Año 2, N.44, Domingo 14 de septiembre de 2003

30 años después...

El asenso blando, la dura realidad y el debate ausente

La gravedad de la dictadura que vivimos durante 17 años puede medirse describiendo la suma de fuerzas que fue necesario utilizar para medio sacársela de encima.

El desmadre de arbitrariedad y crímenes cometido por Pinochet y sus secuaces fue tal, que logró unir en su contra a un espectro político casi panorámico si uno exceptúa a lo más granado de la derecha que en Chile es cavernaria. Lo que quedaba de las huestes diezmadas de la izquierda, luchadores sociales, líderes clandestinos, sobrevivientes del sindicalismo, cristianos horrorizados del horror, laicos genuinamente republicanos, progresía en marcha hacia el neoliberalismo, antiguos promotores de la inestabilidad política y económica, ex partidarios del golpe blanco, ex partidarios del golpe negro, catalizadores vergonzantes del quiebre democrático, nocturnos visitantes de cuarteles, secuaces pinochetistas arrepentidos, secuaces pinochetistas ni tan arrepentidos, la Embajada norteamericana y sus recursos financieros. En fin, un espectro casi panorámico. Comenzando por las víctimas, ese sector socio político chileno que ha sido presentado como el responsable del golpe de septiembre 1973. Así como las teorías neoliberales explican el desempleo aduciendo que él es creado por los propios trabajadores, nos dicen que la dictadura, que aniquiló o exilió a buena parte de la inteligencia política progresista, fue la obra de los fusilados, de los torturados, de los desaparecidos y de los exilados. Ese fue parte del precio que la izquierda pagó para recobrar su derecho a existir a la luz del día. Precio que no figuraba en la etiqueta de la semidemocracia que se obtuvo a cambio. Ese precio fue negociado, a espaldas de la ciudadanía, por el grupito de adeptos del enriquecimiento rápido y sin causa aparente que veían pasar con horror las oportunidades de "negocio" de las cuales estaban excluidos hasta entonces. Grupito que, en un salto mortal circense, se sumó a los beneficiarios de la venta del país al peor postor. Y que hoy, mostrando orgullosamente parcelas y condominios recientemente adquiridos, explica que no había otra salida. Que las víctimas y los demócratas sinceros se sumasen al espectro anti pinochetista parece natural. Lo curioso, en la perspectiva histórica, es que los doctores Frankenstein, los creadores del monstruo, terminasen sumándose a las fuerzas que pondrían fin a la pesadilla. Mejor aun. Las encabezasen. Porque entendieron, no sin razón, que el mejor método para controlar la trayectoria de retorno a lo que tenemos de democracia consistía en vigilar de cerca el ritmo, la intensidad y los alcances de la transición. En efecto, los excesos de la dictadura terminaron por mal servir la causa, después de alcanzar sus objetivos: ponerle término definitivo a cualquier veleidad de justicia social y económica, reabrirle las puertas al capital foráneo, crear oportunidades de negocio garantizado para la inversión privada y convertir al Estado en alcahueta de los detentores del poder económico. El elemento que reunió tan amplio abanico de fuerzas políticas y sociales fue el ansiado retorno a la democracia. El fin de la dictadura. Esa fue la plataforma del asenso. Aderezada, aquí y allí, por un ambiguo conjunto de promesas de justicia para las víctimas de los peores crímenes de Pinochet. Y alguna pizca de preocupación por el personal. Esos que llaman "gente" y que pagaron al contado - y con intereses -, el pillaje que concentró la riqueza en pocas manos a niveles sin precedentes. Recuperada la semidemocracia, vigilada de cerca la demitransición, entregada una verdad a medias en un lenguaje semimentiroso a autoridades que medio hacen como si creyeran, castigados algunos criminales culpables de terrorismo en Washington, tratados con prodigios de prudencia semántica los generalitos actores de la satrapía, defendido con uñas, dientes y muelas el dictador encanado