Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003

Paro de la CUT

Huelga en la Isla de la Fantasía

¿Qué logrará la CUT con esta movilización? Por cierto que no logrará sus objetivos, demasiado amplios, y tampoco podrá revertir el modelo económico. Pero ha logrado introducir, tal vez no en la agenda de los empresariales medios de comunicación, el malestar social, modelarlo y encauzarlo. El gobierno, que con tanta indiferencia observó la movilización, debiera considerarla como una tremenda y poco grata señal. Sobre todo si aún cree en la "gente".


Exito y fracaso. Las evaluaciones del paro nacional convocado por la CUT el 13 de agosto fueron las más predecibles y cada interesado sacó sus propias cuentas e interpretaciones. Mientras la televisión reporteaba la movilización cual temporal o terremoto en una pobre enumeración de los daños causados, autoridades gubernamentales, por un lado, y sindicalistas, por el propio, hacían sus interpretaciones. Fue, empero, una vana discusión de cifras que apoyaran los antagónicos calificativos.

A la vista de otros observadores, el paro fue parcial. Y no podía ser de otra manera. La CUT tomó una opción de alto riesgo al convocarlo el pasado 1 de mayo, aún cuando venía sondeando el clima laboral muchos meses atrás. No es lo mismo llamar a una concentración o apoyar una huelga de los gremios del sector público, de la salud o la educación. Llamar a un paro a los trabajadores del sector privado, altamente fragmentado, no sindicalizado, carente de redes sociales y temerosos por sus empleos, podía ser un grito perdido en la noche. Si se agregan los empleados a honorarios, informales, los subcontratados y todos los independientes, la tarea era aún más dura.

Por cierto que las cifras responden a esta realidad. Hubo una alta adhesión en los sectores que cuentan con una férrea organización sindical, pero en el sector privado la respuesta fue parcial. La nueva estructura laboral, que ha desmembrado las viejas organizaciones de trabajadores, impidió una respuesta. Pero evaluar el paro como un fracaso, como lo hizo el gobierno, es simplificar interesadamente los hechos. Hay numerosas variables que impidieron una respuesta masiva a la CUT, pero ninguna de ellas habla a favor del gobierno o de su programa económico. Cualquier observador -y el miércoles se escucharon a muchos- pudo ver en esta movilización un fuerte descontento con la situación laboral. Hasta lo admitió el miércoles por la noche el secretario General de la Gobierno. El paro no ha sido un capricho de la Central.

Algo que oprime, sofoca y amedrenta ha detectado la CUT. Una aflicción se extiende entre los trabajadores, desde los subempleados en la informalidad hasta aquel proletariado de cuello y corbata que pasa de diez a doce horas tras las pantallas del computador. Un malestar, cual dolencia crónica de difícil detección, que había impedido durante más de una década a las desarticuladas, desmemoriadas y desideologizadas organizaciones de trabajadores levantar una bandera de lucha cual refugio e identidad. Es tan complejo y extenso el disgusto y es tan difuso su responsable que la CUT, en un acto de notable reflexión y no menor amargo reconocimiento de los hechos, ha apuntado sus dardos hacia algo tan abstracto como la teoría neoliberal, compartida, claro está, por empresarios y gobernantes.

La afección social -a la vista de los hechos y al oído de sus intérpretes- es amplia y hoy también intensa. Hay un malestar económico, sin duda social, pero también íntimo. La dureza de las nuevas realidades laborales, del ingreso a empellones en la modernidad de los mercados ha desarmado no sólo a los trabajadores, también a los consumidores. El malestar, que puede tener su origen en el trabajo -o en la carencia de trabajo- se expande hacia las familias, al grupo social.

El malestar ha sido decaimiento y apatía. Una sociedad desmembrada que no ha tenido o no ha conseguido ver las vías de expresión. Es un fenómeno social que ni las organizaciones sindicales pueden reconocer con precisión, pero detectan con certeza su presencia. El caso de nuestra marca mundial en trastornos mentales, en el maltrato infantil o en los altos niveles de violencia intrafamiliar son claras señales que algo bajo nuestros pies nos llena de vértigo. Es una marca catastral recolectada desde los abismos - y no aparece en las tendencias de los informes y opúsculos oficiales-, que ha sellado a la cuarta parte de los santiaguinos como enfermos de algún tipo de neurosis, cifra que sube a casi un tercio en el caso de las mujeres. (El dato surge de un estudio de la Universidad de Chile de 1997, el que fue refrendado y amplificado el 2001 por un nuevo estudio realizado por la OMS).

El paro del miércoles 13 debiera inscribirse como un gran malestar nacional. Un paro que surge de la parálisis y el miedo (al desempleo, a los malos salarios y empleos, al atropello de los bancos y otras empresas de servicios&), una reacción que trasciende cualquier reivindicación puntual. Y si la hubo, ésta tuvo más características de pretexto que de sincera causa. Los motivos, como los ha enumerado la CUT, están en la colectividad pero también en la intimidad. Son subjetivos por lo diversos, y no por ello dejan de ser objetivos. Esta aflicción no procede del clima o una mala configuración astral: sus causas están bien identificadas y se pueden resumir en escasas palabras: modelo de libre mercado.

La CUT apuntó a la bandada. Es probable que el objetivo sea, precisamente, el modelo económico. No es tal o cual proyecto de ley, o norma o decreto. Son demasiados. Está desde la desembozada preferencia que ha tenido el gobierno por los empresarios -que ha tomado cuerpo en la agenda pro crecimiento-, a la poca o nula atención que ha hecho de las demandas sindicales (por ejemplo, las negociaciones del TLC con Estados Unidos se efectuaron junto a los empresarios pero a espaldas del resto de la sociedad civil); va por el proyecto de flexibilidad laboral, por el desmantelamiento de la carrera funcionaria a la fragilidad del empleo, por un nuevo trato laboral a mejores pensiones, por el hecho, bien simbólico, de que el ministro de Hacienda se reúna de forma periódica con las cúpulas empresariales mientras tramita y posterga cada reunión con los trabajadores. El modelo que tanto pavor infunde encierra una total incertidumbre respecto al futuro y recrea una profunda sospecha hacia las cúpulas de poder.

