Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003

A treinta años del Golpe

El recuerdo

La intención de este artículo es conmemorar un hecho. Esto de ninguna manera significa celebrar el hecho en referencia. Conmemorar es recordar hablando de aquello que se tiene en la memoria. Obviamente no se trata de la memoria ni los recuerdos personales, aunque la condición de testigo presencial de alguna circunstancia sea invocada y a pesar de que el hecho mismo haya significado un quiebre definitivo a partir del cual la vida individual se haya transformado de manera imprevisible. Se trata de recordar como un intento de comprensión y de hablar de ese recuerdo como un intento de transmisión de una cierta conciencia que se enraíza en la forma de esa comprensión.


Los treinta años transcurridos desde el 11 de septiembre de 1973 han visto surgir un mundo diferente. No es posible referirse a Chile, y a las diferencias observables entre entonces y ahora, sin enmarcarlas en los cambios más generales y sin tratar de explicar el papel que Chile jugó en ellos y las consecuencias que se materializaron en el país. Se puede sintetizar esto diciendo que en 1973 el socialismo estaba en el futuro y hoy es parte del pasado. Al menos una forma de entender y practicar el socialismo.

Un punto de comparación que puede servir para buscar definiciones empíricas de la situación son los republicanos españoles en 1969, treinta años después de su derrota. Para algunos de ellos el mundo que surgió de la segunda guerra mundial era una concreción de la situación de fuerzas mundiales que había definido el destino de España, como para los chilenos hoy, pero para otros había una lucha todavía en curso, en un mundo bipolar, en la cual sus ideales y programas aún tenían sentido. Para los chilenos el ejercicio de rescate de lo que hoy puede ser válido de aquello que estuvo en juego en 1973 requiere una redefinición en un contexto absolutamente diferente.

En lo que respecta a Chile, las tres décadas se dividen en dos períodos que ya alcanzan casi igual duración; primero 16 años de dictadura y ya van 13 de la nueva democracia. Sin embargo, hay que decir desde el principio, que ambos períodos llevan una huella más profunda de la dictadura que de cualquier democracia, sea la anterior a 1973 o la reconstruida a partir de 1990. Es decir, el Chile de hoy es la construcción hecha por la dictadura. Las cuestiones pendientes, que surgen una y otra vez y que el gobierno trata de parchar buscando una solución que resulte en alguna suerte de unidad nacional que borre los agravios, los rencores, resentimientos y las demandas de justicia, incluyendo la reparación de los daños cuando sea posible, no parece encontrar una fórmula satisfactoria para las partes. La idea de que hay simplemente errores que deben ser reconocidos es infantil: la realidad es que hay vencedores y vencidos y el país es la hechura de los vencedores. El problema es que esta realidad no parece presentable para ningún político que aspire a ser apoyado por mayorías formadas por quienes no vivieron el período, que no conocen otra realidad nacional que la resultante del proceso de institucionalización desarrollado por la dictadura, negociado en algunos detalles por sus sucesores democráticos, y cuando en el mundo no hay presencia de una alternativa al modelo de sociedad imperante. Por lo tanto, el juego político ideológico es reemplazado por el juego electoral en el que los actores sociales sólo son invocados pero jamás convocados.

Es importante definir el hecho mismo que se conmemora y su significación: el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile fue una confrontación crucial para la sociedad chilena. No se trató de un accidente político que pudiera haber sido evitado si alguno o algunos de los actores hubiera sido "razonable", en términos de una racionalidad que sólo puede ser sostenida por un observador ajeno. La comprensión del golpe de estado depende de la versión que se asuma de su génesis, de la conformación de sus actores principales y de la evolución de la correlación de fuerzas hacia su desenlace.

Los análisis que adoptan la postura mencionada más arriba suponen una autonomía casi absoluta de los actores políticos. La explicación de esos mismos hechos que se expone aquí parte de la definición de la relación entre los actores políticos y sociales. Cualquier visión unilateral, que separe e independice a alguno de estos dos tipos de actores incurre en una simplificación que, además, nunca es inocente ideológicamente. Es por esto que conviene comenzar explicitando el contenido ideológico del enfrentamiento, según algunas versiones, y las consecuencias que en ese terreno tendrán los resultados inmediatos y mediatos.

Para algunos, la independencia de la ideología es casi absoluta, por lo que pueden atribuir a ella la polarización que hizo irreconciliables las posiciones que finalmente se enfrentaron violentamente. Esto se expresaría además en una suerte de invasión foránea, puesto que esa radicalización estaría originada por la revolución cubana y su influencia. Para otros se trataba pura y simplemente de un enfrentamiento de clases, en el que la organización política de las clases trabajadoras y su diseño estratégico contenían "errores" que condujeron al fracaso.


