Año 2, N.41, Domingo 3 de Agosto de 2003
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La Maldición del Perla Negra y Cerca de la Libertad
La pantalla ecléctica
(Por Leonardo Navarro)Dos cintas muy disímiles, pero extrañamente emparentadas en su oposición son la mejor oferta de la cartelera actual, ambas obras que dejarán satisfecho por igual al espectador casual y al cinéfilo que busca con ansía una película que deje buen sabor de boca.


En el cine moderno hay muchos géneros que antaño fueron un gran suceso y que de pronto reviven a partir de una cinta comercial y artísticamente exitosa, hecha con primor, buen hacer y respeto -y una pizca de falta de él- por los cánones del género en cuestión. Sucedió con el western a principios de los 90, con las películas sobre la segunda guerra mundial a fines de la década y ahora es el turno de las historias de piratas, de la mano de esa entretención magnífica que se llama "Piratas del Caribe. La maldición del Perla Negra".

El cine de piratería vivó ciertamente una época maravillosa en lo que se ha dado por llamar los años dorados del cine, ese período comprendido entre los inicios del cine sonoro y finales de los 40, donde imperaba el star system y Errol Flynn era, por supuesto, el caballero pirata por excelencia. Difícil es olvidar su magnífico papel en "El capitán Blood" (1935), donde encarnaba a un tipo sencillo devenido en pirata por cosas del destino, y que tiene más factor en común con la aventura que nos ocupa ahora.

Tal como antes se basaban las cintas en libros -y "El capitán Blood" era una novela del genial italiano Rafael Sabatini, hoy desconocido para la masa adolescente que era su público de antaño-, hoy la moda es inspirarse en otros medios masivos, como los videojuegos, los comics o, más raro aún en el caso de Piratas del caribe, en una atracción de un parque de diversiones. Sí, como lee, porque la cinta que protagonizan Orlando Bloom, Johnny Depp, Geoffrey Rush está basada en un conocido espectáculo de Disneyworld, donde los piratas son esqueletos vivientes. Demás está decir que llevar esta idea al cine era difícil y arriesgada, porque las posibilidades de convertirla en un bodrio ridículo eran muy altas.


Para fortuna de los ejecutivos del estudio, el guión es muy entretenido: el gobernador de Jamaica llega a la isla con su hija Elizabeth de 10 años y su barco recoge a un niño naufrago. La pequeña descubre que lleva un medallón pirata, el cual le roba para que no le hagan nada, y ve entre la bruma a un barco totalmente negro, con las velas harapientas: el Perla Negra, una nave del cual dicen que está maldito. Pasan 10 años y la niña es una bella joven, cortejada por el mayor oficial naval de la isla -ascendido ahora a comodoro, de seguro gracias a su dura mano con los piratas- y secretamente amada por Will turner, el niño que ella salvó y que ahora es un diestro forjador de espadas.

Jack Sparrow, un solitario capitán pirata algo loco, llega a Port Royal con la idea de robar un barco y conseguir tripulación. Su camino se enreda con el de Elizabeth cuando la salva de ahogarse, y con el de Will, cuando éste logra detenerlo en un delicioso duelo de espadas. Esa noche, el Perla Negra ataca y la tripulación se lleva a la muchacha. El enamorado Will recurre a Sparrow, quien parece saber mucho sobre el barco y lo libera bajo la promesa de que le ayude a rescatar a su amada. Ella, mientras, conoce a Barbosa, el capitán del barco maldito, esa misma noche descubre la verdad: a la luz de la luna, la tripulación se convierte en esqueletos merced a una maldición azteca puesta sobre el oro de Hernán Cortés, que estos piratas robaron hace una década; la única forma de romper el hechizo es reuniendo todas las piezas de oro -el medallón era la última que faltaba- y haciendo un sacrificio de sangre, que los villanos esperan sea la chica.

De aquí en más la cinta es una sucesión de entretenidas peleas, aventuras, persecuciones y dobles juegos, haciendo gala de un conocimiento de todos los tópicos de las historias de piratas: el código de honor pirata, el viaje a la isla Tortuga para reclutar tripulación, el capitán malvado pero ético y, el pirata -Sparrow- que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario -o sea, juega sólo para su equipo, que es de un solo miembro, como el viejo Long John Silver-, la caminata por el tablón, el abandono en la isla desierta, la cueva repleta de tesoros, la isla de ubicación misteriosa con nombre siniestro, etcétera, etcétera.

Lo más curioso de esta superproducción es que los principales actores son conocidos por sus trabajos en películas premiadas, de una calidad artística superior al promedio, o que entran dentro de esa extraña categoría que los yanquis llaman arte y ensayo, y aquí se denomina cine arte (como si todo el cine no lo fuese).


A Bloom lo conocemos por ser el Legolas de "El señor de los anillos", de Peter Jackson, pero antes trabajó en algunas cintas de su natal Gran Bretaña que definitivamente no eran muy comerciales. Geoffrey Rush se hizo conocido e el mundo entero por su oscarizado protagonismo en "Claroscuro" (Shine), la biografía del pianista David Hefgott, al que siguieron papeles en "Elizabeth", "Shakespeare enamorado", "Letras prohibidas: La leyenda del marqués de Sade" y "El sastre de Panamá", dirigidas respectivamente por Shekkar Kapur, John Madden, Philip Kaufman (La insoportable levedad del ser, Henry y June) y John Boorman (Excalibur), autores con currículum y respetados por los festivales internacionales de Europa, esos que dan prestigio intelectual. Y Johnny Depp, que empezó en "Pesadilla en lo profundo de la noche" (la primera de la serie de Freddy Kruger) y la serie de TV "21 jump street", en los noventa tomó un rumbo más aventurado, primero de la mano de Tim Burton y su "Joven manos de tijera" (y repitió como protagonista del mejor trabajo de Burton: "Ed Wod"), para luego ser dirigido por Emir Kusturica en "Sueños de Arizona", Jim Jarmusch en "Dead Man" -ese western existencialista-, hacer trabajos de perfil más bajo como "Benny y Joon" o "Don Juan de Marco", y labrarse una carrera de artista selectivo que recién ahora parece abandonar.

