Año 2, N.43, Domingo 31 de agosto de 2003
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El 11
( Escribe Marta Blanco )"Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos"

El 9 de septiembre regresé de Valdivia a Santiago en una caravana de autos que llevaban hojas de palmera frente a los neumáticos para barrer el pavimento de miguelitos. Andábamos a setenta kilómetros. Viajaban el Rector de la Universidad de Valdivia, el obispo y algunos empresarios. No pudimos regresar en tren, los ferrocarriles estaban el huelga. Alojamos a medio camino. Llegamos a Santiago el 10 en la noche. Amanecimos con la noticia de la escuadra de regreso en Valparaíso. Del Presidente Allende en La Moneda. Las radios transmitían el levantamiento militar. En mi casa había una lata de chancho chino, leche y sacarina. No teníamos azúcar hacía muchos días, más o menos desde cuando las mujeres de la población del río se tomaron la carretera sentadas en sus balones vacíos de gas licuado. Reclamaban porque el gobierno les había regalado cocinas modernas pero no les mandaba gas.

Cerca de las 12 subí al cerro de Los Dominicos. Aviones de guerra sobrevolaban la casa de Tomás Moro. Vimos el bombardeo y la caravana de autos del GAP que sacó a la señora Hortensia por las Monjas Inglesas. Bajaron una escala a toda velocidad. Un misil cayó sobre el hospital de la Fach. En ese momento un helicóptero de guerra descendió sobre nosotros con la puerta lateral abierta. Una ametralladora nos apuntaba y un soldado hacía señas amenazantes. Corrimos cerro abajo.

El Presidente Allende habló al país. Tuve la suerte de escuchar ese discurso, mezcla de despedida, historia y dignidad. Jamás creí que se iba a suicidar. Jamás, que iban a bombardear La Moneda.

Comenzaron a escucharse los bandos por la radio. Encendimos la televisión. Yo vivía con mis tres hijos de 15, 14 y 9 años. Vi las noticias y supimos que el presidente había muerto. Que la junta militar había tomado el poder. Comenzaron a sonar los nombres de los buscados.

Tuve una intuición de horror al ver por televisión la casa de Tomás Moro bombardeada. El documental era de una violencia moral indescriptible. El ojo de la cámara recorría rincón tras rincón intentando mostrar los excesos que creía ver. Vi una casa presidencial más bien modesta, un dormitorio, un salón lleno de escombros. Bajaron a la cava e hicieron escarnio de esa bodega como si fuera la cueva de Alí Babá. No había allí cien botellas. Cualquier cava de ejecutivo emergente tiene hoy hartas más. Lo peor fue cuando mostraron el baño y los utensilios de aseo del Presidente, los remedios de su botiquín, sencillos y domésticos. Comprendí que no iban a respetar al presidente muerto.

Comenzamos a escuchar los tableteos de las ametralladoras, los disparos aislados, el ruido sordo de los camiones que iban y venían. No eran automóviles. Ya nadie podía salir a la calle.

Esa noche el MIR cruzó por mi parcela, ubicada entre la avenida Las Condes y el río Mapocho, asaltó la planta telefónica local, en la calle San Francisco, y con mi hijo Jorge vimos las sombras de los guerrilleros desplazándose en el jardín. Intenté llamar a la central telefónica. En ese tiempo no teníamos teléfono directo, se giraba una palanca, respondía la telefonista y pedíamos el número. Era un aparato a la altura del país, sin alardes electrónicos, donde se fabricaban televisores Antú en blanco y negro; un país descabalado por los hechos y las ideologías.

Y es que todo el país quería una revolución. ¿Olvidamos que se aprobó por unanimidad la nacionalización del cobre? Pero cada uno quería su propia revolución. No entiendo cómo ni por qué entraron los militares al gobierno de la Unidad Popular. Vivimos los años de Allende sin tomarle el peso a la llamada de muerte que cada grupo hacía desde su rincón. Habíamos elegido a un presidente socialista en votación popular y democrática, veíamos cómo se desarmaba el tejido social, cómo se perdía el lenguaje y la ponderación, cómo se intentaba gobernar a través de los resquicios legales, mientras la oposición amenazaba con el plan Zeta, y paralizaba el país o acumulaba la producción. Comenzó la escasez de vituallas, el mercado negro hizo su agosto. Las JAP fueron la respuesta del gobierno.

Por otro lado, ¿cómo producir en medio de las expropiaciones, las tomas, los excesos? Pero el ojo tuerto de cada chileno ve sólo lo que quiere ver. Lo que ha ocurrido con una toma inocua aunque algo inicua en Peñalolén es muestra de nuestra hipocresía. Incitada por la codicia de un dueño, entiendo, y la desesperación de los sin casa, que sí es desesperación, aún no hay desenlace para el conflicto. La comunidad ecológica de Peñalolén, toda gente de pensamiento liberal y avanzado, no acepta que los instalen junto a ellos. Bien lindo el cuento de la igualdad que dicen propiciar.

¿Por qué esperar, entonces, que en 1970-73 los dueños de fábricas y tierras e industrias aceptaran la ocupación por la fuerza de sus propiedades, la quiebra del estado de derecho, que aceptaran como si se tratara de una imposición de manos la imposición de una realidad violenta hecha de miguelitos, linchacos, metralletas, bombas molotov y discursos de 1789? La izquierda olvidó que Napoleón Bonaparte siguió a la Revolución Francesa. Olvidó la muerte del Che y hasta sus propios discursos sobre la intervención foránea. En cuanto a la derecha, ¿vería en el ejército a los obsecuentes sacadores de apuro del país durante las huelgas de la chaucha, de los estibadores, de los hospitales, de los basureros? ¿Creerían que les iban a seguir el amén?

El 13 la Junta Militar autorizó a la población para salir a la calle por cuatro horas. Corrimos a comprar víveres. Los supermercados estaban llenos de cosas desaparecidas: arroz, azúcar, papel toilette, aceite, jabón. Los precios habían subido según el canon del libre mercado. Pero aún no existía ni siquiera el concepto, y la población se desesperó con esa abundancia a la que no tenía acceso. No olvidaré a esa mujer de zapatos chuecos y suéter desteñido, de pie frente al mostrador de carnes en un supermercado de Vitacura, abriendo y cerrando una chauchera gastada, contando y recontando sus monedas. No me alcanza, decía. No me alcanza. No compró carne. Yo no compré porque sentí vergüenza.

Pero Chile ya estaba marcado por la violencia y el asesinato político. Habíamos juntado demasiado odio, como decían los incautos, y olvidamos cuán sordos fuimos. A lo largo del siglo XX hubo hombres faro en Chile: Claudio Matte, Gabriela Mistral, el padre Hurtado, los presidentes Alessandri Palma y Aguirre Cerda. Cuánto sufrimiento y crueldad habríamos evitado de haber escuchado esas voces urgidas por la inteligencia, la sensibilidad social y la razón. Pero no amamos la razón sino el romanticismo invertebrado de la pasión. Ya es hora de torcerle el cuello al cisne.

En un extraño vaticinio, a principios del siglo un cisne de cuello negro expiró en brazos de Neftalí Reyes, un adolescente que no se llamaba aún Pablo Neruda. Ese fue un enigma que no supimos descifrar.

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