Año 2, N.44, Domingo 14 de septiembre de 2003
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Daniel Link, escritor argentino
Con internet podemos reinventar la figura del intelectual
(Por M.A. Coloma)A mediados de agosto estuvo en Chile participando en el Congreso Sexualidades y Género organizado por la Universidad de Santiago, y a principios de septiembre volvió invitado por la Universidad Alberto Hurtado. Para octubre ya tiene en el bolsillo una beca que le permitirá viajar a Italia a terminar su segunda novela. Link es un tipo lúcido y conversador. Lo que sigue es parte de la conversación que sostuvimos una tarde de domingo en un café de Providencia.


Al trabajo de editor del suplemento Radar Libros de Página/12, Daniel Link suma las clases de literatura que dicta en la Universidad de Buenos Aires. Hace un par de años publicó su primera novela, "Los años 90", un texto experimental que fue muy bien recibido por la crítica trasandina, y sólo hace unos meses la editorial Norma puso en circulación "Cómo se lee", un volumen teórico producto del trajín académico de Link.

Poeta, crítico y narrador. ¿Cómo te defines?

Digo que soy catedrático y escritor, porque precisamente mis espacios de intervención son la cátedra y la escritura, una escritura que puede ser ficcional, poética o ensayística. Cuando publiqué "Los años 90" muchos novelistas me dijeron "ahora sí sos un escritor de verdad", cosa que me molestó un poco, porque si bien es mi primera novela, es el octavo libro que publico.

Tu novela "Los años 90" desestabiliza el género, lo contamina de otros registros. ¿Te parece que la ficción contemporánea ha privilegiado una estética más concentrada en la forma que en los argumentos?

También hay que poner en juego las habilidades y los déficit de uno. Yo siempre digo que soy muy malo describiendo, a mí la descripción no me sale, no tengo vocabulario, y además me aburro. En cambio escribiendo diálogos me siento más cómodo, me gusta inventarlos. En este sentido me siento capaz de hacer determinadas cosas mejor que otras. También es cierto que no tiene mucho sentido escribir una historia como si fuera para la televisión o el cine, como si se tratase de una trama que uno puede contarle a un amigo. La literatura es un trabajo sobre el lenguaje.

Hay un epígrafe en tu libro que dice: "No sé qué soy, pero sé de que huyo". ¿Cuánto tiene de autobiográfico?


Yo tenía miedo de morirme. De hecho, "Los años 90" fue publicado bajo el signo del miedo a la muerte, y también mi libro de poemas "La clausura de febrero", que publiqué pocos meses antes de la novela. Forzando un poco las cosas, digo que escribo huyendo de la muerte, de modo que cuando me llegue ese momento -que no me asusta- me gustaría haber hecho todo lo que quería. Irme tranquilo. Sentir que no me quedaron deudas.

¿Te molestan los encasillamientos en la literatura?

Me parece que así funciona la cultura. La gente está acostumbrada a leer en categorías, ni modo, que lo haga. Ahora no cuentan con mi anuencia. En este sentido mis novelas llevan la especificación al ridículo. "Los años 90" tenía como subtítulo "novela experimental", que los editores optaron por omitir. Mi segunda novela se llama -y ahora voy a ser un poco más firme- "La ansiedad. Novela trash". Como hay clases y categorías dando vueltas, pues bien, las uso exasperando las clasificaciones hasta niveles de especificación absurdo. Luego se verá cómo se entiende.

¿Entre qué escritores argentinos actuales te sientes más cómodo?

Trabajo con Rodrigo Fresán y con Alan Pauls. Son personas de las cuales aprendo mucho, aún cuando no formemos un grupo ni compartamos la misma visión de mundo. Me siento cómodo con ellos, me interesa lo que están haciendo con su propia escritura.

Un poco más grande es César Aira a quien admiro hasta la reverencia absoluta. Es uno de los grandes escritores contemporáneos, no siempre bien comprendido. Me deslumbra su inteligencia, su capacidad de invención. Entre los poetas, a Arturo Carrera lo siento muy cercano. Eso para hablar de escritores argentinos. En Chile, Pedro Lemebel me gusta más como cronista que como novelista, me parece que tiene una prosa impecable y que es también dueño de una gran agudeza perceptiva. También me gusta la reflexión sobre el cuerpo en Diamela Eltit.

¿A partir de qué nace tu último libro "Cómo se lee"?


Son textos que surgen de preparar ponencias para congresos, escritos con la intención de que eso resulte medianamente útil para mí mismo. Soy de navegar históricamente por muchos temas, tengo como tres o cuatro obsesiones que van variando. Luego todos esos textos están reescritos para darle una cierta organización al libro.

Leo en tu libro cierta confianza en la razón y en el papel que pueden jugar las humanidades.

En algún momento me puse muy pesimista y pensé, y sigo pensando, que efectivamente uno puede hablar mal de las humanidades, del humanismo, de la razón, y hacer una crítica de la racionalidad moderna. Pero también me parece que frente a eso no habría mucho que hacer. Si la opción a las humanidades es la cultura de masas, me quedo con las humanidades. Si la opción a la racionalidad moderna es el irracionalismo belicista y fascista que domina hoy el mundo, pues me quedo con la razón.

¿Qué papel juegan los intelectuales en este contexto?


Hay un momento de parálisis intelectual, justificado por el estupor que provocó el poder omnívoro de la cultura de masas. Se dijo que la figura del intelectual había desaparecido, que los intelectuales se habían convertido todos y de manera masiva en fuerza de trabajo. Y eso fue cierto, fuerza de trabajo de los diarios, fuerza de trabajo de las universidades, asesores de grandes compañías, lo que quieras. Me parece que con el advenimiento de esta nueva cultura ligada con internet y las nuevas tecnologías, se puede volver a pensar en el funcionamiento autónomo de los intelectuales. Puede cobrar fuerza la creación de redes intelectuales que en algún sentido sirvan para oponerse a la barbarie mediática. Los medios son efectivamente agentes de la barbarie en todo sentido. Contra eso, internet ofrece la posibilidad de generar corrientes de opinión ilustrada. Tal vez con internet podemos reinventar la figura del intelectual.

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