Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
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Ultima palabra
El asesinato, la locura y la culpa
( Escribe Marta Blanco )"Esto de vivir sufriendo Es como ser un gatito: A nadie le importa un pito Saber que te estás muriendo " Aulio Petenero Mina La Escarcha, Camaroncillo.

Chile no da para "la última palabra". Aquí todo va rodando y sigue, sigue. A nada le damos fin. Vivimos en gerundio.

El caso de hoy trata de nuestra desventura y desmesura. Hablo del llamado asesinato cometido por una madre contra dos de sus hijos. La última sobrevivió. La madre la tiró al canal y como no cayó adentro le lanzó un piedrazo en la cabeza. La niña lloró y lloró. Otros niños la encontraron. Está viva. La madre, de 26 años, confesó los crímenes. Tiene otros hijos. Del padre, nada. Es como un fantasma, una pura semilla gestatoria. La mujer es descrita como epiléptica, depresiva, maníaca y otros términos clínicos. Vive en la miseria, el desamparo y la locura.

En Francia, en la región de Los Vosgos, hace dieciocho años, una mujer mató a su hijo. Una obrera arribada, con citroneta y casa propia. Vivía en la región solitaria y montañosa y contó que al hijo se lo robaron frente a su casa. Pronto la policía descubrió el delito materno. Fue a la cárcel. La Duras, esa infernal Marguerite a la que no le venían con cuentos, saltó a la palestra y no puso el grito en el cielo porque no creía en cielos. Pero defendía al ser humano, el animal más raro del planeta, el más desvalido porque es el más genial, el más perverso porque sus potencialidades aún no terminan de conocerse. El ser humano que hace las cosas de que se espanta. La mujer salió libre, recuerdo. Tuvo otro hijo. ¿Sería loca?

Nadie habla de la inocencia de nuestra mujer. Se limitan a decir que es asesina. No estoy tan segura. Me atrevo a sugerir que nuestra sociedad de aflicción trastorna a muchos (de arriba y de abajo). Claro, los de abajo son la carne molida del escarnio social. No pueden alegar. No tienen defensa. Son el chivo expiatorio de las falencias sociales que nos acosan.

Lo único que sé y me obliga a escribir es que la mujer nació con epilepsia, lo que no la condena a ser una inútil si no fuera porque nunca se le hizo un tratamiento apropiado. Ha crecido como uno de esos niños selváticos que suelen encontrar los antropólogos. Esos que aúllan o maúllan porque los crió una mona -como Tarzán-, o una loba -el caso más áulico de Rómulo y Remo-; o una cierva -Genoveva de Brabante-. En Chile, Mario Kreutzberger mostró varios casos de niños con deficiencias mentales que vivían en gallineros o chancheras. Los padres, perdidos en las cordilleras del sur, no sabían cómo lidiar con esos hijos de sus entrañas que no parecían humanos. Y los trataban como lo que creían que eran: animales. Y los escondían para no perder su condición humana& Se sentían culpables y avergonzados.

O sea que escondemos el mal para que no nos manche y nos delate. Esa mujer que mató a sus hijos actuó fuera de sí. ¿Cómo puede ser culpable de asesinato, si para asesinar lo menos que se puede exigir es lucidez, conciencia de lo que se comete? Quisiera más antecedentes antes de condenarla a lo que ya está casi condenada. Quisiera saber quién le detectó la epilepsia, quién la trató, a qué hospital asistió. Quisiera saber quienes son sus padres y quién es el progenitor -o los progenitores- de los hijos que echó al mundo. Posiblemente, tal como los lanzó al canal, los lanzó al mundo y siguió existiendo en un estado de enajenación solitaria, expulsada del sistema por quienes adjetivaron científicamente su condición, declarándola maníaca. Pilatos es poca cosa& Si está loca, es inocente. Si está enferma ¿por qué no ha sido controlada? Si vive en la miseria sórdida de barriales tipo Zanjón de la Aguada, ¿no somos en parte responsables? Es probable que no sea una buena madre. Pero no es una persona entera. Está enajenada y quizás en qué mundo vive. No en el de quienes escriben sobre ella, lo aseguro.

Otro caso de locura ideopática es el del puente sobre el Canal de Chacao. No sé cómo pretendemos hacer un puente tipo ciudad de San Francisco rumbo a una isla a la que le faltan hartas cosas antes que un puente tan caro como largo. En Chiloé se necesitan planes de preocupación por la vida humana, no estos sueños empaquetados en nuestra vieja dislexia social.

Fábricas, escuelas, liceos, caminos, hospitales, mercado que compre lo que producen, casas y cines y teatros y multicanchas cubiertas para los días tan largos de lluvias inclementes. Esto hay que darle a Chiloé. Comunicación y trabajo. Profesores. Habitantes. Con dos mil vehículos al día no se paga ni un pilote del puente. Ya no podemos desglobalizarnos. Humanicémonos, entonces.

Lo urgente es preocuparnos de lo inmediato y feroz. La cantidad de locos sueltos, de gente que no recibe atención y algún día comete actos insensatos como el de la mujer invisible que lanzó una piedra a Gladys Valk. Le costó la vida a Gladys. Ahora vive la mitad de su vida. Que sea valiente, que se recupere lentamente, que tenga esperanza es bueno, pero no es el problema. Me alegro de su valor. Me asombro de su valor. Pero no me asombro ni me alegro de nuestra incapacidad para enfrentar la realidad. Abandonamos aquello que no tiene solución. Aquello, por supuesto, son los seres humanos.

He escrito sin antecedentes reales sobre la mujer que lanzó a sus hijos a un canal. Es necesario hablar de ella como quien es: una desventurada y solitaria enferma de la que nada sabemos, y por lo tanto nada deberíamos decir. Pero está en la cárcel en vez de hospitalizada. Quisiera establecer la responsabilidad de quienes la abandonaron a un destino invivible. La caridad, señores. Y la responsabilidad social. Todo ser humano necesita de la comunidad para sobrevivir en dignidad.

A veces pienso que el país debería internarse en un gran hospital antisueños, antidelirios, antiarrogancia. Un lugar donde las tarjetas de crédito no fueran más importantes que los antibióticos y los techos y las escuelas y las visitadoras sociales que recorrían los lugares de la pobreza para ayudar. No para convertir a Chile en estadísticas de fierro enlozado que acumulan decepciones y desesperanza sobre nosotros.

¿Un puente para celebrar el bicentenario? Una malla social que funcione sería más apropiada.

Y me faltó espacio para hablar del caso de Soto Tapia, otra demostración de nuestra neblina moral.

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