Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
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Reactivación económica
El síndrome del espejo retrovisor
( Escribe Paul Walder )La ciencia económica en boga ha pasado a ser una disciplina que parece mirar por el espejo retrovisor, cuyas visiones difícilmente es capaz de proyectar hacia el futuro. Un complacido Nicolás Eyzaguirre adelantaba hace dos semanas la reactivación económica y aseguraba que el producto nacional se hincharía en cuatro por ciento este año. Padecía de otra distorsión de este espejo: "Los objetos están más cerca de lo que parecen".

Los economistas hoy no consiguen mirar hacia delante: sólo ven deseos, no realidades. La ciencia económica en boga ha pasado a ser una disciplina que parece mirar por el espejo retrovisor, cuyas visiones difícilmente es capaz de proyectar hacia el futuro. Aquellos nuevos prelados, que no son capaces de soltar el bastón ideológico del libre mercado, han venido señalando el porvenir pese a su creciente ceguera. Los errores en sus oráculos -porque ya no es posible hablar de proyecciones- nos muestran de manera bastante explícita la incapacidad de dibujar un horizonte. Despojado de guías, en materia económica el país va dando palos de ciego.

Las últimas semanas han revelado de forma patente esta confusión. No hace falta contar con muy buena memoria para recordar la euforia por las cifras de los primeros meses del año. Hacia mayo y junio, todo parecía estar a punto. La reactivación económica -no sólo se dijo; se pregonó- estaba a punto de germinar. Un complacido Eyzaguirre adelantaba hace dos semanas que el producto nacional se hincharía en cuatro por ciento este año. Padecía de otra distorsión del espejo retrovisor: "Los objetos están más cerca de lo que parecen".

El Banco Central fue el primero en acabar con esta embriaguez de deseos. El Imacec de mayo creció apenas un 2,5 por ciento cuando las consultoras y técnicos profetizaban un punto más. Y fue sólo el inicio del descenso, aun cuando la cumbre alcanzada existía más en los sueños que en las realidades. Aparecieron más tarde las ventas del comercio, que crecieron en junio apenas en 0,3 por ciento tras haber venido anotando números bastante más abultados. La aparente energía de los primeros meses del año está agotada.

Los pregoneros de la reactivación ahora esconden la cabeza y olvidan sus profecías. En junio el Imacec sería bajo, de un 2,2 por ciento, lo que lleva los promedios a rangos muy similares al de los años precedentes. La economía chilena, empantanada desde la crisis asiática, se resbala en el mismo lugar. Que crezca a este ritmo -porque crece, según lo recuerdan con rigurosa periodicidad nuestras autoridades del ramo- no resuelve los problemas. Entendemos que Japón, Estados Unidos o Alemania exhiban estas -o menores- tasas de expansión en sus productos. ¿De qué le sirven a un país como el nuestro?


Cuando cada mes el Instituto Nacional de Estadísticas publica sus cifras de desempleo escuchamos la satisfacción oficial. Un deleite que sólo puede tener una relación con los números, porque la masa de desocupados -acaso con pocos miles menos- permanece sobre el medio millón de personas.

Por aquí podemos acercarnos al estado de las cosas. También por la poca respuesta que las autoridades de Educación obtuvieron con el llamado a reprogramar los créditos fiscales o tal vez con la convocatoria que han hecho las organizaciones sindicales a un paro general el próximo 13 de agosto. Un malestar silencioso pero muy profundo ha movilizado a los anquilosados sindicatos. Un fastidio social que se mantendrá más allá del éxito o fracaso de la convocatoria. Chile lleva su procesión por dentro.

Los créditos de consumo, para deleite de la banca y los oficiantes del modelo, crecieron en junio un doce por ciento respecto a junio del 2002, expansión que no se repite en el resto de las colocaciones, las que, en promedio, mantienen una evolución casi plana. Mientras la empresa no pide nuevos préstamos, el consumidor sí lo hace. Pero aquí salta una nueva perversión: no los gasta en consumir.

El fenómeno, que no es nuevo sino que tiene ya varios meses en proceso, ha sido foco de atención de algunos especialistas, que ven en el auge crediticio una tabla de salvación para los ya endeudados. Conseguir nuevos créditos para pagar los viejos -aun cuando las tasas sean hoy menores que las pasadas- no es un ejercicio saludable. En esta bicicleta siempre se acaba dando tumbos en el suelo.

La publicidad a veces trasluce el drama que intenta ocultar. El aviso radiofónico de una financiera llama en estos días abiertamente a los consumidores a obtener créditos para pagar sus antiguas deudas. Pregona a los cuatro vientos una actividad que no puede ser más peligrosa. No sólo para el incauto o desesperado que acepta la invitación; también lo es para todo el sistema financiero. La cadena se rompe por el eslabón más débil.

El consumidor, el disputado cliente, figura que ha inspirado toda el andamiaje de la gestión y el marketing empresarial, es ya un limón exprimido. Las políticas de atención al cliente terminarán por liquidarlo. La industria de la publicidad y el afecto, el marketing directo, se cobra sus comisiones. Y patalea como pocos pueden hacerlo cuando se les insinúa un recorte.

Las tiendas de departamentos y otras cadenas con solvencia financiera tienen en circulación unos seis millones de tarjetas de crédito, las que, según el discurso paternalista y afectuoso, disfrutan quienes no poseen los plásticos bancarios. ¡Qué muestra -digo yo- de solidaridad empresarial! Un deleite que, sin embargo, termina con el pago de la primera cuota. La tasa de interés que cobra el Banco Central es de 2,7 por ciento mensual; y algunas casas comerciales elevan la suya hasta en once por ciento mensual. Sin normas que las regulen, el cariñoso marketing se trastocará con el tiempo en una profunda repulsa. Y cómo no. Con estas tasas de interés, el consumidor termina pagando más que el doble. Es como si comprara dos artefactos. Simple aritmética que se expresa en un abuso sin ley y tiene, huelga decirlo, agotada a la clientela.

Los teólogos del libre mercado -qué más libre que aquellas tasas de interés sin regulación- claman al cielo por la reactivación en el consumo. Cruel paradoja, cuando ya han masacrado al consumidor.

El nuevo discurso teológico intenta cubrirse de retórica científica, como si ésta pusiera a la economía de mercado en una doctrina infalible. Roland Barthes ya lo había dicho varias décadas atrás. Por más que se quiera, hay un sujeto detrás del discurso. "Toda enunciación supone su propio sujeto". La objetividad del discurso económico es una ilusión, por tanto, por muy críptico o cientificista que éste sea, lo que hay detrás es una voluntad y un beneficio. Los desaciertos de las últimas semanas dejan entrever con demasiada evidencia y pese a su aparente asepsia ideológica, los intereses ocultos tras el pertinaz dogma.

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