Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003

Los juristas en Chile y el Golpe Militar

INTIMA COMPLACENCIA

En los próximos días saldrá a la venta, en todas las librerías del país, "Intima Complacencia: los juristas en Chile y el Golpe Militar de 1973", investigación de Mateo Gallardo Silva. El libro, un esfuerzo conjunto de Frasis editores y El Periodista, narra los acontecimientos posteriores al 11 de septiembre, el papel del Poder Judicial y el rol que le cupo al Colegio de Abogados. El prólogo es del historiador Alfredo Jocelyn-Holt. Junto al relato de los hechos, además, el autor entrevistó a destacadas personalidades del mundo del Derecho, entre otros, Jorge Ovalle, Andrés Aylwin, Carmen Hertz, Clara Szcaransky y Alvaro Varela. A continuación, algunos fragmentos de "Intima Complacencia", que será lanzado el 8 de septiembre a las 19 horas en la sala América de la Biblioteca Nacional.


El Poder Judicial recibió con "complacencia" el golpe militar. A tempranas horas del 12 de septiembre, el Presidente de la Excelentísima Corte Suprema, Enrique Urrutia Manzano, fue trasladado en un bus militar al edificio de los Tribunales de Justicia. Fue la voz más madrugadora que, en defensa del alzamiento militar, entregó argumentos jurídicos que justificaban los hechos. "Urrutia firmaba, precisamente, la declaración por la cual el máximo tribunal se congratulaba del golpe, el 12 de septiembre, menos de 24 horas después de concluidas las operaciones militares en el centro de Santiago".

La declaración de Urrutia expresaba: "El Presidente de la Corte Suprema, en conocimiento del propósito del nuevo gobierno de respetar y hacer cumplir las decisiones del Poder Judicial sin examen previo de su legalidad, como lo ordena el artículo 11 del Código Orgánico de Tribunales, manifiesta públicamente por ello su más íntima complacencia en nombre de la Administración de Justicia de Chile, y espera que el Poder Judicial cumpla con su deber, como lo ha hecho hasta ahora".

(...)

Para dejar en claro que el apoyo al régimen militar no provenía sólo de los altos magistrados sino de prácticamente todo el Poder Judicial, la Asociación Nacional de Magistrados señaló que "frente a la constitución de una Junta Militar de Gobierno que ha asumido el mando supremo de nuestro país con el afán de producir una profunda rectificación de la vida nacional, inspirada en altos ideales de solidaridad y bienestar colectivos, los jueces chilenos, incorporados a la Asociación Nacional de Magistrados, manifestamos a la opinión pública, (...) que prestamos nuestro más decidido apoyo a las nuevas autoridades gubernamentales convencidos que el Poder Judicial encontrará en ellos el respeto, últimamente olvidados, a las decisiones que pronuncien y a los fallos que emitan, como lo ha manifestado en su primera declaración pública el Excelentísimo señor Presidente de la Junta de Gobierno, General don Augusto Pinochet Ugarte".

Cuando el día 25 de septiembre la Junta Militar, en este proceso de búsqueda de legitimación jurídica, visita el edificio de los Tribunales de Justicia, Urrutia Manzano le expresa que la Corte Suprema "recibe con satisfacción y optimismo esta visita vuestra, y la aprecia en todo su valor histórico y jurídico". Termina agregando: "os deseamos el mayor de los éxitos en vuestras acciones, para el bienestar de nuestros conciudadanos y para el país entero".

Pinochet señala en esa ocasión, claramente y sólo en dos líneas, la tarea que satisfactoriamente estaba cumpliendo la Corte Suprema, y en especial su Presidente, en esos momentos: "El respaldo moral que este Excmo. Tribunal ha prestado a la Junta de Gobierno nos ha dado nuevos bríos para proseguir en la inmensa y patriótica labor de recuperación nacional en que estamos empeñados".

El Presidente de la Excelentísima Corte Suprema se transformó en un defensor acérrimo del régimen militar e incluso viajó al extranjero con ese objeto. Durante el mes de octubre de 1973, y con motivo de la asunción de Juan Domingo Perón a la Presidencia de la República en Argentina, Urrutia Manzano fue a Buenos Aires en representación del régimen militar.

