Año 2, N.40. Domingo 20 de Julio de 2003
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Columna de Economía
Los populistas a veces tienen razón
( Escribe Joseph Stiglitz )"La teoría económica apoya el IVA sólo si no hay que preocuparse por la distribución y si se puede imponer a todas las mercancías. No se necesita tener un doctorado en economía para reconocer que en los países en desarrollo no se pueden gravar todas las mercancías. Además, la equidad debe ser una preocupación"


Joseph Stiglitz

A los países en desarrollo con frecuencia se les sugiere (o se les ordena) llevar a cabo reformas recomendadas por "expertos" llamados "tecnócratas" y que suelen tener el respaldo del FMI. A la oposición a las reformas que estos proponen generalmente se le tacha de "populista". A los países que no adoptan esas reformas se les acusa de pusilánimes o carentes de voluntad política y pronto sufren las consecuencias: tasas de interés más elevadas al pedir préstamos del extranjero.

Pero veamos de cerca algunas de esas propuestas "tecnócratas": muchas están basadas con más frecuencia en la ideología que en la ciencia económica. Por supuesto, los tecnócratas pueden hacer que una planta de electricidad funcione mejor. El objetivo es sencillo: producir electricidad al menor precio posible. Eso es principalmente un asunto de ingeniería, no de política. Las políticas económicas no suelen ser tecnócratas en este sentido. Tienen que ver con opciones: algunas conducen a mayor inflación pero menor desempleo; algunas ayudan a los inversionistas, y otras a los trabajadores.

Los economistas llaman "Pareto eficientes" a las políticas donde nadie puede mejorar sin que alguien empeore. Si una política es mejor que todas las otras para todos, es decir, no tiene alternativas "Pareto eficientes", se le llama "Pareto dominante". Si las opciones entre las políticas fueran exclusivamente "paretianas", es decir, si nadie empeorara al elegir una política en lugar de otra, serían, en efecto, puramente técnicas. Pero en la realidad, son pocas las opciones de política "paretianas". Más bien, sucede que algunas políticas son mejores para ciertos grupos, pero peores para otros. Políticas distintas benefician y perjudican a grupos distintos.

En el Este de Asia, por ejemplo, los rescates del FMI ayudaron a los prestamistas internacionales, pero golpearon duramente a los trabajadores y las empresas locales. Otras políticas podrían haber significado más riesgo para los acreedores internacionales, pero menos para los trabajadores y las compañías locales. Decidir cuál es la política que se debe escoger implica elecciones entre valores, no sólo cuestiones técnicas sobre qué política es "mejor" en un sentido moral indiscutible. Estas elecciones entre valores son políticas y no deben quedar en manos de los tecnócratas.

Claro que hay margen para el análisis técnico incluso cuando el elemento central de una decisión es de naturaleza política. Los tecnócratas pueden ayudar en ocasiones a evitar políticas "Pareto inferiores", es decir, políticas que hacen que todo el mundo resulte perjudicado. A veces hay políticas que pueden favorecer tanto el crecimiento como la igualdad, y la labor de un buen economista es buscarlas. El problema es que muchas de las políticas que los tecnócratas presentan como si fueran "Pareto eficientes" tienen fallas y hacen que mucha gente (a veces países enteros) salga dañada.

Veamos la letanía de ejemplos de privatización y desregulación de inspiración tecnócrata de los años noventa. La "reforma" bancaria, por caso, frecuentemente requirió rescates por parte de los gobiernos, y dejaron a unos cuantos mucho más ricos, pero a los países mucho más pobres. Esos fracasos sugieren que debemos tener menos confianza en las supuestas capacidades profesionales de los tecnócratas (o al menos no tanta como la que ellos tienen en sí mismos).

Pero también hay un punto más importante. Los procesos democráticos tienden a ser más sensibles a las verdaderas consecuencias de las políticas, a las elecciones que se hacen.

Por supuesto, algunas de las críticas a los remedios tecnócratas pueden ser habladuría populista, pero a veces contienen visiones que los tecnócratas en sus torres de marfil (y generalmente educados en los EU) no captan. Consideremos el caso de México, donde una propuesta para aumentar el ingreso fiscal mediante impuestos a los alimentos y las medicinas que consumen los pobres fue, lógicamente, rechazada por una legislatura democrática que tiene que rendir cuentas.

Rechazar esa propuesta no fue un caso de populismo desbocado. El problema lo tenía la propuesta. Quienes la defendían sostenían que la eficiencia requiere adoptar un impuesto integral al valor agregado. Los países industriales avanzados de Europa utilizan ese impuesto. Los países en desarrollo, afirmaban los tecnócratas, deben hacer lo mismo.