en Londres, ¿qué queda del consenso Concertacionista 14 años después su llegada al gobierno? Alcanzado el objetivo principal, la casi democracia que sobrevive en la Constitución dictatorial, consolidado el modelito económico impuesto por la dictadura y profundizado luego gracias a la anuencia de un par de socios listos, el asenso empieza a ponerse blando. Los valores comunes a hacerse raros. El simple intento de rescatar la imagen del Presidente Salvador Allende - cuya consecuencia lo llevó a morir defendiendo la Constitución que quería cambiar, a manos de aquellos que decían defenderla y que la violaron -, genera la rebelión de los antiguos promotores del golpe cuya pequeñez engrandece aun más la figura ya gigante. Y que se engrandece ante la vergonzante retirada de la autoridad que, no teniendo ni voluntad ni pantalones para defender la verdad histórica, esconde su desnudez detrás de un acto litúrgico que quisiera aséptico. Oh, cuan útil es la iglesia, a veces& Y cuan fácil proclamarse socialista sin asumir el contenido de esa opción política. Cuando no hay voluntad para defender la memoria de los muertos& ¿Qué voluntad se tendrá para defender a los sobrevivientes? ¿Y a la "gente"? Esos cuya miseria impone gravar la riqueza de los miembros del CEP. A los que se visita con frecuencia y con no disimulado placer porque es bueno para el ego sentir que se es parte del mundo que cuenta... En fin, cuando los muchachos de la SurDA no interrumpen la misa. Repito ¿qué queda como materia del asenso? El cambio de la constitución pinochetesca no es urgente, visto lo útil que ha sido y es para el oficialismo y la oposición. Y visto que da ocasión para alguna pantomima parlamentaria con el fin preclaro de modificarle alguna coma, o un punto y coma. Ejercicio que le permite a la clase política discurrir sobre las ventajas de la "democracia apaciguada". La modificación sustancial del modelo económico neoliberal que se adoptó como propio& tampoco. Toda la cacareada agenda social no ha logrado, en 14 años, modificar en un punto porcentual la distribución de la riqueza, una de las más injustas del planeta. Lo que, en lenguaje de mercader de los intereses nacionales, se traduce como "gran estabilidad económica para la inversión extranjera". Esa que nos convertirá en "plataforma financiera" ideal para el pillaje de los países vecinos. Transformar la salud, la educación, la previsión, en derechos del ciudadano... ni pensarlo. Tan buenos negocios, tanta rentabilidad, tanto usuario cautivo, sería una pena. ¿Concertarse sobre qué, por fin? Sólo va quedando el poder. Como conservarlo. Mala cosa. Hay demasiados califas. Que no tienen la menor intención de ceder la plaza y fuerzan primarias que, sin la ilustración de un debate ausente, no harán sino poner en evidencia su estulticia "marketera". Mientras el asenso se pone cada día más blando, la realidad se va poniendo más dura. Para los que siguen aferrados a un puesto de trabajo incierto y que ven con temor las exigencias de flexibilidad laboral del FMI. Ese FMI que, con el concurso demasiado evidente de los príncipes locales exige, además, la desaparición del salario mínimo. Dura realidad para las familias sobre endeudadas que ven con estupor que el Estado no es capaz ni siquiera de limitar las usureras tasas de interés de los créditos al consumo. Que suelen sobrepasar el 100% anual. En esas condiciones, las de la jungla, quién se pavonea de TLC no hace sino ocultar el debate necesario detrás de la hojita de parra de las concesiones al capital extranjero. Por ello se hace cada vez más necesario el debate público que le permita a la ciudadanía involucrarse en las decisiones que le conciernen. Ese fue el combate de Salvador Allende. Un combate democrático. Inacabado. Transitoriamente derrotado. Y que se hace imperioso reiniciar en la hora presente, en la que la democracia parece reducida al remedo que dejó, como un mojoncito de adiós, el dictador.


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