Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
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A la espera de un movimiento telúrico
Una foto movida
(Por Oscar Valenzuela)Frente a la posibilidad cierta de que ocurra un terremoto en un corto plazo en algún lugar de Chile, bien vale la pena darle una mirada al estado actual de la tecnología antisísmica en nuestro país.


Y sin embargo se mueve. Condenados a vivir en un territorio de alta sismicidad, los temblores y terremotos ya son costumbre para los chilenos. No por nada, del total de energía liberada en todo el mundo por movimientos sísmicos durante el siglo pasado, el 46 por ciento corresponde a nuestro país. O sea, si en algo somos campeones mundiales es en terremotos. Como muestra está el de Valdivia, en mayo de 1960, que disparó los equipos de medición a 9,5 grados Richter, y lo colocó como el mayor jamás registrado. Por su culpa, todo el planeta quedó oscilando como un diapasón un año entero después del suceso, y la onda expansiva dio 30 veces la vuelta a la Tierra.

Frente a esta realidad, vale la pena preguntarse si estamos preparados para enfrentar una catástrofe de esa magnitud. Y la respuesta, como siempre en estos casos, resulta ambigua. Porque no es lógico que en un país que pierde entre 2,6 y 4 por ciento de su Producto Nacional Bruto (PNB) en cada terremoto, existan sólo cinco sismólogos, o que la especialidad sea impartida exclusivamente en la Universidad de Chile. Obviamente, falta más atención pública sobre el tema.


"El problema sísmico nacional tiene varias dimensiones que involucran diferentes disciplinas. Por una parte, está la caracterización de los distintos tipos de terremotos, la frecuencia con la que ocurren y tener claro cómo y dónde suceden. Esto es, en esencia, la dimensión preventiva, y tiene que ver con revisar las medidas que la sociedad toma para poder sentirse segura, porque como no podemos detener los terremotos, tenemos que vivir con ellos", señala Jaime Campos, responsable científico del Servicio Sismológico de la Universidad de Chile. Por otro lado, agrega "está la dimensión reactiva, que es poder dar respuesta cuando ocurre un terremoto. Para ello, la autoridad tiene que tener la información instrumental, entregada por un dispositivo de cobertura nacional robusto, que recopile los antecedentes y avise en cosa de minutos dónde ocurrió el epicentro". Claro que, por el momento, no existe esa red nacional segura. Es decir, hoy se hace todo lo que se puede con los recursos disponibles. Como toda la ciencia en nuestro país.

TERREMOTOS HIPOCRITAS

En términos de equipamiento, la Región Metropolitana es la mejor dotada, con dos redes de medición de movimientos sísmicos. Una análoga, con tecnología de los años 80 actualizada, que consta de 14 estaciones que transmiten sus datos por microondas en tiempo real a una central que los ordena; y otra denominada virtual, dividida en registradores que mandan su información vía módem o Internet. Esta última fue desarrollada en colaboración con especialistas de Noruega y es más lenta, pero tiene la gracia que revisa todas las estaciones del país de manera automática. Entre los lugares en que están instalados censores se cuenta Peñalolén, cerro Calán, el Colegio Alemán, los cerros San Cristóbal y Santa Lucía, un liceo en Pudahuel y el campus Antumapu de Agronomía, al sur de la capital.


Bastante más que las solitarias tres estaciones operativas y conectadas por Internet que posee el Servicio Sismológico de la Universidad de Chile para cubrir desde Arica a Vallenar. Una notable escasez, tomando en cuenta que se necesitan por lo menos cuatro censores sísmicos para lograr una información básica de la actividad telúrica, y más aún en una de las zonas donde se espera desde hace tiempo que ocurra un gran terremoto, debido a que ya ha pasado más de un siglo desde el último. En este sector existen también dos redes del departamento de Geofísica de la Universidad de Chile, que operan para fines de investigación, pero que no están directamente bajo el control del Servicio Sismológico.

Además, agrega Jaime Campos, la mayoría de las estaciones repartidas en el territorio nacional entre Antofagasta y Puerto Montt, se encuentran en el sector costero, pero faltan más datos de zonas al interior, sobre todo debido a que, si bien los terremotos cerca del mar son más comunes (terremotos de subducción), los que ocurren en las zonas centro y cordillerana históricamente son los que han causado más daño, aunque no necesariamente han tenido mayor magnitud. Son los denominados "terremotos hipócritas", como Chillán, en 1939, el que más vidas ha cobrado en nuestro país (alrededor de 30 mil) y que alcanzó una magnitud de 7,8 Richter. Otros ejemplos son Las Melosas, del Cajón del Maipo, en 1958 y el de Punitaqui, en 1997. En consecuencia, no hay por ahora un mapa detallado de la sismicidad en cada región, y sólo se cuenta con una norma sísmica homogénea para todo el país.

CONSTRUCCIONES SEGURAS


Otra arista del tema recae en la construcción antisísmica. De hecho, ya está lista para entrar en vigencia una nueva normativa nacional, que regula las edificaciones con aislamiento sísmico y determina qué desplazamiento pueden soportar. ¿Aisladores? Sí, tal cual. Son mecanismos compuestos de goma y acero en las bases de los edificios y deslizadores especiales, que independizan a la construcción de los movimientos que sufre el terreno. El boom de esta tecnología surgió tras el terremoto de Kobe, Japón, en 1995, cuando gran parte de la ciudad quedó dañada, pero dos construcciones piloto que tenían aisladores salieron ilesas de la prueba de fuego.

Un ejemplo de este tipo de edificios, según María Moroni, profesora asociada de Ingeniería Civil en la Universidad de Chile, existe desde 1992 en Santiago. Se trata de la comunidad Andalucía, ubicada en Lord Cochrane con Pedro Lagos. Son dos edificios residenciales idénticos, uno de los cuales cuenta con la tecnología antisísmica. La idea -iniciada por investigadores del departamento de Ingeniería Estructural de la Universidad de Chile- ha sido medir la respuesta de ambos ante los movimientos telúricos, y los resultados favorecen notoriamente al que posee aisladores. "Es poco factible que en Chile colapse un edificio. Sí es probable que se dañe, lo que el aislamiento es filtrar el temblor para minimizar estos daños", apunta.

También se utilizó un esquema similar para la Clínica de la Universidad Católica en San Carlos de Apoquindo y el edificio San Agustín, de la escuela de Ingeniería, en la misma casa de estudio. Esta última construcción, de cinco pisos, posee 42 aisladores y 12 deslizadores, lo que le otorga cinco veces más seguridad que una convencional, de acuerdo a los cálculos. Es decir, se espera que un sismo de gran magnitud, como el de 1960, no ocasione daños significativos en la estructura o el interior del edifico.

Pero esta técnica no sirve de mucho cuando se trata de estructuras de varios pisos, explica la profesora Moroni. Para esos casos, lo que se necesitan son los disipadores de energía, que actúan en lugares preestablecidos. Es una técnica usada en la mayoría de los nuevos puentes de la Ruta 5, como por ejemplo el Amolanas, camino a La Serena, con más de 100 metros de altura. Incluso se está estudiando la factibilidad de unos disipadores de cobre, fabricados en Chile. El único "pero" de ambas iniciativas hasta ahora es el costo, obviamente mayor que las construcciones convencionales.

Así que en cualquier lugar del país -aunque se habla del norte o de los alrededores de Constitución, como las grandes zonas donde probablemente se registre un sismo de gran intensidad- hay que tomarse las cosas con calma respecto a los terremotos. Porque hasta ahora, lo único seguro que sabemos de ellos es que, en algún momento, llegarán.

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