Desde enero que comenzó a hablarse de los 30 años. El puntapié inicial lo dio Juan Emilio Cheyre, el comandante en Jefe del Ejército, cuando dio a conocer un documento que reflexionaba sobre lo ocurrido en Chile en 1973. De ahí para adelante, propuesta de Lagos, incluida, todos los sectores hablaron. Algunos pidieron públicamente perdón, otros dijeron que no sabían nada y parte de los entonces gobernantes hicieron una autocrítica severa.
De "nunca más" y de "todos fuimos responsables" se nutrió el estómago de un año donde la palabra desaparecido se hizo familiar a todos los chilenos.
Ahora, meses después de las palabras de Cheyre, estamos ad portas del aniversario que tanto hemos comentado.
¿Treinta años de qué? De un golpe de Estado. Nada más. Pero nada menos. Este 11 de septiembre no se enjuicia al gobierno de Salvador Allende sino a los que interrumpieron por la fuerza un gobierno democrático. No es una fecha para celebrar ni para agradecérsela a persona alguna. Es el día que, hace treinta años, se dio inicio a una aventura que culminó con un país profundamente dividido y al borde del enfrentamiento fraticida. Nada menos.
Hecho alguno, ocurrido antes del Golpe, explica lo que sobrevino después. Si hubo, para algunos, justificación para que ocurriera ese fatídico martes. El 12 de septiembre de 1973 esas razones habían desaparecido.
Después de las conmemoraciones y las celebraciones, vendrá el día siguiente. Igual como hace 30 años será 12 de septiembre. El día después. Seguramente se acabará esta apertura comunicacional que ha permitido que muchas personas, ese grueso porcentaje que ni siquiera había nacido, conocieran con imágenes inéditas lo ocurrido con Allende y su gobierno.
Hace treinta años hubo silencio y Estado de Sitio. La gente pudo salir algunas horas. No se habló más. La política entonces fue secuestrada y los chilenos debieron vivir en las sombras.
Mentalmente, ahora, puede ocurrir lo mismo. Dar por superado el tema, dejar a los desaparecidos en el olvido, no cuestionarnos lo ocurrido y creer que por el solo hecho de haber tenido una catarsis de meses las cosas están mejor. No es así. Este aniversario es parte de un proceso que debe continuar, con más fuerza, buscando que todo lo acontecido salga a la luz. No con un afán de morbo, como algunos lo han utilizado, sino con la voluntad de que el verdadero "nunca más" sea concreto y efectivo.
Los primeros 10 años del golpe se vivieron en dictadura y los 20 en democracia -pero con Pinochet en la comandancia en Jefe. Los 30 parecen ser los más alejados de los fantasmas que rondaron la caída de Allende. Los actores de esos años, ahora, deben ir dejando sus puestos -tal vez lentamente- a las nuevas generaciones para que desapasionadamente puedan reflexionar sobre el valor de la democracia, la necesidad del diálogo y la tolerancia, el gozo de la libertad...
No es el tiempo para aquellos que querían incendiar el país y lo lograron. Si no para los que quieren construir uno, con pleno respeto a los derechos humanos y a las libertades públicas.
El debate, la reflexión seria, la posibilidad de contrastar pasiones, surgen entonces como una necesidad fundamental después de la catarsis y de haber conocido en su real dimensión el verdadero significado del 11 de septiembre de 1973.
Este doce, el día después, no demos un paso al costado. Sigamos, con la misma fuerza que hasta ahora, exigiendo reparaciones y presionando respuestas. El silencio anterior, el empate tras la caída de Pinochet, el consenso sobre lo que no se podía mencionar, la elaboración en solitario de los duelos, sólo conducen a una democracia "hipócrita" donde los malos actores son los favorecidos.
Todo, institucionalmente comenzó el 12. Este 12, a los 30 años y un día del Golpe, hagamos que el esfuerzo de los que han mantenido viva la memoria no haya sido en vano.
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