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Editorial
Año 2, N.44, Domingo 14 de septiembre de 2003
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Allende
Francisco Martorell

Finalmente, al cabo de treinta años, existen dos hechos indesmentibles. Uno, que el Presidente Salvador Allende fue un digno mandatario, que pudo cometer errores gruesos, pero que pagó con su vida cualquier responsabilidad política.


Las imágenes que hemos visto en la conmemoración del golpe militar, no dejan espacio a la duda. Allende, prácticamente solo en La Moneda, mostró un coraje y una dignidad que ningún sector, por mezquino que sea, puede dejar de reconocer.

El otro hecho es que a partir del 11 de septiembre de 1973 Chile vivió bajó una férrea dictadura que violentó los derechos humanos y que ello dejó secuelas imposibles de restaurar y que se manifiestan en la existencia, aún hoy día, de cientos de personas desaparecidas.

El primer reconocimiento ha permitido que la figura de Allende prenda en el país.

Los que por aquellos años aún estábamos en la enseñanza básica recordamos como si fuera hoy esa mañana de martes. No asistimos al colegio, quizá estábamos en alguna cola, cuando nos enteramos que algo ocurría en el centro. En mi caso particular, tenía sólo 10 años, vi pasar los aviones de guerra que daban vuelta sobre mi cabeza para dirigirse a Tomás Moro o a La Moneda. Sentí los estruendos. Escuché el discurso de Allende y el primer bando de la Junta Militar. También vi gente en la calle festejando y caras preocupadas.


Durante estos treinta años, incluso, pude construir mentalmente todo lo que ocurrió ese día, gracias a la gran cantidad de libros que leí sobre la batalla de Chile. Pero, sin embargo, fue recién en este trigésimo aniversario que pude percibir la magnitud del gesto de Allende. Los textos nunca me entregaron lo que nos dieron las imágenes. La idea de un Presidente, parapetado en la casa de Gobierno, junto a una treintena de personas, con armas de escaso poder de fuego, dispuesto a defenderse ante la agresión de un enemigo mil veces superior, es invaluable. Más aún en una sociedad pragmática, que todo lo negocia y que no está dispuesta a jugarse entera por un ideal superior.

Allende representa, con su gesto, el sentir democrático.

Nada de lo hecho antes del 11 puede opacar su último acto. No es el político que arrancó o dejó a otros la responsabilidad de sus errores. No se asiló. Tampoco creyó conveniente, desde un punto de vista político, negociar y luego, en el extranjero, crear un gobierno en el exilio. Murió cuando la democracia fue bombardeada. Allende, en otros tiempos -quizá el próximo siglo- será de todos y tendrá el respeto de todos. Hoy, gracias a estos últimos meses, avanzamos hacia esa dirección.

La otra verdad incuestionable es que los DDHH fueron pisoteados. No digo sistemáticamente, aunque lo piense, porque esa afirmación no es compartida. Sí, que hubo violaciones masivas. Ante ello, los que antes las negaban hoy la reconocen y los que siempre la supieron, tratan de justificarlas. Pero persona alguna se atrevería a decir que los desaparecidos o los torturados son supuestos.

Ante la imagen de Allende, entonces y trascurridos treinta años del Golpe, no queda otra que anteponer la de Pinochet. El gesto del primero fue entregarse por completo a sus ideales; el segundo, desde un puesto de comando lejano al teatro de operaciones, no dudaba en amenazar y ordenar que atacaran La Moneda e, incluso, que subieran al Presidente a un avión y que luego éste lo dejaran caer.

Allende dejó de existir ese 11 de septiembre. Pinochet lo sucedió en su puesto, sin votos de por medio, anulando todo aquello que representara al Estado democrático. A treinta años de esos hechos, el sobreviviente está encerrado, incluso tiene a su familia divida y cuando tuvo la oportunidad de hacer su gran gesto, aquel que muestra las diferencias entre los hombres, actuó con la misma lógica del 73: se apartó del teatro de operaciones, dejó a sus soldados peleando solos y aceptó que la historia escriba que por demencia fue sobreseído de los graves crímenes por los cuales era procesado.


Hace unos días, el ex GAP Manuel Cortés, tomando un café, me contó una anécdota de las tantas que tuvo con Allende. En una oportunidad la Derecha arrojó aceite en la calzada por donde debía transitar la comitiva del líder de la Unidad Popular. Eran tiempos difíciles y peligrosos. Una de las motos de la caravana, al contacto con el aceite, se deslizó perdiendo su jinete. Allende, médico de vocación, solicitó enérgico que su auto fuera detenido de inmediato para atender al caído, ignorando los peligros de una emboscada o un ataque artero de la ultraderecha. La seguridad no le hizo caso, lo que provocó la ira del Presidente y el inmediato despido del chofer. Luego recapacitó y la medida no se hizo efectiva. Pero Allende nunca entendió la reacción de su seguridad.

Usted sabe lo que me gustaría preguntar: ¿cree que Pinochet, cuando fue emboscado en el Cajón del Maipo y su chofer lo sacó del lugar a más de 100 kilómetros por hora, pensó en los suyos?

La humanidad de Allende es el legado. El es el sobreviviente.

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(Por Francisco Martorell)

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