Año 2, N.39, Domingo 6 de julio de 2003
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Dar hasta que duela
( Escribe Paul Walder )


La política, nuestro otro reality show, da pie para las argumentaciones más variadas, alambicadas y falaces. En la sociedad del espectáculo mediatizado la realidad no existe. Sí, en cambio, su apariencia. Lo que remeda la realidad es más real que lo real. Lo artificial y bien producido ha reemplazado a la realidad. Así tenemos una proliferación de dramas que suplantan a la información, y así se hace también la política. No interesa qué se dice, sino cómo se consiguen unos efectos deseados. El discurso político tiene -y esto ya no es ninguna novedad- más de la publicidad y las relaciones públicas que una inspiración, digamos, política. Las palabras han vaciado sus contenidos.

La discusión por el alza de impuesto ha soportado una batería de argumentaciones que sólo puede contribuir a ensanchar la brecha, ya de por sí enorme, entre los electores y sus supuestos representantes. El debate ha sido intencionalmente confuso. Tanto por la necesidad de los recursos como por las fuentes para su obtención. Mezcló la demanda de financiamiento de los programas sociales con los menores aranceles derivados de los tratados comerciales. Y sólo se apeló a la solidaridad nacional -siempre dispuesta- para volvernos a elevar el IVA. Una decisión voluntariosa, que se tomaba justo cuando saltaba a la luz pública el escándalo de la gran minería. Un mínimo sentido de justicia debía haber llevado a la corrección de tal irregularidad tributaria. La solidaridad que parece impulsar el gobierno es la de los pobres hacia los mismos pobres.

El caso de los trabajadores que reciben el salario mínimo es palmario. El alza del cuatro por ciento -lo dejó en poco más de 115 mil pesos mensuales- se verá mermada por la inflación del año, cuya proyección es de un tres por ciento. Si le restamos el punto del IVA, el resultado no sólo es de suma cero. Se trata de una pérdida respecto al año pasado. Los pobres dan hasta que duela.

El espeso torbellino soporta de todo. Cómo no, la liberación del ejercicio solidario de algunos sectores. Con el argumento de la pérdida de puestos laborales, los productores de vino y pisco, a través de conspicuas figuras de la DC y de una millonaria campaña publicitaria, lograron inhibir, en lo que a ellos atiende, el proyecto oficial. Podría haber elevado un argumento similar cualquier otro sector de la economía. Un alza de un punto sin duda que puede frenar las ventas.


En el agujero fiscal también ha trabajado Codelco. Al reducir su producción vendió menos y, por tanto, mermó su aporte a las arcas fiscales. Ya la semana pasada algunos parlamentarios canalizaban toda su furia hacia la minera estatal. Pero los motivos de Codelco no son antojadizos. Recortó su producción por la sobreproducción de cobre chileno. Un fenómeno estimulado por la ley minera, que no es otra cosa que "llegar y llevar" para las transnacionales, ha abatido el precio del mineral.

En términos globales, Chile tiene una tasa impositiva que está debajo de los países desarrollados, pero superior a la de sus vecinos latinoamericanos. En una muestra del SII, los impuestos se desagregan en la siguiente figura: aproximadamente un 17 por ciento de la recaudación corresponde a los de primera categoría que pagan las empresas, un 8,5 por ciento corresponde al impuesto único de segunda categoría y al global complementario que pagan las personas. El IVA representa el 42 por ciento de la recaudación y los impuestos específicos (combustibles, tabaco, alcohol, etc.) obtienen un 13 por ciento. El resto corresponde a aranceles, los que con los acuerdos de libre comercio y por la política de apertura comercial chilena han tendido a disminuir de manera gradual en los últimos años hasta llegar a la deficitaria situación actual.

Esta figura aporta una clara imagen. Chile es un país que recauda poco en impuestos a la renta, o impuestos directos. Se apoya, por tanto, en los indirectos, los que representan un monto cercano al diez por ciento del producto. En este marco, el IVA es el prioritario, ya que equivale al 80 por ciento del total recaudado por impuestos al consumo. Esta tasa, que en Chile es (todavía) del 18 por ciento, está por sobre la media internacional, donde es frecuente hallar cargas entre el 13 y el 15 por ciento.

El gobierno nos ha dicho, entre cuántas otras argumentaciones, que los impuestos no suben, sino que bajan. Los bienes importados desde los países con los que Chile ha suscrito acuerdos comerciales tenderán a no pagar arancel. En suma, nos beneficiaríamos todos los consumidores. Esta afirmación sería posible si sólo consumimos bienes importados específicos. La gran mayoría de la población es probable que no adquiera los computadores, automóviles y otros productos que estarán desgravados. Los verdaderos favorecidos serán algunas empresas y sectores de alto nivel adquisitivo.

Parte del alza del IVA está destinada a equilibrar las cuentas fiscales, escoradas por los acuerdos comerciales. Hacienda ha detectado con bastante desesperación un agujero de varios centenares de millones de dólares, el que taparemos todos los consumidores. Por cierto los que adquieren un coche de lujo, pero también los que compramos los bienes de primera necesidad. Se puede decir que el conjunto de la población subsidiará a aquellos favorecidos por los tratados de libre comercio. Los chilenos también apuntalamos una política económica elaborada por y para los sectores beneficiados.

Que los tratados crearán más empleos, que empujarán el producto nacional hasta en cinco puntos más, es aún una ilusión. Economistas como Sebastián Edwards de la UCLA se han atrevido a afirmar que el TLC con EEUU no tendrá ninguna incidencia en la economía nacional, en tanto Felipe Larraín de Harvard admitió que algo (un punto) contribuirá. Aun cuando estas dos celebridades del establishment académico se equivoquen y el PIB chileno crezca de manera sensible, como han vaticinado algunas autoridades, esa expansión poco o nada contribuirá en el bienestar de la mayoría de la población. Serán números inscritos en los registros macroeconómicos, que han demostrado una incapacidad de expresión en la economía cotidiana. El fuerte crecimiento del producto durante la década pasada, que llevó a las autoridades y a otros observadores a declarar de un modo frenético el fin de nuestra condición tercermundista, demostró ser incapaz de sacarnos de nuestros endémicos problemas. La riqueza derivada del alto crecimiento ha estado muy bien orientada. Un nuevo impulso a la economía, y esta vez bajo el acuerdo comercial con EEUU, sabemos hacia donde canalizará sus beneficios. Y también donde quedarán los desechos.

CITA

"Parte del alza del IVA está destinada a equilibrar las cuentas fiscales, escoradas por los acuerdos comerciales. Hacienda ha detectado con bastante desesperación un agujero de varios centenares de millones de dólares, el que taparemos todos los consumidores. Por cierto los que adquieren un coche de lujo, pero también los que compramos los bienes de primera necesidad. Se puede decir que el conjunto de la población subsidiará a aquellos favorecidos por los tratados de libre comercio. Los chilenos también apuntalamos una política económica elaborada por y para los sectores beneficiados"

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