Algunas tesis establecidas (incluso oficiales) que han constituido el sentido común acerca de lo que ocurrió, incluso entre algunos testigos y hasta protagonistas son:

a) La destrucción del sistema político chileno en 1973 se debió a una polarización ideológica inducida desde el exterior, al menos parcialmente, por factores tales como la revolución cubana;

b) Eso se podría haber evitado si la Unidad Popular y la Democracia Cristiana hubieran llegado a un acuerdo;

c) Pinochet y sus allegados "abrieron" la posibilidad de un retorno a la democracia;

d) La actual composición de la alianza política que gobierna Chile expresa la maduración y el aprendizaje de las lecciones del pasado.

Las tesis alternativas que alguna vez he propuesto[1] son:

a) La polarización que se produjo en Chile estuvo determinada por la permeabilidad de los partidos políticos, en particular la izquierda, a las demandas de las clases sociales subordinadas. Si la radicalización ideológica exterior (generalizada en América Latina) desempeñó un papel, éste se expresó en las alternativas de radicalizarse dentro del sistema de partidos y alianzas de partidos existentes: socialistas, comunistas y asociados en la Unidad Popular, o bien en la izquierda extraparlamentaria.

b) Lo que se negociaba entre la Democracia Cristiana y el gobierno de la Unidad Popular en 1973 era la subsistencia del sistema, cuando la Democracia Cristiana ya estaba subordinada a la estrategia de destrucción de ese sistema.

c) La transición chilena fue el producto de un enfrentamiento en el que se redefinieron las relaciones entre las fuerzas sociales y sus representaciones políticas, los partidos políticos, en que la amplitud del espectro ideológico y la permeabilidad de los actores políticos a las demandas sociales fueron redefinidas a través de la reconstrucción del sistema de partidos.

d) Los acuerdos y alianzas en el actual sistema de partidos, reconstruido, reflejan las relaciones de fuerzas ideológicas entre las distintas partes de la elite profesional de la política, a partir de la redefinición del proyecto nacional de desarrollo hecha por la dictadura.

Esta última tesis resume la trayectoria ideológica de la elite política profesional que se ha reciclado a sí misma para participar en un sistema diseñado de tal modo que representa la realización de los objetivos estratégicos de la dictadura. Esto no es un juicio moral sino una constatación de hecho. La explicación por la evolución ideológica de esta elite profesional de la política no constituye un enjuiciamiento de sus miembros en tanto individuos sino un análisis del campo ideológico como un terreno de enfrentamiento. Para eliminar equívocos y poner esto en blanco y negro, hoy el dilema de un político chileno es permanecer en la corriente principal descrita crudamente más arriba o dejar de ser político. Nada refleja mejor esta realidad que el papel marginal, extraparlamentario, al que se ha visto reducido el Partido Comunista de Chile, luego de haber sido el principal sostén del sistema de partidos por la izquierda.

Una visión esquemática del cambio en el espectro ideológico encarnado en el sistema de partidos podría quedar satisfecha con la constatación de un desplazamiento hacia la derecha, para incorporar al sistema a la derecha extraparlamentaria, que fue una fuerza impulsora del golpe de estado, un apoyo incondicional de la dictadura y reivindica hoy la obra de Pinochet y sus seguidores[2], y por la izquierda la exclusión ya mencionada del Partido Comunista. Sin embargo, el conocimiento más superficial de la historia anterior a 1973 señalaría una inconsistencia en esa esquematización, puesto que el Partido Socialista de Chile aparecía más al extremo izquierdo del sistema que sus socios comunistas, recogiendo sistemáticamente las expresiones antisistema y, se podría decir "barriendo hacia dentro" del sistema a sectores de la izquierda extraparlamentaria, especialmente, aunque no exclusivamente, durante los tres años del gobierno de la Unidad Popular. De modo que lo que hay que explicar es una recomposición del sistema de partidos políticos, del espectro ideológico que dice representar y, sobre todo, de los mecanismos de representación de los intereses de clases y otros sectores sociales.

2. Un breve repaso de las "lecciones de Chile".

El entrecomillado de las lecciones obedece a que con ese título, o bajo ese rubro, se produjeron los juicios más variados durante los tres años del gobierno de Salvador Allende pero sobre todo después de la derrota de su proyecto y la brutal entronización de la dictadura. La imagen más difundida de lo que ocurría en Chile es la de la segunda vía al socialismo, o la vía pacífica al socialismo. Esto despertaba adhesión y rechazo tanto en la derecha (rechazo unánime) como en la izquierda, donde una parte rechazaba la metodología, ya sea por heterodoxa o por inviable, más frecuentemente una combinación de las dos argumentaciones.