Pero hay una diferencia fundamental entre los países desarrollados europeos y los mercados emergentes: el tamaño del sector informal, del cual no se recauda el IVA. Esta enorme "economía negra" hace que el IVA sea ineficiente en la mayoría de los países en desarrollo. En efecto, dado que el IVA es un impuesto sobre el sector formal (los bancos, las fábricas nuevas, etc., que pagan salarios regularmente y cuyos gastos e ingresos se pueden rastrear fácilmente, lo que no sucede con los de los vendedores ambulantes, las empresas de pueblo y los campesinos pobres) obstaculiza el desarrollo.

La lógica es simple. Los países que imponen un IVA desmedido impulsan a la producción a permanecer en el sector informal, que frecuentemente es el que genera los bienes que se consumen en el país o que se utilizan como insumos en el mundo desarrollado. Pero es el sector formal el que produce los bienes manufacturados con mayor valor agregado que compiten con los países desarrollados.

Existen otras fuentes de ingresos vía impuestos en muchos países en desarrollo que son más equitativas y que distorsionan los incentivos económicos mucho menos que el IVA. Muchos países en desarrollo carecen de un impuesto al ingreso corporativo: las enormes utilidades de las telecomunicaciones, el cemento, y otros sectores monopólicos quedan libres de impuestos (si la preocupación es que pueda haber una doble tributación, podrían acreditarse los impuestos corporativos a los pagos de impuestos individuales). También se podría imponer impuestos a los bienes de lujo (muchos de los cuales son importados), promoviendo de esa manera la equidad sin asfixiar el crecimiento.

La teoría económica apoya el IVA sólo si no hay que preocuparse por la distribución y si se puede imponer a todas las mercancías. No se necesita tener un doctorado en economía para reconocer que en los países en desarrollo no se pueden gravar todas las mercancías. Además, la equidad debe ser una preocupación.

Así, la próxima vez que escuchemos protestas en la legislatura de una democracia emergente en contra de alguna propuesta "tecnócrata", hay que pensar con cuidado, antes de descalificar las dudas de los diputados como gritería populista. Tal vez los populistas son populares porque saben algo que los tecnócratas ignoran.

Columna de Economía
Los populistas a veces tienen razón
"La teoría económica apoya el IVA sólo si no hay que preocuparse por la distribución y si se puede imponer a todas las mercancías. No se necesita tener un doctorado en economía para reconocer que en los países en desarrollo no se pueden gravar todas las mercancías. Además, la equidad debe ser una preocupación"


Joseph Stiglitz

A los países en desarrollo con frecuencia se les sugiere (o se les ordena) llevar a cabo reformas recomendadas por "expertos" llamados "tecnócratas" y que suelen tener el respaldo del FMI. A la oposición a las reformas que estos proponen generalmente se le tacha de "populista". A los países que no adoptan esas reformas se les acusa de pusilánimes o carentes de voluntad política y pronto sufren las consecuencias: tasas de interés más elevadas al pedir préstamos del extranjero.

Pero veamos de cerca algunas de esas propuestas "tecnócratas": muchas están basadas con más frecuencia en la ideología que en la ciencia económica. Por supuesto, los tecnócratas pueden hacer que una planta de electricidad funcione mejor. El objetivo es sencillo: producir electricidad al menor precio posible. Eso es principalmente un asunto de ingeniería, no de política. Las políticas económicas no suelen ser tecnócratas en este sentido. Tienen que ver con opciones: algunas conducen a mayor inflación pero menor desempleo; algunas ayudan a los inversionistas, y otras a los trabajadores.

Los economistas llaman "Pareto eficientes" a las políticas donde nadie puede mejorar sin que alguien empeore. Si una política es mejor que todas las otras para todos, es decir, no tiene alternativas "Pareto eficientes", se le llama "Pareto dominante". Si las opciones entre las políticas fueran exclusivamente "paretianas", es decir, si nadie empeorara al elegir una política en lugar de otra, serían, en efecto, puramente técnicas. Pero en la realidad, son pocas las opciones de política "paretianas". Más bien, sucede que algunas políticas son mejores para ciertos grupos, pero peores para otros. Políticas distintas benefician y perjudican a grupos distintos.