Tras las cámaras, el responsable final es Gore Verbinsky, un nuevo talento que ya sorprendió gratamente a principios de año con la cinta de terror "El aro", y que ahora demuestra una versatilidad a toda prueba, así como una destreza en la puesta en escena y un cierto gusto por lo clásico, tamizado por una sensibilidad moderna -que se refleja en la lucha entre Sparrow y Turner en las vigas de la herrería-, además de un vigoroso sentido del ritmo. Su trabajo podría definirse como una estilización de los lugares comunes que eleva definitivamente la categoría de sus obras por sobre el promedio al que los géneros que ha tomado hasta el momento se ven constreñidos en la opinión de la crítica.

VUELTA EN U

Pero un caso totalmente contrario al de Verbisnky y compañía es el que encontramos en el cineasta australiano Philip Noyce, que hace el camino inverso al de los actores. Conocido por ser un director definitivamente comercial, un artesano más que un artista, cuenta entre sus haberes la realización de "Juego de Patriotas", "Peligro inminente" -las dos cintas sobre el agente Jack Ryan que protagonizó Harrison ford- y "El Santo". Es el director que uno pensaría para la siguiente aventura de James Bond o para una película con mucha acción, alto presupuesto y nombres rimbombantes en pantalla. Por eso sorprende ver que su último trabajo en una cinta tan modesta, sencilla, quitada de bulla y sin embargo apabullante como "Cerca de la libertad" (Rabbit Proof Fence).


Esta es la historia de tres pequeñas mestizas en la Australia colonial de entreguerra, cuando las políticas raciales inglesas aún prevalecían sobre la población. En este marco, una normativa del Protector de los aborígenes -el cargo que ostentaba el funcionario colonial que debía controlar las vidas de los ciudadanos de tercera clase del imperio- estipulaba que los hijos medio blancos de los negros del desierto australiano debían ser arrebatados del lado de sus madres o padres no caucásicos y trasladados a una escuela reducto donde recibirían educación -esto es: obligación de no volver a hablar su lengua nativa, enseñanza del cristianismo, entrenamiento para realizar labores domésticas- acorde con su condición semiaceptable, evitando también un nuevo cruzamiento con nativos.

Así, Molly, su hermanita Daisy y su prima Gracie son separadas -secuestradas la verdad- de sus madres y trasladadas a un refugio que está a 1200 kilómetros de sus tierras ancestrales. Allí les espera el señor Neville, el Protector imperial, quien decide si son o no suficientemente blancas para ir a la escuela, y a quien todas las niñas del lugar llaman "señor Devil" (Diablo, en inglés).

Molly ya tiene casi catorce años y un espíritu terco e indomable y convence a las otras niñas para hacer una fuga y llegar al lado de sus madres. La travesía la hacen siguiendo la cerca a prueba de conejos del título original, y que sirve para el delicioso juego de palabras del nombre de la cinta en español. Esta cerca fue hecha por los pastores y granjeros australianos a principios del siglo XX, para evitar la temible plaga de conejos que invadió la isla en ese período y que alteró dramáticamente el equilibrio ecológico marsupial del subcontinente. Los conejos, más aún que los canguros, consumían la hierba que alimentaba a las ovejas y los sembradíos, por lo cual crearon esta extensa valla que recorría la isla de océano a océano. Gracias a ello, Molly sabe que si sigue la división, llegará a su territorio, que se halla justo en el camino de ésta. Su único peligro es el infalible rastreador indígena con el que cuenta Neville y los patrullajes de la policía, que ya saben el camino que las niñas toman.

Narrada con una notable escasez de diálogos, Noyce brinda un filme sencillo y bello, magistralmente fotografiado e increíblemente actuado por las tres pequeñas niñas que hacen los roles principales. La austeridad del paisaje empapa la cinta con una sensación de autenticidad y en muchos momentos la película tiene ribetes documentales -valga como ejemplo la escena del llanto de las madres al arrebatarles sus hijas, que inequívocamente está registrando una forma de lamentación ritual-, pero por ello mismo la imagen se enriquece con cada plano, tan cuidadosamente elegido, que parece haber sido puesto ahí por gracia divina, pues nunca llegan a interferir las panorámicas con el relato ni hay un engolosinamiento con la belleza del paisaje.


El único detalle que "delata" el pasado de su autor es la presencia de Kenneth Branagh como el oficial inglés, un actor que es capaz de brindar carisma aún al más insípido personaje. Branagh, leyendo las líneas de un hombre civilizado y hasta sensible, es capaz de expresarnos la monstruosidad de un pensamiento y un estilo de gobierno que hasta la década del 60 era la norma mundial.

El vuelco de Noyce y la sorpresa que causa la contención de su trabajo, así como su belleza en contraste con su obra más extrovertida como director de cine de acción, pero también de interés estético, obligan a repensar los estereotipos que uno tiene cuando va a ver una cinta de fulanito o menganito.

La otra clara ventaja de "Cerca de la libertad" es que aún los niños pueden tener interés en esta hermosa y bien contada historia -basada en hechos tristemente reales- sobre la fuerza de voluntad y el amor.

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