Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
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LOS SUEÑOS PERDIDOS
( Escribe Patricia Santa Lucia )Los que representábamos el 40 por ciento de los votos en 1973 creíamos posible construir una sociedad sin clases, donde viviera libremente un hombre nuevo y solidario que permitiera a cada uno entregar según sus capacidades para recibir según sus necesidades. Los socialismos reales y las nomenclaturas inspiradas en éstos se encargaron de destruir esos sueños, nos enseñaron que la propiedad estatal de los medios de producción no soluciona automáticamente todos los problemas y, lo más grave, que hasta ahora la democracia sigue siendo el sistema menos imperfecto que existe.

Todo ha cambiado. Treinta años atrás creíamos que la tierra debía ser para el que la trabajaba, que siguiendo los consejos del doctor Spock tendríamos hijos felices que nos querrían más que lo que nosotros queríamos a nuestros padres, que lo más grave de hacer el amor libremente era el embarazo o la pérdida de la virginidad. No nos imaginábamos que de ingleses pasaríamos a ser los japoneses de América Latina, que los personajes más respetados en el país serían los operadores y recaudadores de fondos para las campañas políticas, que los políticos y líderes ya no serían los más sabios sino los mejores relacionadores públicos, los que no leerían nunca un libro y se moverían de una campaña a otra sin descanso. Que las universidades triangularían fondos para sobresueldos, venderían títulos a los dirigentes políticos, se consideraría un mal manejo administrativo recibir dinero en efectivo de las empresas constructoras para colaborar en la construcción de carreteras y que nos inundaríamos todos los años, porque sale más barato ayudar a los damnificados que construir canales para las aguas lluvias.


Los que representábamos el 40 por ciento de los votos en marzo de 1973, creíamos posible construir una sociedad sin clases donde viviera libremente un hombre nuevo y solidario que permitiera a cada uno entregar según sus capacidades para recibir según sus necesidades. Los socialismos reales y las nomenclaturas inspiradas en éstos se encargaron de destruir esos sueños, nos enseñaron que la propiedad estatal de los medios de producción no soluciona automáticamente todos los problemas y, lo más grave, que hasta ahora la democracia sigue siendo el sistema menos imperfecto que existe. Pero aprendimos que ninguna dictadura es buena, sea del proletariado, de la mayoría sobre la minoría, de los militares o de los líderes mesiánicos. No sólo porque llevan consigo la muerte, la tortura y la exhumación, porque puedan jugar con la vida y el dolor, sino porque excluyen, limitan el desarrollo creativo de los que no tienen voz, niegan la diversidad y reproducen en el poder a una minoría que progresivamente va concentrando a los más ineptos, estúpidos e inescrupulosos. Sin crítica y sin verdad se genera un microclima autocomplaciente alrededor de los dictadores que los hace creer que la adulación proviene de sus encantos y capacidades, que son omnipotentes, que saben de todo, que son los mejores nadadores, deportistas o amantes y que lo harán bien en cualquier cargo de Gobierno y en cualquier área del conocimientos sin leer o estudiar. El sol ilumina sus corazones. Nada más lejos de las actuales exigencias del mundo basadas en el desarrollo del conocimiento, de las ideas, de la diversidad y de la innovación.

En democracia no hay represión masiva, hay parlamento y elecciones populares, pero un régimen democrático puede asumir los otros rasgos que caracterizan a las dictaduras, permitiendo también gobernar a los más ineptos e inescrupulosos. Esto ocurre cuando se crean mecanismos para la reproducción en el poder de los mismos de siempre, cuando éstos no informan verazmente y no hay mecanismos de fiscalización y control de la ciudadanía. Cuando no hay prensa libre, porque la controlan un par de grupos económicos, cuando los parlamentarios defienden intereses de las corporaciones trasnacionales o grupos económicos donde son accionistas, cuando los funcionarios de Gobierno defienden los intereses de las empresas privadas y no del bien común, cuando ex funcionarios de Gobierno se dedican al lobby usando sus contactos políticos para privilegiar grupos económicos. Cuando se miente a la ciudadanía, cuando se impide que ésta conozca el uso efectivo de los recursos fiscales a los que contribuye con el pago de sus impuestos. Cuando no se eligen los cargos de Gobierno por concurso público, de acuerdo al talento de los postulantes y se mantiene a funcionarios incompetentes que reciben sueldos a cambio del silencio o pago de favores. Cuando los partidos políticos populares no permiten que jóvenes y nuevos rostros se incorporen a sus direcciones, cuando no cuentan con mecanismos de militancia, núcleo o célula, formas de participación, asamblea, activo o ampliado y cuando no hay canales para criticar a los dirigentes. Cuando finalmente, aún las elecciones, esencia de la democracia, están controladas por los que cuentan con recursos para ganarlas y cuya procedencia es desconocida para la militancia y la ciudadanía. No hay democracia cuando, en pocas palabras, la clase dirigente está enquistada en el poder y cumple el papel de representante de las corporaciones trasnacionales y los grandes grupos económicos frente a los electores y su papel es sólo servir de colchón amortiguador de las necesidades de las grandes mayorías excluidas.

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