Año 2, N.40. Domingo 20 de Julio de 2003
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Análisis económico
Lagos cambia de estilo en Londres
( Escribe Paul Walder )"Lagos nos ha dicho que no cree en la teoría del rebalse. El axioma neoliberal que liga el crecimiento con la creación de empleo y el bienestar social como su efecto colateral natural no lo comprobamos durante los míticos años noventa. Hubo crecimiento, algo de equidad, pero también alzas de impuestos para financiar el gasto. Los problemas sociales, sin embargo, ahí están"

El nuevo discurso gubernamental nos traslada a las iniciales argumentaciones económicas de la Concertación. Tras una década de políticas con un claro sesgo neoliberal, parece existir una voluntad -por lo menos en el verbo- de rescatar aquellos principios doctrinarios que inspiraron hacia finales de los ochenta a los actuales gobiernos. Está la retórica solidaria que apuntaló el alza del IVA, como también la impugnación a agencias internacionales, como el Banco Mundial y el FMI, que elevó en Londres Ricardo Lagos.


Nuestro presidente ha desplegado un nuevo discurso. En la cita progresista, Lagos aseguró que las políticas económicas neoliberales de los noventa han quedado atrás. Lo dijo ante sus colegas latinoamericanos Lula y Kirchner, que cargan sobre sus hombros las secuelas financieras de aquella década, pero también ante Tony Blair, cuyas políticas son una cruel exhibición de la extrema ambigüedad del progresismo en el nuevo milenio.

Nos quedamos con la versión de Lagos, que ha denostado sin equívocos al andamiaje financiero internacional. Sus palabras, de paso, debieran también ser el reconocimiento al fracaso de muchas de las políticas económicas desarrolladas por la Concertación durante la década pasada. Un alto funcionario de La Moneda ha dicho por estos días que ya no es posible sólo crecer y crecer -tal como en los noventa y en directa alusión al gobierno de Frei Ruiz Tagle-; lo que hoy se requiere, dijo, es crecer con equidad.

El giro gubernamental, aun cuando tiene más palabras que acciones, es, por lo menos, una reacción forzada no por los grupos de poder, como el sector privado, sino por el imaginario colectivo. La institucionalidad económica, que toma cuerpo en el modelo de mercado, es, simplemente, denostada por la audiencia (que también es masa electoral). Tras ya más de dos décadas viviendo en carne propia la libertad mercantil, el público -algún día la "gente"- ha terminado por repudiarlo. No hay encuesta que afirme lo contrario. Si el fenómeno no era tan crítico durante los días de alto crecimiento y consumo de los noventa, hoy, con una economía que repta (el Imacec de mayo fue de apenas 2,5 por ciento), el malestar se expresa con toda su virulencia. Nuestra actual camisa de fuerza, financiera y económica, ha sido diseñada por las grandes corporaciones (pese a la publicidad y a las estrategias de atención al cliente) para su exclusivo goce.

Lagos nos ha dicho que no cree en la teoría del rebalse. El axioma neoliberal que liga el crecimiento con la creación de empleo y el bienestar social como su efecto colateral natural no lo comprobamos durante los míticos años noventa. Hubo crecimiento, algo de equidad, pero también alzas de impuestos para financiar el gasto. Los problemas sociales, sin embargo, ahí están.

Las estadísticas han demostrado de forma patente que el mercado no genera equidad. El fenómeno está a la vista. Tras una década de alto crecimiento, tal vez la más alta del siglo XX, la curva económica del nuevo milenio ha traído una evidente regresión en los indicadores económicos y sociales. Si se observan los gráficos de desempleo y distribución del ingreso, lo que se tiene es una U. Las filosas señales de los años ochenta tendieron a suavizarse durante la primera mitad de los noventa, para volver a elevarse hacia finales del siglo. La desigualdad en los ingresos se atenúa entre 1987 y 1992 para luego revertir esta tendencia y terminar la década de los noventa con niveles de inequidad muy parecidos a los años ochenta (por cierto, la peor distribución de ingresos en los últimos treinta años). Puede, incluso, afirmarse que la regresión responde a un fenómeno más inquietante que aquel sufrido durante la última década del gobierno militar. Entonces la economía chilena convalecía tras una de las peores crisis de su historia, en tanto el fenómeno que ha vivido durante los gobiernos de la Concertación se produce tras un período de alto crecimiento e, incluso, bajo políticas sociales asistenciales que han buscado -por lo menos en teoría- el crecimiento con equidad.

La actual arremetida del gobierno de Lagos intenta marcar, sin duda, un cambio en esta tendencia. El esfuerzo por poner en marcha un ambicioso plan de salud pública sucede en un período de bajo crecimiento. Lo que se obtendría es un nuevo axioma o, tal vez, una hipótesis. ¿Es posible lograr más equidad aun con bajo crecimiento?

Nos hemos tragado con bastante dificultad el alza del IVA. Lo hacemos por solidaridad, acaso -y eso está por verse- por los beneficios del plan de salud. Empero, la presión sobre los impuestos parece ya haberse agotado. La medicina puede llegar a matar al paciente. El punto no es la batahola congresal por el alza de los tributos ni el poderoso -y exitoso- cabildeo de algunos productores. Continuar presionando los impuestos indirectos terminaría por restarle capacidad adquisitiva a gran parte de la población.

El último informe de Desarrollo Humano del PNUD sitúa a Chile como el segundo país más desarrollado de la región, lo que, en las actuales circunstancias latinoamericanas, no es precisamente un gran reconocimiento. Pese a estas favorables estadísticas, el informe añade aspectos ciertamente más propios de una nación de estas latitudes. "Un 8,7 por ciento de los más de 15 millones de chilenos subsisten con menos de US$ 2 al día y la distribución de la riqueza es muy desigual, ya que el diez por ciento más pobre sólo disfruta del 1,3 por ciento de los ingresos del país, mientras que el diez por ciento más rico acumula el 45,6 por ciento de los mismos".

Las estadísticas muestran un trazo muy grueso de nuestras falencias sociales. Basta escudriñar un poco en otros fenómenos sociales y microeconómicos, para obtener un diagnóstico en algunos casos estremecedor. Es menester considerar también que los programas asistenciales están orientados al quintil más pobre de la población, lo que deja fuera al segundo quintil más pobre y a una debilitada clase media. En estos dos casos, aun cuando los problemas sociales son también de urgencia, el Estado no ha tenido, y no tendrá en el futuro próximo, los recursos para su asistencia. La solución de estos problemas no los resolverá el crecimiento económico -lo que fue probado durante la década pasada, en la que tan sólo se suavizaron los extremos de la inequidad- sino que requeriría de un profundo vuelco en la política económica.

La precaria situación de la salud pública y los indigentes pueden ser los más agudos en un raudal de otros problemas. Una mirada a la coyuntura más inmediata nos lleva a detectar serias trabas en la educación superior o en el sistema de pensiones, las que, tarde o temprano, los gobiernos habrán de desatar.

Es posible atribuir el actual giro discursivo a una estrategia electoral de mediano plazo. En política, como en otras actividades, abunda el cinismo. Pero también hay otros motivos que ningún gobierno podrá, más allá de sus doctrinas y programas, dejar de tener en cuenta. El malestar social es un síntoma -con características de síndrome- cuyas causas son bastante evidentes. Sin políticas capaces de suavizar el aumento de las desigualdades, de la exclusión, cualquier iniciativa se verá, tarde o temprano, malograda.

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