Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003
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"La condición humana"
...Y nada más que la verdad
(Por Marcelo Miranda)Desde hace un mes que se presenta, a tablero vuelto, una obra que convierte al público en actor y que lo obliga a reflexionar sobre un hecho, dramático, que lo transporta a nuestro pasado más inmediato.

Imagine que corre el año 1976 y que usted se encuentra en Sao Paulo.


Su viaje no le retendrá más de cinco días en la ciudad; pero aun así está muy nervioso: pese a que la prensa está acallada, todo el mundo sabe que durante la última semana ha habido secuestros, allanamientos, balaceras y asesinatos en las calles patrulladas por los agentes de seguridad del tirano Joao Figueiredo.

Por una de esas vueltas del azar, usted se encuentra con un viejo amigo y, después de un par de copas en un bar, y completamente de acuerdo en que la afición mutua por el arte dramático es irresistible, éste le invita a una función de teatro.

La obra es de un autor desconocido. El argumento no es una maravilla, pero la actuación y la escenografía son sólidas y convincentes.

Usted y su amigo están asistiendo a la tercera escena del segundo acto cuando, inesperada y violentamente, un hombre irrumpe en la sala.

Se detiene la obra.

Líbido, jadeante y sudoroso, el intruso recorre la platea. Tiene los ojos desencajados por el miedo. Afuera se escuchan sirenas. El hombre explica a gritos que los agentes de Figueiredo lo quieren matar y que por favor le ayuden.


El público no sabe qué hacer. Un barullo se apodera de la sala. Un tipo sugiere que lo mejor es entregar al hombre a la policía y no pasar por cómplices. Otro reclama que pagó su entrada y que no es su problema. El de más allá trata a todos de "tropa de cobardes" que no anda pensando más que en su propio pellejo.

Los actores detienen la discusión y sugieren que lo mejor es votar. La mayoría está de acuerdo. A mano alzada el público decide la suerte del perseguido.

Una vez realizada la deliberación, el hombre que hasta hacía poco no era sino un despojo humano transido por el pánico, sonríe, trepa al escenario y anuncia que la obra ha concluido.

EL CASO, EL DRAMA

El dramaturgo brasileño Augusto Boal logró con el "Teatro Invisible" una especie de trampa estética. Sin advertírselos convertía a los espectadores del público en actores; dejaba que cada uno se revelase en su auténtica naturaleza al ser enfrentado a una situación límite.


El arte del joven dramaturgo chileno Mateo Iribarren ha logrado llevar este recurso un paso más adelante en su obra "La Condición Humana": parte del público asistente asumirá como jurado para determinar la culpabilidad o inocencia de un imputado por homicidio; un público plenamente consciente de que ha asistido a una obra de teatro.

"La Condición Humana" en pocas líneas: luego de diez años de ausencia, un ex militante del MIR regresa a Chile convertido en un poderoso hombre de negocios. Una noche, durante la celebración de su cumpleaños se encuentra en su propia casa con el ex agente de la DINA que en el pasado lo violó, torturó e hizo desaparecer a su esposa embarazada. El ex agente es hallado muerto, asesinado de cuatro balazos con su propia pistola.

En el preámbulo del juicio se explica a los asistentes que deberán observar y atenerse sólo a las pruebas y a las declaraciones de los testigos, y no a las objeciones denegadas ni a los testimonios objetados; ya que al final de la obra once de los espectadores serán elegidos para conformar el jurado que dará el veredicto.

De este modo se da inicio a la acción de la "La Condición Humana".

La jueza, ecuánime y sistemática; el abogado defensor, histriónico y elocuente; la fiscal, rigurosa y sentimental; el secretario de actas, silencioso y determinado, conforman el cuerpo de la judicatura.

Allí estarán, presentando sus testimonios, el detective de la brigada de homicidios con sus pericias indagatorias y sus cuentas bancarias abultadas; la muchacha del MIR, con su pasado cruento y sus antecedentes psiquiátricos; el abogado socio del inculpado, nazi y elegante; la hija del ex mirista, punk y desencantada; el ex agente de la DINA, inválido y dubitativo; el inculpado, exitoso, pusilánime y delator.

También se encontrará allí el único testigo ocular de los hechos: un travesti que no ha sido llamado a declarar, y que irrumpe en la escena reclamando su derecho a ser tomado en cuenta.

En los alegatos finales el abogado defensor trata de persuadir al público acerca de la inocencia de su cliente apelando, entre otros argumentos, a la conversión ideológica irrestrictamente neoliberal de éste y a su animadversión por la venganza. La fiscalía, en tanto, emplaza al público a considerar las pruebas materiales, las razones motivacionales y los elementos históricos que demostrarían la culpabilidad del imputado.

Luego, elegidos por el azar, los miembros del jurado abandonan la sala durante diez minutos para tomar su decisión.

"La Condición Humana" lleva poco más de treinta funciones hasta el cierre de esta edición. En veinte oportunidades el acusado ha sido encontrado inocente.

El día 13 de septiembre próximo, a sólo dos días de la conmemoración de los treinta años del Golpe de Estado, la compañía dirigida por Iribarren realizará una de las dos últimas funciones de su temporada en Santiago.

Ese día, a las 20:00horas, en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende (Herrera 360 esq. Compañía) el público tendrá la oportunidad de pronunciarse acerca de la culpabilidad o inocencia de los protagonistas de los últimos años de la Historia de Chile.

EPILOGO


Para "La Condición Humana" se ha elegido una escenografía definida para sumir al espectador en un referente del todo distinto a las cuatro paredes de una Corte judicial. Los muebles estilo Segundo Imperio y la hermosa lámpara de lágrimas que pende sobre la sala, confieren al espacio escénico un matiz entre aristócrata y conservador que comunica a la escena un dejo entre íntimo y desusado.

Uno de los aciertos escenográficos de esta obra es el reclinatorio religioso que hace las veces de estrado para los que son llamados a declarar. Una declaración judicial tiene mucho de confesión religiosa.

Algunas interpretaciones, sin embargo, no alcanzan la altura de la obra. Además, la falta de un telón de fondo que defina mejor las imágenes de la proyectora de diapositivas que se emplea, no contribuye a potenciar el recurso concebido para reforzar los testimonios; como tampoco el vestuario del acusado, que aparece vestido de presidiario antes de ser dictada la sentencia.

Estos detalles de forma no resienten significativamente la obra del director Iribarren. "La Condición Humana" supera ampliamente la mayoría de las puestas en escena de los últimos años, e invita a las más profundas reflexiones acerca de la realidad de la sociedad chilena.

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