A su regreso a Chile declaraba respecto de las personas con que tuvo contacto en ese país: "sin excepción, me congratularon por el hecho de que Chile haya salido de las penumbras en que se encontraba". Agregaba: "en términos generales puedo decir que el viaje fue fructífero. Tanto los argentinos como otros extranjeros con los cuales conversamos fueron extremadamente deferentes en sus expresiones hacia Chile y en el trato hacia los que en esos momentos éramos sus representantes".


Urrutia Manzano era consciente del carácter de su viaje. Ante una consulta, el alto magistrado señaló: "Yo les dije con énfasis que el primer acto de la Junta de Gobierno había sido respetar el Poder Judicial y que este no había cambiado en nada".

De la manera expuesta, el Presidente de nuestro máximo tribunal utilizaba todos los recursos que le entregaba el cargo que ostentaba, a fin de legitimar nacional e internacionalmente el régimen de la Junta Militar.

Al inaugurar oficialmente el año judicial 1974, Urrutia Manzano declaraba terminantemente: "Producidos los hechos que ocurrieron el día 11 de septiembre último, y de los cuales me ocuparé más adelante, puedo asegurar de una manera enfática que los Tribunales de nuestra dependencia han funcionado en la forma regular que establece la ley y que la autoridad administrativa que rige el país cumple nuestras resoluciones y a nuestros jueces se les respeta con el decoro que merecen. Para el que habla -agregaba- es muy satisfactorio declarar lo expresado".

A continuación, y en ese mismo evento, explicaba la actuación de los Tribunales Militares en tiempo de guerra: "Se ha censurado por algunos abogados, resoluciones dictadas por una Sala de esta Corte que han decidido que los Tribunales Militares en tiempo de guerra, por su naturaleza, no están sometidos a la supervigilancia que le encarga a esta Corte Suprema el artículo 86 de la Constitución Política sobre todos los Tribunales de la Nación. No obstante los atinados y serios fundamentos de dichas resoluciones, los cuales comparte el que habla, se insiste en una crítica adversa, basándose en las modalidades de la guerra interior que vive actualmente el país; pero se olvida que, cualesquiera que sean estas modalidades, dicho estado de guerra se encuentra legalizado y nuestro sistema jurídico no hace ninguna distinción sobre estado de guerra que autorice a los Tribunales a distinguir."

"Los argumentos que se han esgrimido -continuaba- en contrario a lo resuelto por el Tribunal podrían servir, a lo más, para fundamentar una modificación al régimen legal y constitucional existente que autorice expresamente a nuestra Corte Suprema una supervigilancia sobre dichos Tribunales cuando actúan en determinadas situaciones. Dichas modificaciones no son de competencia del Tribunal, el que debe atenerse a la ley vigente".

(...)

Y así como los tribunales congratulaban al régimen, también la Junta de Gobierno manifestaba su cariño y solicitud a las autoridades del Poder Judicial.

Con motivo de la inauguración del nuevo año judicial, 1974, Pinochet envía un mensaje de adhesión al Presidente de la Excelentísima Corte: "Augusto Pinochet Ugarte, General de Ejército y Presidente de la Junta de Gobierno saluda a Enrique Urrutia Manzano, Presidente de la Excelentísima Corte Suprema, desde la provincia austral de Chiloé, donde se encuentra actualmente en gira y se vale de la ocasión para manifestar la adhesión de la Junta que presido al Poder Judicial en la oportunidad de inaugurarse hoy un nuevo año judicial. Aprovecho esta oportunidad para reiterarle el testimonio de mi consideración más distinguida".

Más tarde, respondiendo a una carta que Pinochet le enviara a propósito de su renuncia al cargo de Presidente de la Corte Suprema de Justicia y miembro de dicho Tribunal, en 1975, Urrutia Manzano le responde: "Conocida por mí su hombría de bien, sus íntimos propósitos para el bienestar y prosperidad de los ciudadanos de este país, que tuvo la suerte de encontrar en usted el hombre que necesitaba para salir delante de la condición funesta en que otros lo dejaron, nada más grato, satisfactorio y confortante para un juez que recibir los elogios que en su carta enuncia, en estos momentos en que, por muy voluntaria que sea, no nos deja de pesar nuestra resolución de dejar una carrera a la cual hemos tratado de servir durante tantos años, con el mismo entusiasmo y celo funcionario del primer día de su ingreso a ella".

