Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
InicioPortadaPublicidad¿Quiénes somos?
La tortura
(Por Francisco Martorell)


Hace muchos años, cuando vivía en Buenos Aires, manipulando el flash y sus pilas, tuve un repentino golpe de corriente. Me quejé delante de un amigo chileno y éste, preguntándome cuál había sido la intensidad del mismo, inquirió si era comparable al de la picana, el artefacto utilizado en las sesiones de torturas. Lo mire asombrado y le señalé que nunca me habían aplicado golpes de corriente y tampoco había sido torturado. Breves instantes después, boquiabierto, escuchaba atentamente y por primera vez, a mi amigo, relatar con lujo de detalles lo que había sufrido cuando apenas tenía 17 años en un centro clandestino de la DINA. El organismo represivo lo había secuestrado y torturado por la participación política que tenía su hermano. A pesar de la confianza entre ambos, no le fue fácil comenzar el relato de su experiencia.

En los ultimos días, otro amigo me envió una nota sobre sus vivencias cuando fue detenido en 1973. Lo que leí me sobrecogió. "Cuesta admitirlo -escribió- pero la verdad es que frente al terrible trance de ser llevado al martirio, en el fondo del alma uno deseaba que fuera el turno del prójimo, de cualquiera, incluso del más amigo, del compañero más querido y respetado, pero no el propio. Ojalá mi turno no hubiese llegado nunca. Pero llegó, justo el día que cumplí 18 años".

Nunca antes habíamos conversado sobre el tema. Lo llamé a su celular y me contó que había escrito las tres carillas la noche anterior -30 años después- y por ello, tal vez, su voz sonaba diferente. El proceso de contar su experiencia y trasmitirla, lo había tranportado a los días gélidos en que fue golpeado y vejado por la sin razón.

Tengo muchos amigos y amigas que sufrieron torturas en los 17 años que duró la dictadura. La mayoría de ellos, sin embargo, no cuenta lo vivido. Algunos, incluso, ni siquiera han compartido sus dramáticas vivencias a sus hijos o a sus parientes más cercanos. La tortura pasó a ser un tema tabú. ¿Por qué? Los seres humanos en general, salvo escasas excepciones, tienden a reprimir los recuerdos más tristes y la gente a su alrededor suele no preguntar sobre aquello que podría incomodar al que está sufriendo.

En el caso de la tortura, sin embargo, la situación es más perversa aún. Ocurrió algo similar con la reacción del niño golpeado o la mujer abusada, donde el flagelado se ve obligado a callar, reprimir su dolor y tragarse la humillación.

La sociedad chilena no dio espacios, tampoco en democracia, para que esa vivencia tarspasara la pared del silencio. Ni la Comisión Verdad y Reconciliación, ni la Mesa de Dialogo ni cierta Prensa, le dio importancia a una de las prácticas más masivas y perversas que se desarrolló durante los tres lustros en que los DDHH fueron pisoteados. El torturado, entonces, tuvo que masticar su dolor, internamente, no fue reparado por lo que sufrió o las secuelas que le dejaron los golpes.

Recién tras el 98, cuando el general Pinochet fue detenido en Londres, apareció la cara de la tortura y los que la padecieron se juntaron para levantar su voz y hacer presentaciones judiciales. Ahora, finalmente, los casos han comenzado a conocerse. Al igual que aquellos menores abusados, que se enteran décadas después de su sufrimiento infantil, los torturados encuentran un espacio apto para contar lo sucedido y son escuchados con atención, sin temor a ser discriminados. No se sienten culpables de haber sido los protagonistas de una trama macabra que se impuso a sangre y fuego. Como sí sintieron en los años anteriores.

¿Era fácil para un ex preso político, con el síndrome de la tortura a cuestas, vivir en una sociedad que se había acostumbrado a que los que pensaban distinto al régimen de Pinochet eran terroristas? No. Tampoco son héroes. Fueron, simplemente, quienes les tocó vivir una de las peores caras de la violencia. Y ello debe ser reparado. La tortura, tanto física como sicológica, deja huellas imborrables. La vida de un joven o de una mujer, hasta de niños, fue marcada por un grupo de ciudadanos que creyó que su método era apto para generar el terror.

Uno de los argumentos de las últimas semanas es que estos hechos, muchos ocurridos hace 30 años, son dificiles de probar. ¡Por favor! Con voluntad se puede. Las señas de todo lo ocurrido está presente. Basta ver las listas de detenidos. Si una persona estuvo presa en un lugar y en ese sitio se torturaba arbitrariamente, es obvio que fue sometida al flagelo, aunque sólo haya escuchado los gritos de los otros.

Un país que vivió la violencia sale del mismo hablando de lo sucedido, y asumiendo cada cual su responsabilidad en lo acaecido. A 30 años del golpe militar nada de lo ocurrido antes del 11 de septiembre puede justificar las acciones que desembocaron en la violencia del Estado contra chilenos desarmados y desamparados. Sobre esa base se puede cimentar el nunca más. Lo otro es retórica.

Casos
A 30 años del golpe
Rabie
Cuba
Buscador

Ingrese una palabra
Ediciones Anteriores
Columnistas
Redactores
Sala de diálogo
Regístrese

Reciba en su correo a "El Periodista"

Otros artículos de
El Periodista S.A. Derechos Reservados
Presidente del Directorio: Eugenio González Astudillo - Director: Francisco Martorell - Editora General: Francisca Celedón
Dirección: Sótero del Río 541, oficina 519 Santiago de Chile.
Teléfono: (56 2)662 14 51-662 14 59 Fax: (52 2) 696 88 52.
director@elperiodista.cl

Sitio desarrollado con Newtenberg Engine