MALESTAR GLOBALIZADO


Chile había sido una isla. Tan real como la Isla de la Fantasía. Desde hace varias décadas autoridades, empresarios y algunos sociólogos han gozado con esta condición. Una isla cercana al sudeste asiático, más tarde a Europa y a partir de ahora a Estados Unidos. "Un buen país en un mal vecindario" se oía con frecuencia en cónclaves empresariales. Si en el barrio arreciaban los desmanes, las huelgas y las protestas, aquí nos manteníamos en paz. Es una armonía basada -se dijo más de una vez- en el consenso político, social y económico.

Los dirigentes sindicales han augurado que el país ya no será el mismo a partir del 13 de agosto. Al revisar los registros históricos, hay que remontarse hasta 1985 -aún con la brutal resaca de la crisis del 82- para detectar un movimiento similar. Ambos contextos políticos no resisten comparación, está claro, y también podría afirmarse que los económicos tampoco.

El problema actual no lo detectan las superficiales estadísticas económicas. El producto nacional no ha retrocedido, la tasa de desocupación se mantiene en el límite de los dos dígitos, la inflación es mínima, el comercio exterior florece. Un observador lejano, que sólo cuente con aquellos indicadores, no sería capaz de comprender el paro (y parece que tampoco lo han entendido en La Moneda, que estaba más inquieta por las imágenes de la televisión internacional que por las causas del paro).

Las actuales circunstancias son, desde hace un tiempo, ingratas. El malestar empresarial por el bajo crecimiento y la retracción en las ventas está multiplicado entre los trabajadores. La desazón se acerca más a la alta tasa de desempleo y hace conexión con el nuevo escenario laboral que las cúpulas sindicales han llamado precarización de los trabajos. Una tendencia que, según todas las señales, continuará su curso.

La tendencia no es sólo a menores empleos, tal cual sucede en los sectores agrícola, minero o el industrial y en servicios como la banca. Este fenómeno, identificado como el fantasma del desempleo, nuevo delirio de persecución del trabajador -desde la base de la pirámide productiva, al hoy deslucido proletariado intelectual- no tiene por dónde cesar. Los cambios impulsados por las nuevas estrategias de gestión -como la flexibilidad laboral, o, incluso, aquella evaluación por méritos personales en desmedro de la vieja carrera funcionaria- seguirán su sendero hasta instalarse como parte de nuestra inmediata realidad. El futuro anunciado como paraíso de la globalización y el consumo sin límites ha cobrado de antemano su peaje.

Las múltiples causas que impulsaron el paro están reflejadas en no pocas encuestas, las que, en nuestra precaria modernidad, pero modernidad al fin, recrean la realidad. La percepción hacia la economía tiene ya rasgos de pánico entre consumidores y empleados. Los estándares de gestión, de eficacia, de reducción de costos y alta productividad levantados cual máximos valores por todas las gerencias se expresan más abajo en un temor como vivencia general y en despotismo, sumisión, stress y enfermedades, como experiencias individuales. Como ha dicho Arturo Martínez, hoy el empresario se siente un héroe porque tiene el poder de dar y quitar el empleo.

Una honda fractura ya separa a gobernantes y gobernados. La reacción de La Moneda y gran parte de la Concertación, que condenaron el paro, expresa la distancia entre el programa económico y las expectativas y aspiraciones de los trabajadores. El gobierno dijo que está abierto al diálogo, no obstante, ante reivindicaciones tan amplias, acaso abstractas, no hay nada de qué hablar. Es claro que hay algunos proyectos puntuales y promesas pendientes, pero, a estas alturas, la señal del gobierno ya estaba lanzada.

Lo que ha hecho el gobierno en política económica fue funcional durante períodos de alto, muy alto, crecimiento del producto; en el actual escenario -con la caja fiscal medio vacía y el corsé del superávit estructural- es poco o nada lo que puede ofrecer a la masa de asalariados. La pasada discusión sobre alza de impuestos exhibió el escaso radio de maniobra que tiene el gobierno para empujar programas sociales. Un enorme esfuerzo, cuyos éxitos son bien relativos, y que a la vista de la batahola parlamentaria tampoco podrá volver a repetirse. En materia social, las iniciativas ya estarían agotadas.

Bajo el esquema económico de mercado, lo único que puede hacer el gobierno es estimular el crecimiento del producto, las inversiones, la creación de empleo. Que sea el mercado el que resuelva las falencias sociales. No consiguió hacerlo -aun cuando es justo decir que las amortiguó durante los primeros años noventa- pero, qué duda cabe, las cartas ya están echadas. Más mercado, menos regulaciones, nuevos acuerdos comerciales, la receta empresarial como guía de navegación hacia el crecimiento económico. ¿Los trabajadores? Simples piezas del mercado, por cuanto sus aprensiones y a la vista de los hechos, sólo pueden crecer.

¿Qué logrará la CUT con esta movilización? Por cierto que no logrará sus objetivos, demasiado amplios, y tampoco podrá revertir el modelo económico. Pero ha logrado introducir, tal vez no en la agenda de los empresariales medios de comunicación, el malestar social, modelarlo y encauzarlo. El gobierno, que con tanta indiferencia observó la movilización, debiera considerarla como una tremenda y poco grata señal. Sobre todo si aún cree en la gente.


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