1. Testimonios

ALVARO VARELA, ABOGADO


[Fragmento: de cómo Varela es expulsado a fines del 73 de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile gracias a la gestión de René Orozco, a la sazón vicerrector de la Sede Norte de la Casa de Bello]

(...)

Estaba clarísimo lo que me iba a pasar. Caldera incluso me dijo que tenía muy clara mi situación y que sólo tenía que estudiar la fórmula para expulsarme, para que yo no me pudiera recibir, pero como yo ya no era alumno, estaba egresado, no me podía expulsar como alumno, bueno igual fui expulsado como alumno y se dictó un Decreto.

¿Se podía apelar ante el Rector?

Sí, era apelable ante el Rector. Entonces, en el absoluto convencimiento que no tenía vuelta, terminé el documento de defensa que presenté, con una frase que decía: "a lo menos de una cosa estoy cierto: que no tengo las manos manchadas con sangre", y eso lo dije en noviembre o comienzos de diciembre del 73.

Entonces yo sabía, que dijera lo que dijera, igual estaba expulsado. Presenté una apelación ante el Rector, que en ese entonces era Rector Designado un General de Aviación, César Ruiz Danyau, y hubo un profesor de la Escuela, que había sido profesor mío de Derecho Minero, un hombre de derecha, que me buscó y me ubicó en mí casa y me dijo que él quería ayudarme: don Carlos Ruiz.

Don Carlos Ruiz me buscó y me dijo que él se oponía a que se expulsaran alumnos de la Universidad, entonces conversamos largo rato y me preguntó si ya había presentado la apelación, porque esto era todo muy rápido, los plazos eran de horas no más. Yo presenté la apelación ante el Rector y don Carlos me dijo: "yo voy a ir mañana a hablar con el Vicerrector de la sede, René Orozco". En ese entonces la Universidad estaba organizada en sedes y nosotros pertenecíamos a la Sede Norte.

Y ¿era René Orozco; el mismo del club deportivo?

El mismo. Don Carlos Ruiz era un hombre muy conocido, era un profesor que invitaba a sus alumnos a su casa, cada cierto tiempo, a almorzar o a tomar té. Entonces se armaba una relación de mucho afecto; era un profesor distinto al común. Bueno, me dejó citado para ir a su oficina al día siguiente en la tarde, y cuando llegué me dijo que estaba muy triste, pues en realidad no había ninguna posibilidad porque había hablado con Orozco y éste le había dicho que era necesario que a mí se me expulsara de todas maneras, como una medida ejemplificadora, y para que todos lo tuvieran claro, y que si el Rector no estaba por expulsarme, él se la iba a jugar por la expulsión. Y efectivamente parece que así ocurrió. A Orozco lo conocía escasamente, desde cuando yo era miembro del Consejo; en ese entonces la Universidad estaba dividida en sedes; cada sede tenía un Vicerrector de sede, que era la cabeza, y un organismo colegiado que era el Consejo de la sede, integrado por representantes de los alumnos, académicos y no académicos, elegidos en votación. Yo era representante de los alumnos en el Consejo; había sido elegido en votación en el Consejo de la Sede Norte, donde participaba, y que él presidía, por lo tanto él me conocía ahí.

Bueno, don Carlos Ruiz me dijo que no podía comprender la irracionalidad y el odio de Orozco, pero que Orozco era partidario de expulsar; y expulsar mucha gente.

BORIS NAVIA, ABOGADO

[Fragmento: de cómo Boris Navia compartió prisión con Víctor Jara en el Estadio Chile, y de cómo salvó el último poema del cantautor]

Yo trabajaba con Víctor Jara en la Universidad Técnica del Estado y él cae con nosotros. Cuando ingresamos al Estadio Chile es descubierto y un oficial se le va encima y lo trata muy mal, y dice: "tráiganme a ese hijo de puta para acá" y le empieza a golpear con puños, con la bota enorme, que le hunde en sus costillas, y en un momento de desequilibrio mental saca la pistola y pensamos que le iba a descerrajar un tiro, sin embargo lo que hace es golpearle con el caño de la pistola en el rostro, en la en la cabeza, y empieza a emanar sangre y se llena de sangre la cara de Víctor. Después que sació su furia le da orden a un conscripto que lo ponga en uno de los pasillos del Estadio Chile, con prohibición de moverse.