En el Este de Asia, por ejemplo, los rescates del FMI ayudaron a los prestamistas internacionales, pero golpearon duramente a los trabajadores y las empresas locales. Otras políticas podrían haber significado más riesgo para los acreedores internacionales, pero menos para los trabajadores y las compañías locales. Decidir cuál es la política que se debe escoger implica elecciones entre valores, no sólo cuestiones técnicas sobre qué política es "mejor" en un sentido moral indiscutible. Estas elecciones entre valores son políticas y no deben quedar en manos de los tecnócratas.

Claro que hay margen para el análisis técnico incluso cuando el elemento central de una decisión es de naturaleza política. Los tecnócratas pueden ayudar en ocasiones a evitar políticas "Pareto inferiores", es decir, políticas que hacen que todo el mundo resulte perjudicado. A veces hay políticas que pueden favorecer tanto el crecimiento como la igualdad, y la labor de un buen economista es buscarlas. El problema es que muchas de las políticas que los tecnócratas presentan como si fueran "Pareto eficientes" tienen fallas y hacen que mucha gente (a veces países enteros) salga dañada.

Veamos la letanía de ejemplos de privatización y desregulación de inspiración tecnócrata de los años noventa. La "reforma" bancaria, por caso, frecuentemente requirió rescates por parte de los gobiernos, y dejaron a unos cuantos mucho más ricos, pero a los países mucho más pobres. Esos fracasos sugieren que debemos tener menos confianza en las supuestas capacidades profesionales de los tecnócratas (o al menos no tanta como la que ellos tienen en sí mismos).

Pero también hay un punto más importante. Los procesos democráticos tienden a ser más sensibles a las verdaderas consecuencias de las políticas, a las elecciones que se hacen.

Por supuesto, algunas de las críticas a los remedios tecnócratas pueden ser habladuría populista, pero a veces contienen visiones que los tecnócratas en sus torres de marfil (y generalmente educados en los EU) no captan. Consideremos el caso de México, donde una propuesta para aumentar el ingreso fiscal mediante impuestos a los alimentos y las medicinas que consumen los pobres fue, lógicamente, rechazada por una legislatura democrática que tiene que rendir cuentas.

Rechazar esa propuesta no fue un caso de populismo desbocado. El problema lo tenía la propuesta. Quienes la defendían sostenían que la eficiencia requiere adoptar un impuesto integral al valor agregado. Los países industriales avanzados de Europa utilizan ese impuesto. Los países en desarrollo, afirmaban los tecnócratas, deben hacer lo mismo.

Pero hay una diferencia fundamental entre los países desarrollados europeos y los mercados emergentes: el tamaño del sector informal, del cual no se recauda el IVA. Esta enorme "economía negra" hace que el IVA sea ineficiente en la mayoría de los países en desarrollo. En efecto, dado que el IVA es un impuesto sobre el sector formal (los bancos, las fábricas nuevas, etc., que pagan salarios regularmente y cuyos gastos e ingresos se pueden rastrear fácilmente, lo que no sucede con los de los vendedores ambulantes, las empresas de pueblo y los campesinos pobres) obstaculiza el desarrollo.

La lógica es simple. Los países que imponen un IVA desmedido impulsan a la producción a permanecer en el sector informal, que frecuentemente es el que genera los bienes que se consumen en el país o que se utilizan como insumos en el mundo desarrollado. Pero es el sector formal el que produce los bienes manufacturados con mayor valor agregado que compiten con los países desarrollados.

Existen otras fuentes de ingresos vía impuestos en muchos países en desarrollo que son más equitativas y que distorsionan los incentivos económicos mucho menos que el IVA. Muchos países en desarrollo carecen de un impuesto al ingreso corporativo: las enormes utilidades de las telecomunicaciones, el cemento, y otros sectores monopólicos quedan libres de impuestos (si la preocupación es que pueda haber una doble tributación, podrían acreditarse los impuestos corporativos a los pagos de impuestos individuales). También se podría imponer impuestos a los bienes de lujo (muchos de los cuales son importados), promoviendo de esa manera la equidad sin asfixiar el crecimiento.

La teoría económica apoya el IVA sólo si no hay que preocuparse por la distribución y si se puede imponer a todas las mercancías. No se necesita tener un doctorado en economía para reconocer que en los países en desarrollo no se pueden gravar todas las mercancías. Además, la equidad debe ser una preocupación.

Así, la próxima vez que escuchemos protestas en la legislatura de una democracia emergente en contra de alguna propuesta "tecnócrata", hay que pensar con cuidado, antes de descalificar las dudas de los diputados como gritería populista. Tal vez los populistas son populares porque saben algo que los tecnócratas ignoran.

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