Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003

Tomás Moulián, sociólogo

"Pinochet revela un Chile maldito"

"No soy hijo de un desaparecido ni tengo un desaparecido en mi familia, pero no me reconcilio con los que mataron a los detenidos desaparecidos o los que torturaron. No, no me reconcilio"


Tomás Moulián puede ser considerado el intelectual más respetado de la izquierda extraparlamentaria en este país. Al aproximarse los 30 años del Golpe militar comandado por Augusto Pinochet (87) -que terminó con la "revolución de empanada y vino tinto", como se conoció el experimento chileno al socialismo-, El Periodista entrevistó a este fecundo y agudo académico, autor del revelador libro "Chile actual, anatomía de un mito":

¿Cómo siente que es percibido hoy en día la figura de Augusto Pinochet?

Es percibido de diferentes maneras, según el que hable. Para mí, yo conservo y conservaré siempre la imagen del traidor. Es decir, de alguien que llevó la traición hasta el límite de la tragedia. Allende es el padre de su poder. Es decir, Pinochet nace el día en que es embestido comandante en jefe del Ejército por el mismo Allende. Entonces, en ese sentido podríamos decir que es el que mata al padre... El necesitaba matar al padre para fundar su poder propio. Esto uno debe entenderlo en clave simbólica, no sólo en clave pragmática.

¿Pero cómo se explica que un sector de la sociedad aún justifique la dictadura?

Pinochet, por otra parte, es exitoso. Eso lo diferencia de Videla(el ex dictador argentino Jorge Rafael) Videla. A Videla lo pueden llevar a la cárcel y en Argentina no pasa absolutamente nada. Alguien lo puede escupir en la calle y no pasa absolutamente nada. Pero Pinochet todavía es para algunos un símbolo viviente. Entonces, eso tendrá trizado al país por siempre.

Hay una masa pinochetista. Pinochet sacó el 42 por ciento de los votos en el plebiscito y la UDI que es la hija travesti de Pinochet, puede ganar las próximas elecciones presidenciales. Ese es un retrato de Chile. La parte del Chile autoritario se encontró en Pinochet. Y eso es así y es una cosa que tenemos que reconocer.

Eso quiere decir que Pinochet no puede ser considerado como una figura aislada, una suerte de "monstruo político" por sí mismo.

Pinochet nos obliga a mirarnos en el espejo y la figura de Chile que da ese espejo no es la figura de un Chile idealizado y mítico que nosotros tenemos en la cabeza, que nuestras élites, políticos, historiadores, intelectuales y todos nosotros deseamos que Chile fuera. No. Pinochet revela un Chile maldito.

También responde a la necesidad histórica de la debilidad de nuestra clase burguesa. Al hecho de que el capitalismo chileno haya tenido tan pocos capitalistas y haya sido el Estado el creador de éste, que es un capitalismo creado desde arriba. Entonces si es un capitalismo creado desde arriba, es contra éste que se concentran los pinochetistas, con Pinochet a la cabeza, para cambiar la sociedad, ese tipo de capitalismo, y crear el verdadero capitalismo neoliberal. Entonces, eso hace de Pinochet esa figura monstruosa, pero necesaria históricamente, como era necesario un Robespierre en la Revolución Francesa... con perdón de Robespierre, por supuesto.

Pareciera, entonces, que Pinochet continuará en el imaginario colectivo cuando muera.

Pinochet se ha convertido en un personaje simbólico. No existe como individuo, sino como símbolo. El, de algún modo, revive la simbólica del antifascismo. Todo el mundo ve en él al fascista, lo que desde el punto de vista puramente histórico es un error, porque el fascismo nunca fue liberal. Pero no importa, porque el imaginario construido sobre Pinochet es uno donde se condensan todas las esperanzas democráticas de mucha gente en el mundo.

La derecha no lo trata de dictador porque dice que entregó voluntariamente el poder.

El hubiera querido seguir como gobernante. Es totalmente falso que él entregó por sí mismo el poder. Fue obligado, porque cuando ya realizó la tarea que el capitalismo mundial necesitaba en Chile, ya era perfectamente prescindible, porque era y constituía una imagen muy cargada de todos estos elementos simbólicos. Entonces, se necesitaba alguien que humanizara el neoliberalismo y que demostrara que el neoliberalismo es posible sin autoritarismo. Y ese ha sido el papel histórico de la Concertación en Chile.

La Concertación supo quitarle el espacio político a Pinochet...

El verdadero temor del primer gobierno no era el miedo a los militares, era el miedo al caos económico. Efectivamente, ese era el miedo. Si se hubiese producido un desajuste muy brutal de la economía, obviamente que los militares hubiesen estado en condiciones de volver, hubiesen vuelto a ser necesarios.

¿Podríamos considerar, de cierta forma, que la dictadura triunfó, si reconocemos este soterrado militarismo y autoritarismo imperante?

Yo diría que el panorama cultural de Chile es mixto. Están esas dimensiones, por supuesto, en combate con otras. Las dimensiones autoritarias siempre han estado presentes en la cultura chilena. Nosotros no las hemos visto simplemente. Está el autoritarismo presente en esta verdadera obsesión por la seguridad pública, en un país que si bien ha aumentado la delincuencia, no tiene los niveles que los chilenos creemos que tiene, los niveles comparativos de delincuencia. Pero hay una obsesión por la seguridad pública, por los guardias privados, por llenar el país de rejas y protecciones de las vidas privadas.

¿Está pendiente el tema de la reconciliación entre los chilenos?

Totalmente pendiente. O sea, yo diría que la reconciliación no va a existir nunca. La reconciliación es una mala palabra, en primer lugar. La reconciliación es la hermandad. Es decir, son dos hermanos separados por una lucha, pero que reconocen su linaje común, que reconocen que la misma sangre corre por sus venas y la misma sangre no corre por las venas de los pinochetistas y de los antipinochetistas. El tema de la reconciliación esfalso, que está absolutamente mal planteado. Lo que tenemos que hacer es aprender a vivir con tolerancia, pero por qué voy a amar al torturador. No. Eso es una pura ilusión mística. Es una palabra del lenguaje teológico desplazada al lenguaje político. Sí podemos decir que necesitamos vivir en paz, por motivos prácticos y éticos, para no volver a repetir las carnicerías, las noches de San Bartolomé.. No soy hijo de un desaparecido ni tengo un desaparecido en mi familia, pero no me reconcilio con los que mataron a los detenidos desaparecidos o los que torturaron. No, no me reconcilio.


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