Año 2 N.38, Domingo 22 de junio de 2003
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Horrores de salón
(Por Alejandra Costamagna)"Qué magnífico tener la madeja de la vida en la mano. Pero eso ocurre en la mente, nada más. Porque lo real es que ya hemos dicho no en vez de sí, ya hemos doblado a la derecha en vez de a la izquierda y aquí estamos: mirando en la pantalla a los que pudiendo hacer algo hace treinta años no hicieron nada y ahora, sin vergüenza, pretenden borrar con dinero su propia barbarie y rematar a un país entero en el salón del olvido".


Por estos días Ramón Griffero está celebrando dos décadas de su Teatro de Fin de Siglo con la obra "Tus deseos en fragmentos". Aunque no pierde la línea de los montajes anteriores, el dramaturgo se concentra esta vez en un tema abstracto, sin historia lineal ni personajes convencionales. Los verdaderos protagonistas de esta obra son los deseos de Una, Él, Ella, Aquel y Tú, sujetos que van recorriendo con mayor o menor dificultad los múltiples salones que existen en su museo mental: el de la infancia, el de la sexualidad, el de la desesperación, el de la propia muerte. Sus historias corresponderán, entonces, al plano de las especulaciones: lo que podría ser, lo que no fue, lo que hubiéramos querido que fuera.

Un personaje quiere hacer el amor con un suicida palestino y al pensarlo ya está ahí, seduciendo con todas sus armas a un kamikaze la noche previa al estallido. Más allá habrá una mujer que llora previniendo el dolor, al pensar lo que no ha ocurrido y va a ocurrir. "Lloro", se lamenta, "por no aprovechar lo feliz que puedo ser".

Griffero tiene como compañero de temporada en el Centro Cultural Matucana 100 al artista plástico Guillermo Núñez. Lo suyo va por otro lado, por la realidad real. Pero en un punto se topan. O quizás son las cabezas de los espectadores, esos pensamientos que se piensan solos, los que hacen de puente. Núñez, por una "absoluta necesidad de aullar desde muy dentro de mi corazón", urde una arqueología del dolor y conduce a los visitantes por un laberinto de exterminio, devastación y barbarie humana. Acaso sea el salón del horror que Griffero insinuó más allá, a pocos metros, y que acá se llama La quinta del sordo.

La muestra de Núñez contiene múltiples imágenes (aquella fotografía, por ejemplo, de los hombres anulados en sus huesos en el campo de concentración de Buchenwald) distribuidas en distintos soportes y presentadas como una especie de archivo de la crueldad. "Pero, ¿qué sucedería con el arte, escritura de la historia, si rompiera con el recuerdo del dolor acumulado?", cita Núñez a T.W Adorno. ¿Comprender el dolor? ¿Aceptar el dolor?, cuestiona el propio artista en una esquina de la instalación.

Los salones vecinos, los de Griffero, serán más abstractos, pero al final la pregunta es la misma: ¿Qué hubiera pasado si? Si la bomba no cae, si el fusil no dispara, si el gobernante no da la orden. O, ya que estamos, ¿qué hubiera pasado si los que podían detener el horror nacional hubieran movido un dedo, hecho una mueca, pronunciado una frase que impidiera tanto crimen ejecutado en nombre de la patria? Ya lo decía Oscar Bustamante en el epígrafe de su última novela, "Café Cortado", citando a Fernando Pessoa: "Si en cierta altura/ ¡Hubiese doblado a la izquierda en vez de a la derecha!/ Si en cierto momento/ Hubiese dicho sí en vez de no (...)".

Es bueno saber que la cabeza tiene su carril propio y que podemos sumergirnos en el museo personal para detener el tiempo, si nos da la gana, cambiar de piel o besar a un kamikaze. Qué magnífico tener la madeja de la vida en la mano. Pero eso ocurre en la mente, nada más. Porque lo real es que ya hemos dicho no en vez de sí, ya hemos doblado a la derecha en vez de a la izquierda y aquí estamos: mirando en la pantalla a los que pudiendo hacer algo hace treinta años no hicieron nada y ahora, sin vergüenza, pretenden borrar con dinero su propia barbarie y rematar a un país entero en el salón del olvido.

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