Año 2, N.39, Domingo 6 de julio de 2003
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Placer en el puerto
(Por Alejandra Costamagna)"Puede que la casa de O'Higgins haya sido la única estos días y entonces mañana la portada del diario local cambiará de frente. `Encuentran camino a la felicidad', por ejemplo. O `Marejada arroja conchas a la calzada'. O, incluso, `Hombre muerde a perro'. Pero jamás algo como `Alza de impuestos preocupa a la derecha'"


"Desbaratada casa del placer", decía el titular de un diario de Valparaíso. En Santiago la agenda corría por otros carriles. Las atribuladas declaraciones del comandante, los desarropes de Marlene, los últimos embates de lo que queda de Concertación, las turbias reyertas de la derecha, las lágrimas de Raquel (o de Vivi o de Margot, da igual), en fin: coyuntura pesada. La casa del placer desbaratándose ahí, a 120 kilómetros, y los capitalinos sin enterarse siquiera, con la cordillera de la Costa interceptando los rumores. La casa, informa el vendedor de diarios ubicado frente al Congreso, estaba sapeada hace tiempo. Lo que pasa es que no la iban a desbaratar así no más... Si varios honorables se degradaban ahí, ¿usted cree que iban a soltar la noticia tan fácilmente?, inquiere el hombre apuntando con el mentón hacia el estridente edificio del Poder Legislativo.

La casa del placer de Valparaíso era en realidad un departamento del tercer piso del edificio O'Higgins, frente a la sede de la Intendencia regional. Dice el vendedor de diarios -y lo confirman el mesero de la cantina, el chofer del bus, la señora del café- que todo el mundo sabía que en O'Higgins 1226 funcionaba un prostíbulo. Dicen que era una casa de alto nivel y que para llegar a Vannia, Tatiana, Maura o Connie había que pagar caro y anticipado. El precio, eso sí, dependía del tipo de placer. Dicen. Pero la casa duró menos de lo que dura un vicio duro: apenas un mes y unos días. El final, el desbaratamiento del que habla la prensa, fue un poco abrupto. Eran las cinco y media de la tarde cuando un grupo de policías vestidos de civil entrarón al lugar con pistola en mano y dio con las camas calientes. Dos o tres clientes gozaban en ese minuto de la atención pagada y quedaron desnudos ante las evidencias. Las pruebas eran irrefutables.

El escritor Antonio Gil tiene una teoría sobre los prostíbulos: según él, en Chile hasta el hecho de ir a una casa de putas tiene algo de mortuorio. Así lo planteaba en una entrevista de un diario capitalino hace unos días: "Vas a esas casas de La Portada de Vitacura y al otro día sales con una sensación de pérdida, con una sensación de haberla cagado. A menos que tengas mucha plata mal habida y quieras deshacerte rápido de ella, sientes que has sido despojado de tu dinero y eso produce una sensación de castración". Puede que eso ocurra en la Capital, pero existe el mito de los peculiares prostíbulos de puerto. Y caminando por los laberintos de Valparaíso saltan a la vista decenas de posibles casas del placer (¿cuántas habrá, por ejemplo, en el cerro Los Placeres?) que no tienen aspecto mortuorio. Se ven todas potencialmente oportunas, gozosas, culpables. Habría materia noticiosa para un año entero si las desbarataran todas. Pero eso es sólo una especulación. Puede que la casa de O'Higgins haya sido la única estos días y entonces mañana la portada del diario local cambiará de frente. "Encuentran camino a la felicidad", por ejemplo. O "Marejada arroja conchas a la calzada". O, incluso, "Hombre muerde a perro". Pero jamás algo como "Alza de impuestos preocupa a la derecha" o alguna novedad capitalina semejante. En Valparaíso la vida, las noticias y hasta el deleite parecen sujetarse en otras órbitas: correr definitivamente por otro ramal.

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