Nosotros arrastramos a Víctor desde el pasillo donde estaba (...) a las graderías, que en ese minuto tenían ya unas 7.000 personas y empezamos a tratar de disfrazarlo, porque Víctor andaba con una camisa campesina, una camisa roja a cuadros típica de Víctor y alguien nos prestó un chaquetón para cubrirle la camisa y ese pelo ensortijado que era la característica de Víctor. Pero Víctor tenía una tremenda melena ensortijada, con mucho rulo (...) Alguien, de improviso, sacó por ahí un cortaúñas y le empezamos a cortar los rizos para bajarle un poco el volumen de su melena (...) Víctor estaba muy mal, porque había perdido sangre con una de las patadas de la bota militar le habían casi sacado un ojo; tenía un ojo totalmente salido de su órbita; tenía las costillas hundidas. (...) De tal manera, Víctor me pide papel y lápiz y yo le paso una libreta donde quedaban algunas hojas todavía desocupadas y en lo que yo pensaba que era una nota dirigida a su mujer, Víctor estaba escribiendo este poema que se llamaba Estadio Chile. Eso era cerca del medio día del sábado 15 de septiembre y de repente está escribiendo y llega un pelao atrás y dice: "tú, ven para acá". Y le pega un culatazo en la espalda y lo arrastra a Víctor hasta uno de los locutorios del Estadio Chile. Por eso lo seguimos viendo: era un locutorio transparente (...) lo empiezan a golpear a culatazos. Nosotros de lejos veíamos que algo le decían a Víctor y Víctor en lugar de contestar con odio, contestaba con la sonrisa que le era característica, entonces lo golpeaban más y le daban órdenes a los milicos para que le golpearan.

La última vez que vemos con vida a Víctor Jara es cuando él se levanta por segunda vez y lo vuelven a golpear, ya, digamos, lleno de sangre y ahí desaparece. (...)

Al momento que a Víctor lo toman para arrastrarlo al locutorio, suelta el lápiz y la libreta mía y yo la cojo y me la echo al bolsillo. Ni siquiera me percaté, siguiendo con la vista la suerte de Víctor, yo me olvidé del papel (...) de repente, abro esta libreta para sacar un papel y me encuentro con este poema de Víctor Jara y le cuento a dos o tres compañeros míos. (...) Entonces, un zapatero que había en la Universidad, con una lata abre la suela de mi zapato y mete el poema allí, no sin antes, yo, haber hecho dos copias de él, incluso ya se me había acabado el papel de mi libreta y lo hago en paquetes de cigarrillos vacíos que encontré y lo escribí, y escribí dos líneas en relación con lo que yo en ese minuto, pensaba, había sido la muerte de Víctor Jara a golpes. El senador Ernesto Araneda, que en ese minuto estaba preso, me dice: "Dame una copia para entregársela a un médico que le dijeron que ya sale en libertad". Le entregamos una copia al médico y otra a un muchacho más joven, que parece era un muchacho de la construcción, que también salía. Al muchacho lo revisan y lo cachean al salir y le descubren el poema y, naturalmente, bajo tortura le dicen ¿quién tiene el original? Y allí llegan a mí y empieza mi propio tormento, mi propia situación con todo lo que pasé en el Estadio Nacional, que puede ser materia de otro relato.

Cuando yo salí en libertad, un año y medio después, un día un amigo me mostró un libro que había escrito un periodista chileno que estaba exiliado y me dice: "mira llegó esto clandestinamente de Argentina", y en ese libro, al referirse a la muerte de Víctor Jara estaba la misma introducción que yo había hecho, entonces ahí comprobé que el poema se había salvado. Bueno, y resulta que este poema figura hoy día en todas las antologías de Víctor Jara.


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