuarios y coleccionistas", asegura. Así, mientras se "paseaba como reina" en su oficina del Hipódromo, comenzó a reducir sus robos y ha gastar el dinero en viajes con "amantes internacionales". Uno de esos amantes, un chileno que conoció en Buenos Aires, le ayudó en muchas "monrras" (robos a casas particulares) en Santiago, Buenos Aires, Sao Paulo y Perú. Todo marchaba de "perrilla", hasta que en 1975 llegó la policía a buscarlo a su oficina, comenzando lo que Patricio Egaña denomina como "carrera oficial de delincuente".

BAJO EL SIGNO DE CAIN


Ante la posibilidad de ser fusilado por el robo de una documentación epistolar confidencial relativa a la Guerra del Pacífico, confesó robos que ameritaban llevarlo sólo a la justicia del crimen. "Llegue parado a la cárcel pública", asegura, después de ser violado en los calabozos de Investigaciones por funcionarios y delincuentes. En la cárcel conoció y se enamoró de un reo, con quien comenzó a vivir en la población penal común. "Protegido por su fama, fui respetado por mi nivel intelectual y aprendí muchos valores sobre la lealtad, solidaridad, estrocismo y la implacable ética intrapenintenciaria", afirma. A los cuatro meses y mediante coimas, le dieron la libertad bajo fianza, pero no quería salir para no dejar a su "marido". Finalmente salió, se puso a trabajar y también a robar en casas sin moradores, "hasta que por una boleta de mi negocio, encontrada en el bolsillo de un homosexual asesinado, Investigaciones me torturó con electricidad en la Brigada de Homicidios durante 5 días, y terminé confesando un crimen que nunca cometí", dice. Allí aprendió que, por el sólo hecho de tener una ficha de primerizo y una pasada por "homicidios", el sistema lo había marcado con el "signo de Caín". Entonces, decidió sacarle "partido a la ficha", y armó una banda de ladrones. Un día de esos, en medio de una "monrra" en el barrio alto, llegaron los habitantes de la casa, transformado inesperadamente el robo en violento asalto. Dice que los robos de autos, estafas con cheques, monrrar y asaltos, le daban para vivir holgadamente junto a un hijo de su "marido" carcelario, porque "su madre biológica no lo quería criar". Patricio cuidó al niño por un tiempo y luchó por la libertad de su pareja, pero después la madre del niño se lo quitó de sus brazos, "matando un cariño feroz", recuerda con tristeza.

MATILDE LADRON Y EL INDULTO PRESIDENCIAL

Transcurría el tiempo y el arriesgado actuar de Patricio Egaña se hacía cada vez más "violento", según el mismo reconoce. Sin embargo, este "juego mortal de fascinante riesgo y lleno de peligro", sufrió un revés en 1978 cuando cayó preso por un asalto y otros delitos menores. Estuvo tras las rejas hasta 1984, año en que decidió quebrantar la salida dominical del penal de Colina. Siete meses después, y producto de una seguidilla de asaltos a mano armada, cayó nuevamente y estuvo confinado hasta 1996, fecha en que consiguió un increíble indulto presidencial gracias a las gestiones y correspondencia amorosa que sostenía con la escritora Matilde Ladrón de Guevara. De esta relación nació "Pacto Sublime", un libro que recoge las cartas de amor carcelario entre Matilde y Patricio. "Matilde vio en mí a su hija presa en Perú", analiza. Pese al "pacto sublime", el amor entre rejas se derrumbó como un castillo de arena cuando el Egaña recuperó su libertad. En la calle otra vez, comenzó a "trabajar" y a ejecutar asaltos esporádicos, cambiándome posteriormente al narcotráfico, planeando así "reunir una pequeña fortuna para instalarse en Europa", asegura. Para su desgracia, el viaje a Europa no se produjo, y fue aprendido por el OS-7 en su departamento en Reñaca, siendo condenado a 3 años y un día en la cárcel de Valparaíso. "Ahí me contagié de VIH", asume valientemente. Su estadía en el penal porteño fue provechosa para el escritor, quien comenzó a participar en concursos literarios, obteniendo los primeros lugares de estos certámenes. Así, entre la escritura y la "vida canera", terminó de cumplir su condena en la ex Penitenciaria de Santiago, lugar donde reconoce haber comenzado a advertir la problemática del Sida en los penales.

