Año 2, N.40. Domingo 20 de Julio de 2003
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Torcerle la nariz al currículum
( Escribe Rafael Otano )"El gran sueño de los chilenos - me dijo el editor de una importante publicación nacional - que cruza todos los estratos de la población, es escaparse, dejar de ser lo que son"


Recuerdo aquel leve crujido de risa que culminó en carcajada nacional. Me parece que fue al principio del verano del 1997: en una crónica de La Tercera, el periodista Juan Andrés Guzmán denunciaba la infinita tontería de la nueva clase "aspiracional", que por entonces los departamentos de marketing habían puesto de moda.

Bueno, los aspiracionales, cuando no podían poseer algunos objetos o disfrutar de ciertos signos de status, los simulaban o quizás mejor los inventaban. Así, se pudo ver en la rotonda Pérez Zujovic a un ciudadano al volante, embebido en una comunicación telefónica a través de su celular de palo; a amantes padres de familia regalando camisetas de la Católica a sus hijos que lloraban por una del Colo Colo; a compradores de supermercados que llenaban copiosamente de productos su carro, para abandonarlo después clandestinamente en algún rincón; a villas ubicadas en terrenos de clase media-media, llamándose Nueva Dehesa o Nuevo Lo Curro; a gente que cerraba, a treinta grados ambiente, las ventanillas de su auto para dar la impresión de que gozaban a su interior de aire acondicionado.

Más tarde, algunos anticuarios informaron sobre la creciente demanda de viejas fotografías de época, con personajes cargados de sedas y fracs, que pasaban a oficiar de abuelos y bisabuelos de los felices compradores. Desde luego, la adquisición de muebles de estilo o de adornos domésticos antiguos respondía muchas veces al deseo de sus nuevos propietarios de mostrarlos como si fuesen bienes heredados de familia.

Pero todavía resulta más reveladora la falsificación sistemática que se perpetraba contra la propia biografía. Más que mentir claramente, como a veces se hace, el intento consistía en torcerle la nariz al currículum, arreglando datos, adornando antecedentes, interviniéndolo como si se tratase de una fotografía o una imagen virtual. Demasiado conocidas son las técnicas empleadas: declaración de un falso domicilio o número de teléfono para no delatar una ubicación desacreditada; eventual ocultamiento del lugar de origen; invención de viajes y hobbies; atribución de dudosos cartones académicos.


Desde luego, en la conversación y en el trato social siguen abundando las sutiles exageraciones sobre estudios y trabajos, las pistas falsas sobre antecedentes familiares, colegios, prestigiosos contactos. Para más, las secuelas de la dictadura militar han añadido a este conjunto de estrategias simulatorias, la necesidad sentida de ocultar ciertos aspectos del pasado político. Todavía no son reconocibles, en los círculos sociales más confortables, exilios en Moscú o en alguna ciudad perdida de Ucrania. Algunos altos cargos de la Concertación aún no confiesan los verdaderos destinos de su destierro.

Estos hechos exigen una explicación. Recuerdo la que me dio, con melancólico sarcasmo, el editor de una importante publicación nacional: "El gran sueño de los chilenos -me dijo- que cruza todos los estratos de la población, es escaparse, dejar de ser lo que son".

Pero creo que los "aspiracionales" se están comenzando a cansar del juego. Un viento de transparencia está circulando por los habitáculos nacionales. Ya hay mucha más gente que en el censo se declara mapuche, agnóstica o sin microondas. Se ha producido también un cierto destape mediático en busca de la memoria. Son signos, aún débiles que intentan poner luz en la persistente opacidad nacional de cada día.

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Torcerle la nariz al currículum
"El gran sueño de los chilenos - me dijo el editor de una importante publicación nacional - que cruza todos los estratos de la población, es escaparse, dejar de ser lo que son"


Recuerdo aquel leve crujido de risa que culminó en carcajada nacional. Me parece que fue al principio del verano del 1997: en una crónica de La Tercera, el periodista Juan Andrés Guzmán denunciaba la infinita tontería de la nueva clase "aspiracional", que por entonces los departamentos de marketing habían puesto de moda.

Bueno, los aspiracionales, cuando no podían poseer algunos objetos o disfrutar de ciertos signos de status, los simulaban o quizás mejor los inventaban. Así, se pudo ver en la rotonda Pérez Zujovic a un ciudadano al volante, embebido en una comunicación telefónica a través de su celular de palo; a amantes padres de familia regalando camisetas de la Católica a sus hijos que lloraban por una del Colo Colo; a compradores de supermercados que llenaban copiosamente de productos su carro, para abandonarlo después clandestinamente en algún rincón; a villas ubicadas en terrenos de clase media-media, llamándose Nueva Dehesa o Nuevo Lo Curro; a gente que cerraba, a treinta grados ambiente, las ventanillas de su auto para dar la impresión de que gozaban a su interior de aire acondicionado.

Más tarde, algunos anticuarios informaron sobre la creciente demanda de viejas fotografías de época, con personajes cargados de sedas y fracs, que pasaban a oficiar de abuelos y bisabuelos de los felices compradores. Desde luego, la adquisición de muebles de estilo o de adornos domésticos antiguos respondía muchas veces al deseo de sus nuevos propietarios de mostrarlos como si fuesen bienes heredados de familia.

Pero todavía resulta más reveladora la falsificación sistemática que se perpetraba contra la propia biografía. Más que mentir claramente, como a veces se hace, el intento consistía en torcerle la nariz al currículum, arreglando datos, adornando antecedentes, interviniéndolo como si se tratase de una fotografía o una imagen virtual. Demasiado conocidas son las técnicas empleadas: declaración de un falso domicilio o número de teléfono para no delatar una ubicación desacreditada; eventual ocultamiento del lugar de origen; invención de viajes y hobbies; atribución de dudosos cartones académicos.


Desde luego, en la conversación y en el trato social siguen abundando las sutiles exageraciones sobre estudios y trabajos, las pistas falsas sobre antecedentes familiares, colegios, prestigiosos contactos. Para más, las secuelas de la dictadura militar han añadido a este conjunto de estrategias simulatorias, la necesidad sentida de ocultar ciertos aspectos del pasado político. Todavía no son reconocibles, en los círculos sociales más confortables, exilios en Moscú o en alguna ciudad perdida de Ucrania. Algunos altos cargos de la Concertación aún no confiesan los verdaderos destinos de su destierro.

Estos hechos exigen una explicación. Recuerdo la que me dio, con melancólico sarcasmo, el editor de una importante publicación nacional: "El gran sueño de los chilenos -me dijo- que cruza todos los estratos de la población, es escaparse, dejar de ser lo que son".

Pero creo que los "aspiracionales" se están comenzando a cansar del juego. Un viento de transparencia está circulando por los habitáculos nacionales. Ya hay mucha más gente que en el censo se declara mapuche, agnóstica o sin microondas. Se ha producido también un cierto destape mediático en busca de la memoria. Son signos, aún débiles que intentan poner luz en la persistente opacidad nacional de cada día.

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