Año 2, N.42, Domingo 17 de agosto de 2003

Ultima Palabra

Posible origen del empacho

"La democracia -que no es panacea para los males del mundo- hace agua en el esforzado sueño de derechas e izquierdas"

"Me empaché", decían antiguamente cuando habían comido demasiado. Consistía en un abotagamiento que curaban con agüita de hierbas diversas. Cultura folclórica, de abuelas y bisabuelas, de niñeras. Esta es tradición india que Inés Suaréz aprendió de las mujeres que la sirvieron en Santiago del Nuevo Extremo y en Concepción, cuando vivía amancebada con Pedro de Valdivia hasta que La Gasca puso orden en la Capitanía y lo mandó deshacerse de ella. Que enviara a España a buscar a su mujer, ordenó. Don Pedro deseaba ser gobernador así es que acató sin remilgos y doña Inés fue conminada a casarse con Rodrigo de Quiroga, compañero de Valdivia harto más mayor. Cuando llegó doña Marina de Gaete, la legítima y rigurosa, don Pedro estaba muerto varios meses. No había donado sus órganos, pero la historia dice que le comieron el corazón. Varios caciques han de haberse empachado con ese corazón castellano más lleno de artimañas que una machi.


Porque es harto sabido que Valdivia no trepidó en arrancarse a Lima con el oro de sus compañeros en el barco modesto que construyeron en Concón, el Santiaguillo. Ofreció una merienda suculenta a los supuestos navegantes y cuando descansaban en la playa, amodorrados y laxos, prontos a emprender la riesgosa navegación al norte, se encaramó al barco, dio orden de izar las velas y zarpórumbo al Callao a desfazer entuertos y conseguir un socio para continuar con la conquista. "Al regreso pagaré lo adeudado", dicen que dijo. Afirman que así lo hizo. Al llegar al Perú lo esperaba De la Gasca.

Regresemos a los tiempos nuestros. El empacho más conocido sería el gastronómico. Revisando diccionarios, descubro que `gastronomía' no se refiere originalmente al arte culinario sino a la glotonería. Esto me abre el campo, pues hay muchas maneras de abotagarse. El espíritu, el cerebro y la vista se hartan cuando la oferta es excesiva y Chile sufre el empacho de los sueños, tan parecidos a los delirios, no menos que el empacho de las ambiciones (que son y no son un vicio solitario). Bien dijo Francisco de Goya "los delirios de la razón engendran monstruos".

Hoy, empacho es una palabra mirada en menos entre nosotros. Dirán indigestión. Seguro que los médicos dicen torción intestinal o cosas peores. Confieso que tanta cultura me pone los pelos de punta. Está bien ser culto.

Pero rendirle culto a ser culto no es lo mismo que respetar la cultura.

¿Es Chile un país culto es la pregunta del millón? Tengo violentas sospechas de que somos unos miedosos, unos terribles ansiosos, y harto neuróticos. Es tanto nuestro afán de llegar a la meta, y son tantas las metas, que estamos convertidos en el baron de Munchaussen.

Entre las noticias destacadas (las cuales me tienen empachada hace tiempo) existe el sueño de convertir el Mapocho en el Sena. Otra ambición tras la que corremos sin aliento es la lectura, que le ha dado un mandoble feroz a la educación. La lectura, vienen a descubrir los pseudos lectores, consiste en comprender lo leído, afán que por estos lares no se usa. Ahora resulta que nuestros alfabetizados no comprenden ni una sola idea de las que les propone la lectura. Qué lío. ¿Cómo lo haremos para desembarazarnos de la magnífica incomprensión que nos azota como la peste negra?

Saltando a los libros -porque tienen que ver con la lectura-, la culpa de que pocos lean no es solo del IVA. Hay otro impuesto que nadie paga ni llama así, un impuesto tan fuerte a la lectura como el 19 por ciento criticado. Este no se paga en oro conforme a la ley sino en tiempo. Hawkins puede explicar qué es el tiempo. Yo solo sé que espacio y tiempo se armaron juntos. Que estamos en el tiempo y en el espacio y que leer ocupa tiempo y ocupa espacio. Los chilenos no tienen tiempo para leer. Dicen que no les cabe una sola letra en sus cabezas empachadas de cifras, de ambiciones, de miedos. Las cifras los derrumban a cada rato. Entre la bolsa de comercio y la bencina, el dólar y las exportaciones, la cesantía y los ólogos -especialistas en dientes, madíbulas, narices, concentración, niños, conducta y todo lo que está mal en el país a nivel familia-, los que se hacen la América mientras las madres de estos niños condenados a ologizarse tres días a la semana funcionan de taxistas y no se bajan del auto sino en peligro de muerte. Los padres no llegan a la casa sino cuando los niños duermen. Los padres y las madres echan el bofe trabajando en Chile. Todos se enorgullecen de carecer de tiempo libre. Han descubierto imponer la siesta para relajar a los trabajadores. No está mal la idea, pero el argumento es fatal: así aumentará la producción, dicen los sabios. O sea que no importa que alguien se vuelva loco separando arvejitas o atornillando tuercas como Chaplin en Tiempos Modernos. Descansar por descansar no parece legítimo. En cuanto al descanso moral y físico, están prohibidos. Una secreta ley obliga a "hacer cosas", a estar en permanente acto de contrición, a revisar la conducta y la moral, a cuestionarnos (dicen) hasta el límite. La cosa parece ser no estar nunca conformes, estado que asimilan a mediocridad. Aquí nadie sospecha que existe un estado de paz interior al que los hombres han intentado acceder por los siglos de los siglos. Felicidad, la nombran. Que no es, por supuesto, la alegría de carnaval en que los chilenos se sumen desaforadamente para pasarlo bien.

En Chile soñamos todos con ser otra cosa. Como Kundera lo dijo bien en el título de una novela, creemos que "la vida está en otra parte".

Así las cosas, la democracia -que no es panacea para los males del mundo- hace agua en el esforzado sueño de derechas e izquierdas.

Para qué hablar de la salud, que sin ser democrática, queremos que sea perfecta.

Más grave es esto de los candidatos a presidente. O lo de las candidatas. Yo creo que en este momento ganaría la geisha si hubiera elección. Este país es un absurdo. Y además, no nos gusta decirnos la verdad.

A mí me gusta lo chileno. Y Chile. Y la cordillera. El TLC con sus sueños de grandeza más allá y muy lejos, los celulares que nos privaron de la privacidad, los toures al Caribe que endeudan a cualquiera con tarjeta me producen una nostalgia indefinible y hostil. Creo que sueño con caminos menores para Chile. No se puede ir por Chile en BMW y matar un perro, dos burros y una persona porque a las carreteras super modernas entran hasta los canguros del zoológico.

El mundo es ancho y ajeno.

Lo único nuestro es Chile. El Chile real. No el reality show que han armado los que arman show en vez de aguantar la realidad.


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