LUCHANDO POR CAMBIAR DE VIDA


En libertad, Patricio Egaña usó sus ahorros y se asoció con un inversionista para instalar un criadero de conejo, junto con aportar un capital a una amiga que deseaba inaugurar un restaurante en Bellavista. Sus socios terminaron estafándolo, situación que lo obligó a volver al "negocio". Pese a esto, mezcló sus andanzas con la dedicación al arte y la cultura, creando grupos de baile, y transformándose en un "mecenas del arte", como afirma una cercana amiga. En eso estaba cuando enfrentó una de sus peores crisis de salud que, incluso, lo llevó a recibir la extremaunción. Inesperadamente, sobrevivió y comenzó a comprar la triterapia en el mercado negro. Así, con nuevos bríos insistió en su dedicación al arte, llamando a un casting para bailarines, con quienes fundó el ballet BUDAI (ballet urbano de artes integradas). Para sorpresas de muchos, Patricio reapareció representando a una gárgola en una aplaudida coreografía que acompañó la presentación del grupo Los Jaivas en el mismísimo Festival Internacional de Viña del Mar, en el 2002. Reconoce que este "gustito" le costó carísimo, pero si de arte se trataba, "yo lo daba todo", afirma. Tiempo después, en diciembre del 2002, la luminosa escena de Viña se transformó sólo en un lindo recuerdo cuando, camino a la Parva, junto a un amigo, fue sorprendido por la policía, allanado su domicilio, y siendo procesado por ley de control drogas. En prisión, producto de su complicado estado de salud, le otorgaron la triterapia y lo asilaron en la calle 3B, lugar de aislamiento de travestis y homosexuales VIH positivos. En este lugar constata que el comportamiento sexual intrapenitenciario y el Sida están haciendo estrago en el penal, y desde ahí se atreve a enviar un informe a la opinión pública, que El Periodista adelanta en exclusiva.

EL INFORME EGAÑA

"A la condena judicial se agrega el juicio moral, económico y segregacionista que nos convierte en culpables de continuar viviendo. Todas estas lindezas no nos hacen cuestionarnos el porqué estamos presos, sino que cuestiona nuestros esfuerzos por seguir viviendo". Así, con estas dramáticas palabras escritas en una pequeña y húmeda celda de la calle 3B, termina un informe que Patricio Egaña Salinas ha despechado a un sin número de personalidades e instituciones de Derechos Humanos, denunciando y alertando del inminente peligro de muerte que corren en ese lugar. Un conmovedor informe que describe la paupérrima situación que viven las personas viviendo con VIH/Sida encarceladas en el principal penal masculino de la capital.

UN POCO DE HISTORIA


Hasta 1986, dos años después de detectarse el primer caso de un reo VIH en el penal, los homosexuales encarcelados en la ex Penitenciaria eran aislados en la calle 2, donde sostenían una economía de supervivencia desempeñándose como lavanderos, tanto para la población penal como para el pensionado. En esta economía cooperaban "gays" y travestis prostitutos detenidos por 5 días. Todo marchaba "normal" hasta que Gendarmería, alarmada por el surgimiento del Sida, decidió aplicar el test de Elisa a los reos homosexuales, descubriendo el primer caso de un travesti seropositivo. No pasó mucho tiempo para que el pánico se desatara en la población penal común, particularmente entre los familiares de los reos, quienes organizaron protestas en contra de los homosexuales. La presión obligó a trasladar a los homosexuales al penal de Putaendo, donde una nueva campaña no les permitió mayor permanencia, siendo devueltos a la ex Penitenciaria, pero ahora instalados en una dependencia construida de emergencia llamada colectivo 3 (donde actualmente está la Cárcel de Alta Seguridad). En ese lugar se les aisló y no se les permitió continuar con el trabajo de lavandería, evitando de paso las relaciones sexuales entre lavanderas y clientes.

En 1990, en vísperas del cambio de régimen político, los internos homosexuales contagiados y no contagiados, fueron trasladados a la unidad de San Miguel, pero después de unos meses, devueltos a la ex Penitenciaría y ubicados en la calle 15. A partir de entonces, los caballos de la población penal común (heterosexuales que son obligados a tener relaciones sexuales en el rol pasivo), comenzaron a declararse "homosexuales" para huir del maltrato y "descontar" (hacerse los machos) con los homosexuales aislados. El posterior traslado de esta mezcla de reos hacia la calle 3, ex pensionado, concedió mayor espacio y una segregación más relajada. En esta calle habitaban tanto reos contagiados como no con el VIH, lo que no era impedimento para sostener relaciones sexuales con internos de la población. Sin embargo, después de inédito intento de fuga, que incluyó la construcción de un túnel, los homosexuales y travestis seropositivos fueron definitivamente instalados en la calle 3B. A esta calle siguieron ingresando internos de la población, contagiados y caballos que, incluso, recurrieron a inyectarse sangre contaminada para escapar del hacinamiento y promiscuidad de las sobrepobladas dependencias comunes. Al 2003, los reos homosexuales están repartidos entre la torre 1 de la unidad de San Miguel y la calle 3 en la ex Penitenciaría de Santiago. En este último lugar, la calle 3A mantiene aislados a 20 reos heterosexuales contagiados, y la calle 3B, en 5 celdas de 2,5 x 3 metros, a 28 internos contagiados; 6 homosexuales travestis, 2 gays, 4 heterosexuales (en pareja con los primeros) y 16 caballos. Según Egaña, la "promiscuidad entre todos es absolutamente aceptada, y los caballos, en su afán por descontar las penurias pasadas en la población común, se erigen como amachados, tiranizando a los homosexuales y manifestando su hombría en constantes peleas con sus parejas del momento o entre ellos, destacándose la brutalidad y ensañamiento en estos violentos encuentros", denuncia.

