Año 2 N.37, Domingo 8 de junio de 2003
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Comentario Literario
Neruda, el naïf
(Por M.A. Coloma)A ratos esquiva y secreta, dueña de no pocas verdades a medias, la biografía de Neruda contiene historias de sobra para dar arranque y argumento a la ficción. No es raro, entonces, que un episodio vagamente documentado en los archivos del poeta, como el de aquel año en que Neruda fue Cónsul en Birmania, se haya transformado bajo la pluma y la imaginación de un joven escritor en una novela tremendamente atractiva. Se trata de Tango del viudo de Cristián Barros.

Como es ésta una novela que tiene como excusa un hecho real, vale citar los antecedentes conocidos. Neruda fue destinado a Birmania en enero de 1928, con apenas veinticuatro años. Y es sabido que mantuvo una relación amorosa con una nativa de nombre Josie Bliss, a la que dedicó algunos poemas recogidos luego en Residencia en la tierra, de los cuales "Tango del viudo" es probablemente el más conocido. Velado como un prudente secreto durante años, solo en 1962 Neruda se refiere a Josie Bliss como una "pantera birmana" de la cual se enamoró, con la que compartió un mismo techo, y que luego lamentó dejar cuando la Cancillería lo destinó a Ceilán.


Cristián Barros recoge este episodio y lo transforma en una novela de mezcla precisa y efectiva: erotismo, exotismo e intriga. Neruda, ahora convertido en personaje, pasa los días en Rangún junto a un criado afásico y obediente que le ha sido recomendado por un antiguo diplomático de apellido Blair. El poeta sufre de serios dolores estomacales. El médico que lo visita le prescribe, entre otras cosas, los cuidados de su hermana: Josie Bliss. Neruda, cautivado por la belleza de la mujer, enfermo y todo, no se demora en llevarla de la cocina a la cama. De esa manera inicia un affaire amoroso del que terminará, literalmente, arrancando. Heredera de las tradiciones birmanas, Josie lleva una faja en los senos, y no acepta bajo ningún pretexto un beso en los labios. Neruda no se conforma, y viola esas prohibiciones. En ese momento comienzan sus males: en los encuentros íntimos Josie ahora lleva un cuchillo, y promete matarlo en cuanto el poeta la fecunde. Con el beso, Neruda le ha robado el alma, dice, una vez embarazada y muerto el culpable podrá recuperarla. Además, está convencida de que engendrará la reencarnación del Buda. Josie se convierte en una feroz celadora y asume las funciones de mujer y amante del poeta. Éste por su parte, incrédulo pero prudente, se preocupa de enterrar el cuchillo después de cada encamada con la birmana, y por supuesto, de no fecundarla.

La historia es contada a partir del momento en que Neruda se prepara a dejar Rangún. A pesar de que el poeta ha intentado esconderle a Josie su nueva destinación (solicitada con urgencia) y su partida inminente, la mujer se entera e inicia algo así como una ceremonia desesperada por retenerlo. Neruda, encerrado por miedo al cuchillo de la birmana y escribiendo el relato de sus días en Rangún, es testigo de cómo Josie lo acecha a través de los extramuros de la casa, y orina en cuatro patas a través de todo su perímetro. Después de una noche de vigilia, Neruda logra zafarse y llegar al muelle donde se embarca. Es ahí donde la historia adquiere un vuelco sorpresivo: Neruda ha pecado de inocente, detrás de todos los personajes que desfilan por la novela, se esconde algo más que una mujer salvaje y celosa. Su inocencia termina por sorprenderlo a él mismo, y una madeja apenas visible en el relato termina por desenrollarse.

Tango del viudo asume como voz narrativa la primera persona del poeta. En un ejercicio atrevido pero llevado con soltura y cuidado, Barros imposta un habla a ratos anacrónica, fogueada en el cosmopolitismo de la época, e intervenida constantemente por sentencias de origen francés e inglés. Y es que es el Neruda veinteañero el que narra, el poeta que impregna de oficio el habla cotidiana sin temor a sonar afectado, el que puede decir sin problemas "me pliego a la hondura de una siesta" o "franqueo el himen de la mampara", o el que nos hace perder el equilibrio en medio del diccionario con frases como "las velas de los sampanes enrojecían como el cinabrio". Es cierto que todas estas cuestiones, puestas ahí como un recurso en función de la verosimilitud, a la larga vuelven densa y lenta la lectura. Pero también es cierto que esto no es sinónimo de una escritura que merezca reparos. Este caso es justamente el contrario: llama la atención en un escritor joven como Cristián Barros, que aún no supera los treinta años, el manejo -hay que decirlo- perfecto de la prosa.

Pero más allá de la cuestión del lenguaje, Tango del viudo exhibe una estructura novelesca sobria y ejemplar. La narración enmarcada por un suceso en tiempo presente (el asedio de Josie, y la huida de Neruda), avanza progresivamente en desarrollo y tensión, dejando en el camino las señas de una intriga que desafía la perspicacia del lector. Como en las mejores novelas negras, el final tiene el sentido y la sorpresa de lo que, sin darnos cuenta, siempre estuvo ahí.

Estamos acostumbrados al tráfico ágil de la prosa contemporánea, sin pausas, sin tiempo para levantarnos de la silla. Tango del viudo peca por otorgar la posibilidad de detenernos, interrumpir la lectura e ir por café. Tan cierto como eso, es que Cristián Barros tiene talento y crédito abierto. Y eso no es poco.

Tango del viudo [fragmento]

La sentía orinar en cuatro patas, del otro lado del muro, como un vestigio del monzón, una lluvia amarilla, un eco femenino, mojando las junturas de la casa, la casa innoble, viciada por la fetidez del cocotero, por los frutos abiertos, enseguida corruptos, podridos por el clima, su clima. Y sentía su conspiración, rondando por la casa, silbando por la hoja del cuchillo, grabando las maldiciones de su alfabeto, orinando sin parar, desaguando pegada a los muros, no menos ágil que una gata azul, de ésas que comen en los templos, ágil, activa, urgente, no menos rapaz, no menos tierna. Y esta gata, esta bestia, esta criatura era Josie Bliss, orinando por los cuatro costados de la casa, ahinojada, turgente, encendida, con la piel blindada bajo el amplio tatuaje, quemada al fin, oscura, azul, imposible. Y al sentirla orinar, tullido sobre el jergón de esparto, comido por los mosquitos, temeroso de los contagios, de contraer el dengue y hundirme entre las erupciones, tullido entonces, temeroso, extranjero, yo, Pablo Neruda, Cónsul del último país en este último país, pienso en Josie.

Estoy en mi dormitorio, tumbado, vencido, con las maletas a medio hacer y las papeletas del Dawson`s Bank puestas como parches sobre la gasa del mosquitero. Si Josie quisiera rasgar aquella defensa, bastaría con un breve empuje de su daga. Sería suficiente con introducir el filo por la malla, doblar el cuchillo e irrumpir a través de ésta, furiosa, consciente, decidida, como quien irrumpe a través de una telaraña. Y de nuevo en mi dormitorio, sin jamás haber marchado de aquí, lealmente aquí, estúpidamente aquí, en Rangún la podrida, no hago sino mirar la maleta a medio hacer, inconclusa, omisiva, terrible, pues sé que el títere de Josie no irá entre mis camisas.

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