Sobre el rechazo que el experimento chileno despertó en los Estados Unidos de Norteamérica basta recordar tres testimonios: Kissinger, que afirmaba que no se podía ver impasiblemente a un país hacerse comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo; Nixon, que en una de las primeras entrevistas con que marcó su retorno a la luz pública después de su bochornoso mutis, afirmando que su gobierno no podría haber permitido que América Latina quedara hecha un sándwich entre dos países comunistas (Cuba y Chile), a lo cual el entrevistador retrucó preguntando con ironía británica si no le parecía poco pan para el emparedado; por último, en serio (a pesar que el payaseo citado anteriormente tuvo consecuencias trágicas) el Informe Church del Senado Norteamericano sobre las acciones encubiertas de la CIA en Chile.[3]

En Chile, la derecha cuestionó la legitimidad del gobierno no como tal, puesto que las formas legales y constitucionales se habían cumplido rigurosamente, sino cuestionando su autoridad para llevar a cabo las transformaciones propuestas en su programa de gobierno a la luz de su mayoría sólo relativa en las elecciones de 1970. De aquí nació, muy temprano el argumento acerca de que Allende pretendía construir el socialismo con el apoyo de sólo un tercio de la sociedad chilena[4]. Al respecto hay que aclarar que nunca se trató de sólo un tercio. En 1970, es verdad que la presidencia se ganó con poco más de 36%, pero en las elecciones municipales de 1971, la Unidad popular alcanzó la mitad del electorado y en las parlamentarias de 1973 obtuvo más del 40%.

En la izquierda, la discusión se centró en el significado del programa y las características que debía asumir su aplicación. Algunas de estas discusiones se hicieron en el lenguaje tradicional de una izquierda doctrinaria que afirmaba la autoridad de su argumento más en citas que en hechos y con interpretaciones ideológicas de la historia reciente o remota. Los argumentos se mantuvieron inalterados después de la derrota y por mucho tiempo cada quien insistió en haber tenido razón antes y después del desenlace del proceso.

Hoy puede ser útil mirar esto a la luz de los cambios que ocurrieron con posterioridad. Durante algunos años la experiencia chilena fue tema de la izquierda internacional, especialmente cuando ésta buscaba una alternativa que la hiciera más presentable en los sistemas democráticos occidentales y trataba de disociarse de la Unión Soviética como modelo único de éxito y triunfo de las ideas socialistas. Chile era un nombre familiar para algunos eurocomunistas. Especialmente, se argumentaba, Chile probaba la posibilidad de triunfo por la vía electoral. Lo que no se discutía era de qué socialismo se podría haber tratado el proceso chileno.

Todo esto contribuyó a mantener la atención sobre lo que ocurría en Chile bajo la dictadura y permitió el impresionante movimiento de solidaridad con los exiliados chilenos tanto por parte de los comunistas como de la izquierda democrática en Europa y, en general, en todo el mundo. Los exiliados contribuyeron a las discusiones con sus versiones del proceso chileno hasta que la misma vida política fuera de contexto que caracteriza al exilio, los acontecimientos en Chile y el desgaste y posterior derrumbe del socialismo soviético transformaron completamente la escena y los actores sufrieron mutaciones ideológicas que los dejaron, en algunos casos, irreconocibles.

Los años setenta y ochenta presenciaron la constitución, imposición y legitimación a través de la institucionalización, de un orden nuevo. Los elementos o campos de enfrentamiento en los que este proceso se expresó fueron los de la violencia, la política y la ideología.

Sin embargo, el ritmo de estas transformaciones ideológicas que se expresaban y justificaban en términos de la evolución del pensamiento "universal" por designar el ámbito más amplio posible estaba asociado a los procesos políticos que dentro de Chile iban marcando el desgaste de la dictadura y la recomposición de la política en vistas a su reemplazo por un sistema democrático.