SEXO ENTRE REJAS

Al igual que todo ser humano, la población penal se caracteriza por tener necesidades sexuales propias del instinto sexual. Sin embargo, la legalidad penitenciaria prohíbe su expresión natural, generando la expresión de un instinto incontenible. Así, como a los internos no se les conoce el derecho a tener sexo con sus mujeres, se ha creado un sistema de satisfacción sexual heterosexual oculto (aunque Gendarmería lo sabe y lo tolera), y un sistema de satisfacción sexual alternativo frecuente y cotidiano, donde cumplen un rol central los "caballos" y homosexuales ocasionales. Según el "Informe Egaña", el problema en la cárcel no es la sexualidad propiamente tal, sino la nula información sobre el Sida y las dificultades que tienen los reos de tener sexo con sus parejas, situación que los obliga a sodomizar reiteradamente a los "caballos", replicando de este modo el Sida. Si a esto sumamos el uso de jeringas intravenosas, el problema se agrava aún más. En estas condiciones, "el condenado actual, no solo pierde su libertad, sino que además, se encuentra condenado a perder la vida", dice Egaña en su escrito. Por tal motivo, alerta sobre esta situación y llama a las autoridades a asumir que el Sida no está solamente en la calle 3, sino que recorre como fantasma el penal.

¿EXAMEN DE SIDA A TODOS LOS REOS?

Egaña asegura que las prácticas sexuales, consabidas por las autoridades penitenciarias, no se enfrentan a ningún nivel. Cree que si se aplicara el test de Elisa en el penal, "arrojaría un mínimo del 10 por ciento de los reos infectados". Al respecto, Egaña cita el caso argentino, donde habiendo una población penal menor que la chilena, se realizó el test y arrojó un 26 por ciento de reos contagiados. "Si la población penal chilena bordea los 37 mil reos, el problema logístico a enfrentar y de hecho, el más grave, sería cancelar la vida de miles de personas cuya existencia en un bien jurídico constitucionalmente establecido, y por ende, se les debe proteger y cuidar mientras permanezcan en prisión", reclama. Semejante percepción tiene Vasili Deliyanis, coordinador del área de derechos ciudadanos de Vivo Positivo. "Las autoridades penales no han enfrentado el tema de la sexualidad en las cárceles, porque es un tema no resuelto en la sociedad chilena", plantea. Asimismo, a la hora de cuantificar la cantidad de reos seropositivos en la ex Penitenciaria, Deliyanis sospecha cifras alarmantes. "Si el test del Sida se hiciera ahora, probablemente un tercio de la población penal resultaría positiva", afirma. Sin embargo, lo grave del asunto no amerita para Deliyanis la aplicación del test a toda la población penal porque "esa decisión debe ser informada y voluntaria", sostiene. Pese a rechazar la realización obligatoria del test, Deliyanis comparte la alerta de Egaña en lo que respecta a educación sexual y prevención del VIH en los recintos penales. "Es necesario que Gendarmería tenga una política de educación sexual porque esa es una manera de detener la propagación del VIH y de otras enfermedades de transmisión sexual", asegura.

En este momento, y pese a los avances que ha experimentado el sistema (se implementó un programa de Sida en la ex Penitenciaría, se mejoró el hospital penitenciario y se firmó un convenio entre el ministerio de Justicia y Conasida para entregar triterapias en los reclusos), los problemas de salud que viven los reos VIH, la falta de médicos especialistas, los escasos programas de reinserción y esparcimiento, el aislamiento extremo, una infraestructura añosa poco apta para seropositivos, y la condición de travestis y homosexuales de muchos de ellos, hacen doble o triple el castigo. Por eso, mientras algunos mueren de tuberculosis, sarcoma de kaposi u otras enfermedades oportunistas, y otros esperan el final de sus días con amarga resignación, Patricio Egaña envía un alarmante informe intentando salvar las vidas de las personas que sobreviven a las rejas y púas del Sida carcelario.

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