Dentro de Chile y en la oposición a la dictadura el proceso definitorio fue la subordinación de la izquierda a la Democracia Cristiana, que de apoyar el golpe de estado había sido desplazada a la oposición por la misma dictadura. En los años ochenta la derrota ideológica de la izquierda chilena estuvo marcada primero por la aceptación de la versión de la historia de los vencedores (la tesis del tercio) y después por la aceptación de la constitución de Pinochet y los términos que ésta definió para la transición. Esto último fue la obra de la Democracia Cristiana que desmovilizó a la protesta social en función de la meta realista de derrotar a la dictadura en el plebiscito de 1988. Así apareció la versión definitiva (hasta nueva orden) de las lecciones de Chile: el "error" de Allende fue querer llevar al país al socialismo con el apoyo de sólo un tercio de la sociedad y, lo nuevo, la constitución de 1980, ilegítima en su origen y su imposición, es un marco de acción que hace posible la vida democrática (con sólo reformas menores).

3. Hoy no es pecado ser revisionista.

Esta historia tan escuetamente resumida aquí hasta la caricatura, merece una reconsideración en algunos de los términos principales que han jugado en el enfrentamiento ideológico. Una parte fundamental de ellos han conformado un campo de confrontación que no es nuestro objeto en esta discusión pero que proveyó las municiones en los momentos cruciales de los cambios señalados: las teorías propuestas en las ciencias sociales latinoamericanas, que en todo momento fueron o bien escenificadas en Chile, o contaron con algunos chilenos entre sus protagonistas, y en todos los casos usadas en las discusiones políticas en Chile.

Un dato importante es que la ideología dominante desde la segunda posguerra hasta la década perdida en América Latina fue el desarrollo nacional. Este era un objetivo incuestionable que cubría el horizonte de todas las tendencias políticas, derecha, centro e izquierda. Las diferencias podían tener que ver con los medios, no con los fines. Esto fue decisivo para la transformación de la ideología socialista en ideología de la revolución nacional. El socialismo como idea para las elites dirigentes, especialmente para las juventudes universitarias que formaron el grueso de las dirigencias de las guerrillas que en todos los países de América Latina, con la excepción de Costa Rica, era más una vía de superación del subdesarrollo que una utopía de reorganización de la sociedad. Esto tuvo muchas consecuencias que no es del caso explicitar aquí, pero fundamentalmente dos: primero el no preocuparse por el problema de la democracia hasta después de instauradas las dictaduras de los años setentas y, segundo, el desembarazarse de la carga ideológica del marxismo, en particular y de todo el pensamiento socialista en general después del derrumbe soviético y asumir unas aspiraciones a la dirección nacional de los países sin mayor elaboración de un proyecto de sociedad, o bien dando a esta tarea un papel subordinado frente a la participación política en el sistema tal como es.

En el caso chileno el Programa de gobierno de la Unidad Popular era ambas cosas: un plan de desarrollo económico, que llevaba hasta sus últimas consecuencias la idea de un desarrollo hacia dentro, y una vaga promesa de iniciar un tránsito hacia una sociedad distinta. Hay que recordar que el socialismo es mencionado sólo dos veces en ese programa. De ahí surgieron las ambigüedades que dieron lugar a las interpretaciones contradictorias y a las acciones descoordinados que plagaron los tres años: el gobierno y una parte de sus funcionarios estaban comprometidos con el programa de desarrollo económico y la movilización social y política que empujaba más allá de las metas establecidas eran vistos como una acción perjudicial e incluso contraria a la acción transformadora del gobierno.

Detrás de esto estaba la radicalización de las demandas sociales que había ocurrido durante el gobierno reformista anterior, el de la Democracia Cristiana. Los socialistas chilenos, en particular no podrían haber apoyado un programa menos radical que el de la Unidad popular en 1970. Esa lección de la experiencia chilena quedó implícita, pero la constitución impuesta por Pinochet se hizo cargo del problema al aislar y blindar a los partidos políticos con respecto a las demandas sociales. Los movimientos y organizaciones sociales han quedado segregados de la actividad y la organización de los partidos por prohibición expresa en la constitución.

Los partidos viven hoy de y para el mercado electoral, en un sistema en que la abstención es favorecida por el ordenamiento legal y por la cultura predominante entre los jóvenes. No es que sean posmodernos. Es el sistema el que no tiene nada que ofrecerles.

[1] Ricardo A. Yocelevzky R. Chile: partidos políticos, democracia y dictadura. 1970-1990.

[2] Encarnada hoy en la Unión Demócrata Independiente UDI, pero también en parte de Renovación Nacional.

[3] Covert Action in Chile.

[4] La trayectoria de este argumento es por sí sola reveladora de la evolución de la confrontación ideológica en Chile. Fue expuesto por primera vez en un editorial del diario El Mercurio, el vocero más tradicional de la derecha, el 23 de septiembre de 1970 y retomado casi inmediatamente por Jaime Castillo Velasco, en entrevista al mismo diario el 27 de septiembre del mismo año.


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